jueves, 31 de agosto de 2023

Con los dedos cruzados

En torno al año,
descubrimos que cruza 
los dedos de su mano izquierda
tal y como haríamos tú y yo
para gritar cruciiii
cuando no quieres que te pillen.
Nunca lo había visto,
o quizá sí,
pero no me había percatado antes.

Lo contrario a quienes
miran al cielo
y se niegan a ver la Luna.
Ella la señala
y a lo mejor sabe,
que un día llegará
a la Luna.
Tan característico
como su cruce de dedos,
ese entrelazado de falanges
como queriendo estrangular
todo el fascismo
que una lleva dentro
y convertirlo
en la radicalidad simiente
de todas las flores.
Así me gusta verlo.

Con todavía esas uñitas 
tan pequeñas
y una prematura
coordinación
de sus movimientos,
esas manos se merecen
un monumento.
Así que les escribo
una reseña
por si queréis
visitarlas,
sabiendo que antes
tenéis que pedir permiso.
Aquí no somos de Rubiales,
aquí somos de Amarales.

Me la imagino abriendo
el mar en dos cachos
con su cruce de dedos
y sin atisbo de cristianismo,
bueno, hay bases cristianas
que sí me interesan,
ninguna católica.
Para católica Isabel,
su abuela,
mi madre,
no la reina tirana,
porque la forma de su pelo
me recuerda a ella
cuando miro a mi hija.

Cuando crezcas,
si sigues cruzando los dedos,
si quieres,
me cuentas el motivo,
pero jamás lo utilices
para aprovecharte de nadie,
solo para señalar
a los que nada bueno
nos ofrecen,
ni pan ni agua,
pero para ti,
todo el pan y todas las rosas.

Divago y me regocijo
con la excusa
de escribirla a ella,
como si todo mi cuerpo
discurriera
por la caída
de sus dedos
y sus sinuosas curvas.
¿Os he escrito
alguna vez
que la palabra discurrir
es una de mis 
palabras favoritas?

Pues cuando penséis
en ella,
se llame como se llame,
discurrir con
todas vuestras fuerzas.

El último día

Cuántas veces habré dicho
"Este es el último día que..."
o "Esta es la última vez que...",
pero no planteo este relato
en esos términos.

El último día de vacaciones.
Cuando llega el primer
día de vacaciones en familia,
Enzo empieza a llamarnos
mami y papi
en lugar de mamá y papá.
Automáticamente cambia
de terminación y de actitud.
Una especie de emoción
desbordada
que no necesita ser sostenida
por nada y por nadie,
porque quiere decir
que ha llegado el momento
de crecer juntas 
veinticuatro/siete.

La tranquilidad que ofrece el contexto
como para llegar a levantarse de día;
una regulación inaudita
durante el resto del curso,
aquí comienzan 
los primeros beneficios
de las vacaciones.
Rutinas y dinámicas nuevas
de las que solo esperamos
descubrimientos y conquistas.
De mayor quiero ser pintor
o de mayor quiero ser
cuidador de animales,
solo puede suceder
en agosto,
en época vacacional.
Por eso no me cansaré de pedir
mejor sueldo y más vacaciones,
no por capricho,
sino por la necesidad imperante
de una mayor conciliación.

Una de las cosas que más disfruto
es empezar el día 1
exiliado en el sofá,
y volver los días finales del mes
a la cama,
con la sensación
de haber vencido tropecientas veces.
Rememorar los viajes,
los lugares, las anécdotas...
... quién puede decir
que le ha mordido un caballo
o que se ha caído desde metro y medio
dentro de una fuente.

El último día
es otro de los múltiples balances
que realizamos
en los que solemos 
salir ganando.
Siempre hay pereza de volver,
pena de que se acabe
lo que más te gusta,
nostalgia de todos los 
recuerdos acumulados
y culpa por no poder
seguir manteniéndote
a su lado.
Pero el último día
significa
que el primer día
de otra cosa 
va a llegar,
y es mejor llegar ilusionada
que ilusa.

Siempre pienso
que en un simple pestañeo
pasan demasiadas cosas
que escapan a tu control
y al tiempo,
por eso procuro darlo
con todas mis fuerzas
y con toda la intensidad
de mis sentidos
para que se me quede
por lo menos algo.

