viernes, 24 de abril de 2020

Un 3 de marzo eterno

En la Finca de Las Abuelas.
Con las 42 personas
que allí estuvieron.
Ocurriendo las mismas
cosas que pasaron.
Solo añadiría una cosa más:
a mi hijo.

Ojalá nos hubiera pillado
allí el confinamiento.
Un 3 de marzo del 2018
eterno
donde se hubiera declarado,
a las bravas,
el estado de alarma.
Pero no por miedo
a un virus
que nos hiciera perecer,
sino por una 
verdad absoluta
que no nos dejase
de emocionar.
La de unos 
preparativos
exquisitamente
deliciosos.
La de pisar descalzas
la arena de aquella carpa.
La de cuatro acordes
de guitarra
grabados a fuego.
La de beber antes y después
de la ceremonia.
La de homenajear
a quien allí estuviera
presente
por el simple hecho
de habernos llevado
hasta allí.
La de vestirse
sin patrones
ni protocolos.
La de emborracharse
para aguantar
la intensidad de 
los acontecimientos.
La de descubrir
y que te descubran
sin haberlo planeado.
La de follar en altares
sin que nadie te vea.
La de acostar a todo
el mundo a modo
de devolver
lo recibido.
La de huir
sin que nadie te juzgue.
La de recitar en medio
de tanta gente
como si estuvieras 
a solas
en el salón de casa.
La de que se te olvide
el baile que tanto
habías ensayado.
La de que te canten a pelo.
La del guardés
transportando
cadáveres en carretilla.
La de la lluvia de marzo
que no dio tregua
más que en la plaza del pueblo.
La del testigo y la manada de hermanas.
La de una finca perfecta
para la batalla.
La de la kuadrilla saliendo
victoriosa, como siempre.
La de una novia
que nunca dio el SI
y la de un novio
lleno de secretos.

Un 3 de marzo eterno
donde hicimos
el ensayo,
sin saberlo,
de lo que iba a ser
el principio
de una cuarentena
no solo inolvidable,
sino también elegida.

A más de dos años vista,
cuando pensamos
en aquel día,
seguimos diciendo
que podríamos habernos
muerto tranquilas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario