Tocaba reinventarse en casa
y lo hicimos,
más bien lo hizo él.
Escalar el sofá
y llegar a lo más alto
para descolgar el telefonillo
y escuchar el sonido
ambiente de la calle,
algunos pasos perdidos,
pájaros piando,
algún coche despistado,
una vez incluso
hasta nos saludaron.
Coger el cesto de las pinzas
como el tesoro más preciado.
Diferenciar sus texturas
y permitir la apertura
ejerciendo fuerza
con la boca
para meter el dedo
por el lado opuesto
y llamarte la atención
para decirte,
mira lo que estoy haciendo.
Coleccionar tapones
de todos los colores
por todos los rincones.
trasvasarlos
de un bote a otro
haciendo las cuentas
de cuántos días nos quedan.
De vez en cuando,
metérselos en la boca
para ver cómo reaccionan
Mamá y Papá.
Estar al tanto
de las especias
que nos quedan
abriendo y cerrando
sus tapas,
oliendo,
probando,
lanzando,
organizándolas
por olores,
por sabores,
por el peso según sean
de vidrio o de plástico.
Contabilizar los granos
de pienso que le quedan
a nuestro gato y perra,
cerrando el puño
con contenidos
"prohibidos"
y tirándolos
a modo de chuche.
También probándolos
para cerciorarse
que no hayan
alcanzado
su fecha de caducidad.
Objetos y enseres
higiénicos
y cosméticos
en el mueble del baño
para que no se nos olvide
utilizarlos el día
que podamos salir
de nuevo a la calle.
Latas de conserva
apiladas
y transportadas
del cajón a la mesa
para elaborar
la lista de la compra.
Guisantes,
mejillones,
albóndigas.
Ventanas por las
que mirar
y poner en juego
un imaginario
único e intransferible.
Puertas que hacen
las veces de escondite,
colchones
como alfombras
mágicas
y alturas que
en condiciones
"normales"
estarían censuradas.
Pero aquí estamos,
viendo las posibilidades
que tenemos,
dando un paso más allá,
hilando fino,
buscando objetos susceptibles
de ser jugados.
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