El último día
es la guinda del pastel,
el colofón de todo lo acontecido,
cuando hay que dar las gracias
y pedir perdón
si fuera necesario.
El último día es
dar un carpetazo
para comprarse un nuevo
archivador
y acumular hojas
en blanco o con cuadrícula,
pero todas con agujeros
para ser guardadas.

miércoles, 30 de agosto de 2023

La balada de San Miguel de Aras

En apenas dos horas,
llegamos al sol dulce de Laredo
desde Francia.
Doce kilómetros al interior,
entre las curvas
del río Clarín,
estaba nuestra Villa Palacio,
la del jardín estratosférico
y la casita neoclásica.
Como una marea que sube
en pocos minutos
y cambia el paisaje
de manera radical,
así pasamos nuestros días
en Cantabria.

Nos alcanzó la nostalgia
con un porteo
que nos ha salvado la vida
incontables veces.
Esta vez,
para subir a La Atalaya
y el fuerte de El Rastrillar,
cargando a l@s cachorr@s
indistintamente
entre pecho y espalda.
Así es como logramos 
llegar a lo más alto
para confundirnos con las vistas
y que las vistas no fueran
lo más bonito.

Desde El Puntal de la playa,
no solo cruzamos en barcaza
al otro lado,
sino que hicimos
un parque Jurásico
con la arena,
el agua y las corrientes.
Un tiempo inconsciente
y suficientemente cronometrado,
como para comer en Santoña,
comprar un Teranodonte
de 24 pavos
y volver a nuestras toallas
angustiadas
por la cercanía del mar.
Con lo pequeño que es el mayor,
es la segunda vez
que hacemos este itinerario,
pero ahora con su hermana
caminante,
para que se sigan
y descubran juntas,
un norte
del que sus pamadres
llevan toda la vida enamoradas.

Los desayunos triplicados,
las siestas en el coche,
los parques techados y bien pensados
y por supuesto, 
toda la tipología de animales
de granja
para hacer de los cuidados
algo que transcienda
a las humanas.
Nos fusionamos con
las dos vaquerías lecheras
donde los terneros
estaban separados de sus madres,
quizá,
para que se sintieran menos solos,
quizá por un amor animal
e inexplicable
con el que hemos crecido
en nuestras casas.
Burros, ovejas, cabras,
gallinas, perros, gatos,
lagartijas, caracoles, caballos,
orugas, babosas...
...pobre bicho de la pared.
Este verano no descubrimos
ningún dibujo nuevo
por eso de que Bluey
ya ha cubierto todas
nuestras expectativas.

El día en que los cirros
se pusieron de acuerdo
para pisar la hierba húmeda
del cantábrico,
desde Santander
hasta San Miguel de Aras,
un pueblo random 
que nos sirvió de excusa
y objeto
para quedarnos en cueros
y recorrernos
por dentro y por fuera
sin contextos laborales
de por medio.
Ya casi es rutina
encontrarnos
lejos de casa,
para descubrirnos
partes ocultas
que la ciudad esconde
por la polución.

También nos hicimos
una cueva,
la de Pozalagua,
enmarcada junto al
Parque Nacional de Armañón,
donde a través de miles 
y miles de años,
la naturaleza esculpe
en la oscuridad,
un paisaje digno
de ser mencionado.
Rodeada de canteras,
primero,
y anfiteatros culturales
después,
despegamos nuestros brazos
en el mirador,
para sentir
la imposibilidad de volar
por nuestras anatomía
y la gravedad,
pero con los sueños
y las ideas bien puestos
en nuestras cabezas.

Antes, habíamos acudido
a un centro de acogida de animales,
donde se les proporciona
una segunda oportunidad
para vivir con dignidad.
Las historias de tráfico ilegal
y maltrato,
nos recordaron
que nadie está a salvo
de la crueldad humana,
pero que somos más
las buenas que las malas,
solo tenemos que hacernos notar.
Desde Biáñez,
con el río Carranza
bordeándolo todo,
nos dimos un festín animalista
y jurásico
de conciencia y compromiso ambiental.

