En mi situación,
raparse el pelo,
no implica más
que un cambio
estético, por suerte.
Desprenderse
del cabello
que te ha acompañado
durante meses
crea la posibilidad
de hacerte
una nueva imagen
de ti mismo.
No tiene nada que ver
con los distintivos
o con el hecho
de verme guapo;
ni con el que dirán
o qué pensarán.
Tiene que ver
con los ensayos
que hacemos a diario
en la vida
que no te llevan
a ningún sitio
en concreto.
La última vez que me rapé
fue en 2004,
un día antes de realizar
el Camino de Santiago francés
desde Sarria,
a 100 kilómetros
del objetivo.
Por aquel entonces
tenía dieciséis años,
metido de lleno
en la puta adolescencia
y con un mundo
por descubrir,
justamente,
el que dieciséis
años después,
tengo.
Una experiencia
de barro,
madrugones
y ampollas,
donde me jugué
la amistad
y el noviazgo;
donde me fumé
mi primer porro;
donde dormí
con decenas de personas
en mitad de albergues
sintiéndome
más solo que nunca;
donde me vi brujas
seguramente influido
por el aguardiente
de la queimada;
donde no quité
la mochila que cargaba
en todo el camino,
ahora uso muchas,
y de todos los colores,
y con todo el orgullo
que puedo;
donde me alejé
de mis amigos
y me acerqué
a los que creía
más débiles;
donde vi
la otra cara
de mis maestr@s,
la más humana;
donde apoyé
cada paso que daba
en un palo de madera;
donde me cambié
de calzado
en la última etapa
(de botas de montaña
a sandalias con calcetines)
para llegar a la catedral
como el mesías
que se me pedía ser
y en el que nunca tuve fe
por más que mi madre
lo intentara;
donde sí me di
los tres cabezazos
pertinentes
pero no me confesé
con sotanas perfumadas;
donde la última imagen
que recuerdo
es la de un botafumeiro
atravesando el templo...
Hacía dieciséis años
que no me rapaba
y las cosas han cambiado mucho
como para no reconocerlo.
Por entonces,
no lo sabía todavía,
estaba a las puertas
de mi nueva vida.
Hoy, es ella quien
me ha rapado
entre lágrimas
nerviosas
mientras mi hijo
se asustaba al ver
que el pelo se caía.
Al tranquilizase,
me miraba atónito
el nuevo busto
adaptándose
a las distancias.
La manera que eligió
para reconciliarse
conmigo fue
la de quedarse dormido
mientras repasaba
con su mano
la forma de mi cráneo.
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