Una semana entera
durmiendo todas
en la misma habitación,
con sitios intercambiables
y una elegante araña
tejiendo su hogar y su trampa.
El poder de la naturaleza,
con su flora y fauna,
nos hizo recuperar la fe
y el instinto
de nuestras prioridades:
viajar juntas con todo
el respeto del mundo
y todo el amor del universo.

viernes, 25 de agosto de 2023

Pidamos perdón a Rubiales

Lo han vuelto a hacer.

El hombre blanco, caucásico,
heterosexual, millonario
y con un cargo de poder máximo,
es la verdadera víctima.
Te pedimos perdón,
Don Rubiales,
por el capricho de asesinarte
pública y socialmente.
Perdónanos, Señor,
nuestros pecados
y nuestras serias dudas
de ponerte en evidencia
por tus hechos televisados.
Seguramente lo hayamos
tergiversado
o no tengamos 
el contexto suficiente.

Perdónanos,
por el rechazo y la repugnancia
que hemos sentido
al cogerte tus putos huevos
sudados de la caverna más rancia,
todas nos vimos representadas
en tus escrotos.
El problema no fue el gesto,
fue que lo hizo
cerca de sangre real,
se nos va de las manos, peña.
Perdónanos también,
por cogerte en brazos,
amarrarte y darte consentimiento
para un piquito según tus declaraciones,
no sé cómo nos atrevemos.

Perdónanos
por no sumarnos
a tu intento de disculpa,
por no salir a tu lado
con sonrisa de miedo
y ojos llorosos.
Perdónanos por joderte la vida
y que tu integridad de faccineroso
se haya visto damnificada.
Perdónanos
por desconocer las bases
de tu feminismo
y de nuestras gilipolleces,
perdona a tus hijas,
que por el simple hecho
de que seas su padre,
te aplauden angustiadas.

Perdónanos por no saber encajar
tu chulería y prepotencia,
por no poder con el peso
de tus huevos encima de la mesa,
por tu extrema derecha,
y pídeles disculpas
a tus lacayos,
esos que emocionados
y empalmados,
aplaudían tu discurso
como si sus vidas fuera en ello.
Debe ser por el puesto,
el de seleccionador,
el máximo responsable,
a los señores Vidal, De la Fuente
e incluso Luis Enrique desde París.
Seguro que una mujer entrenadora,
jamás os llegaría a la altura 
de los zapatos.

Perdónanos Rubiales,
por sembrar la duda
con tus negocios
y tu puesto de responsabilidad,
por regodearte con jeques "feministas"
y "demócratas"
para disputar un partido
entre dos equipos de tu país.
Seguramente nos hayamos
equivocado y precipitado
a la hora de juzgarte.
Hincamos rodilla
y te comemos la polla,
si quieres,
como si para nada
fuéramos personas
agredidas que no han dado
su consentimiento.

De verdad que nos arrepentimos
de nuestros actos
y de que toda la prensa,
hasta la más cavernaria,
te haya puesto un punto de mira
en la cabeza.
No tenemos la certeza
de que las cosas estén cambiando,
por si acaso y pese a tus hijas,
que ojalá no sufran en el futuro
a un acosador como su padre,
contradigo este texto de disculpas
y te deseo la muerte,
hijo de puto,
con O de masculino y bien machito.

La balada de Chemin de Mulintegi

Para llegar a Biriatou, Francia,
hay que confundirse y pagar
varios peajes,
quedarse sin internet
y mearte encima.
Así, a veces, llegamos
a los sitios.
Exhaustas,
descubrimos
los caseríos tradicionales vascos,
una homogeneidad
que no se encuentra
en el estado español,
aunque el racismo,
por desgracia,
existe en todas partes.

Lo primero que aprendimos
fue la palabra porche.
Más tarde,
hicimos del porche
nuestro camping,
nuestra sala de juegos
y nuestro aperitivo
de cielo encapotado.
Cuando llegaba la sombra,
las gallinas y las vacas
bajaban por el prado
en busca de comida
y algo de compañía.

Piscinita de plástico
gratuita con agua caliente
de ollas
y unos gritos
que se expandían por el campo
como se expande el polen
de las flores.
Porque fuimos a eso,
a extender nuestras ansias
de libertad
sin la necesidad
de que hubiera un bar cerca.

Putas polillas,
no me dan asco,
me dan miedo,
como miedo me da
pensar en ese encuentro
entre Franco y Hitler
en la estación de ferrocarril
de Hendaya en 1940
cada cual con sus exigencias.
Pero nosotras no fuimos
con ninguna,
solo hicimos playa
y arena, y olas,
muchas olas.
Porque aunque no nos guste
demasiado la playa,
hay que adaptarse
a las necesidades ociosas
de l@s cachorr@s,
y si eso pasa
por ponerse chanclas,
bañador y crema,
pues se hace y punto.

No está pagado,
como no será un recuerdo más,
el de las mañanas
junto a las rocas gemelas,
con decenas de surfistas
y la convivencia de tres idiomas.
Hacía muchos años
que no me subía a una ola
y me di cuenta
de que no me hacía falta
una tabla,
sino un hermano mayor chuli
a mi lado
para recordar
mis sueños de infancia.
Atalayas, fosas, muros
para una época moderna
en qué algunas actitudes
nos evocan el medievo.

El Bidasoa oscuro
y serpenteante
para dejar a un lado
las casa de colores
de Hondarribia,
sus cuestas y su hachero.
El golfo de Bizkaia,
todo el litoral y sus camas
hasta llegar a Biarritz,
donde aprendimos
una clase magistral
de animales marinos
y homenajes a l@s caíd@s
en las grandes guerras.
No pudimos llegar más lejos
por las cantidades ingentes
de personas con coches
buscando plazas de aparcamiento
de pago.
Todo el mundo tiene derecho
a procrastinarse,
no solo nosotras.

Una lucha a muerte
entre una banda de peluches
y un ejército de mosquitos,
perdimos en lo físico
pero no en lo simbólico.
Por las mañanas
se desgañitaba el gallo,
por las noches
bajaba el burro-cebra
para desearnos dulces sueños.
Así pasamos los días
al otro lado de la frontera,
una frontera que para nosotras,
solo se diferencia en precios
y en la cantidad de idiomas
que se hablan al mismo tiempo.

La casa de Francia,
que es como nos gusta llamarla,
fue un descubrimiento
con laderas verdes y empinadas,
cenas nubladas y escondites a deshora,
alejarse tanto,
sin la necesidades de verse,
por haber cogido confianza,
ventanas laterales
que servían de entrada y de salida
y madrugadas con visitas nocturnas
que te transportan 
a otro mundo, seguramente,
más amable.

No fuimos allí
a hacernos las interesantes,
fuimos allí a interesarnos
por todo lo nuevo
y consolidar todo lo conocido.
Volvimos un poco
más francesas,
menos españolas si cabe
y totalmente euskaldunas
por eso que dicen del progreso.

domingo, 13 de agosto de 2023

La balada de Lillo. Parte III y IV

Pues hemos vuelto,
más mayores,
mejores
y con otras gentes.
El pueblo del norte
al que acudir
cuando buscas algo
de alivio,
porque las yeguas
y las lagartijas
siguen en el mismo sitio
y eso tranquiliza.

Hemos descubierto
menos lugares
de los que nos quedan,
y los hemos transitado
con quien merece la alegría
ocupar el tiempo,
el espacio y la vida.
Por eso tenemos 
tanta suerte,
siempre que mirar
implique mirar hacia arriba.
Como lo de levantarse
por las mañanas
y saludar por la ventana
al monte Susarón.
Me implico en lo que
de aprendan los nombres,
los nombres propios
que dan contexto
y posibilitan la socialización.

La ermita sigue cerrada
a cal y canto,
excepto cuando
sale en procesión
la virgen de Las Nieves
implorando que en invierno
haga el clima que necesitamos.
Como clausurado
está el puente de Forfogones,
un elemento articial que se hizo
para las vistas
en lugar de para hacer camino,
así nos va.
El puerto de Las Señales
y las vacas de alta montaña,
los búnkeres republicanos
que nos recuerdan
el lado bueno de la historia
y el columpio de Riaño
para la panorámica
y el vértigo
que nos hagan sentir cosas nuevas.

No gastarse un duro
en gastronomía
porque las comidas
y cenas caseras
te aseguran el postre
y la siesta
y un poco de ahorro
para seguir viajando.
Os hacéis mayores
aunque os empeñeis
en querer dormir
acompañad@s.
Y lo entiendo,
porque cuando me da
por pensar
que ya no necesitéis
que nos tumbemos
a vuestro lado,
siento que me muero.

El salón de juegos
y su ejército de peluches,
el escondite,
el pilla-pilla,
todas las interacciones
que os pide el cuerpo
mientras intento grabaros
para que no se me escape
ni un solo detalle.
Todos los gritos
que caben en un pueblo
reunidos en dos casas
con puertas de acceso independientes.
Y pese a que molesten
de vez en cuando,
no son más que
las proyecciones
de lo que queréis
ser de mayores,
por eso respiramos,
esperamos pacientes
y nos lo tomamos
con filosofía.
Preceptos filosóficos
que van incluidos
en todas y cada una
de las explicaciones
que intentamos daros,
porque no basta 
con ser PaMadres,
hay que ser buenas acompañantes.

Hasta el verano que viene, Puebla,
o quizá nos veamos
en diciembre,
sea como sea 
y hasta entonces,
gracias por toda
la colección de recuerdos
que hará de sus adolescencias
algo nostálgico y deseado.

sábado, 5 de agosto de 2023

El mordisco de Chica

Mira que le dije
que solo había dos normas:
la primera no gritar
cerca de los animales;
la segunda no lanzarles comida
sino ofrecérsela con 
la mano extendida.

Nuestras tres amigas yeguas,
Chico, Chica y Chique,
cuando nos levantamos
y vemos el monte Susaron.
Fuimos a darles zanahorias
y se llevó el susto
de su vida,
porque aunque son 
muy independientes
y los animales son muy nobles,
siguen necesitando acompañamiento,
esa fue la lección.

Cuando Chica intentó
coger el cacho de zanahoria,
enganchó su mano
y tiró de él con fuerza.
Yo también tiré
y el dedo casi se queda
a medio camino.
Anecdóticamente,
después del drama,
no todo el mundo 
puede decir
que casi le come un caballo.

El mordisco dolió muchísimo
en el sentido más físico,
pero en el emocional
también lo sufrimos.
Él con la decepción
de que le hubiera hecho daño
uno de los animales
de los que estaba enamorado.
Yo con la culpa
y la responsabilidad
de no haberme hecho cargo
de la situación
desde un primer momento.

Minutos antes
le había dicho
que con papá y con mamá
jamás le pasaría nada,
y no le mentía,
pero no estaba bien
ajustada a la realidad.
Las expresiones
o las formas de hablar
no se pueden tomar a la ligera.
Claro que le pueden pasar cosas
malas o desagradable
incluso cuando mamá y papá
están cerca,
pero hay menos probabilidades,
ese es el matiz.

Como cuando padece fiebre,
deseé que fuera mi mano
la que se hubiera
llevado esa agresión involuntaria,
quise desangrarme
por todos los costados
y que sus gritos de pánico
fueran solo un sueño.
Me imaginé todo su dolor
dentro de mi estómago
hasta el punto de explotar
en mil partes.
Cuando eres padre,
lo que más te duele
es precisamente
lo que le duele
a tus hij@s,
esa es la otra lección.

De urgencias al pueblo
de al lado
mientras atravesábamos 
un pantano medio seco,
lleno de curvas y
con tres túneles.
Era tanto el sufrimiento,
que se durmió
como se duerme
un bebé en brazos
de su madre.
Yo le miraba
y le acariciaba
y le pedía perdón
con toda la fuerza
de mis iris.

Las sanitarias de Boñar,
más comunitarias y públicas
que una biblioteca municipal,
le acogieron con ternura
y profesionalidad,
relatándole la autenticidad
de los acontecimientos
mientras intentaban calmarle
hablando de Pokemons.
Más gritos desgarradores
para el alma,
no porque le hicieran daño,
sino por el miedo instintivo
de un cachorro
ante lo desconocido.
También estuve ahí, con él.
Intentando redimirme 
en cierto sentido
mientras le agarraba
fuerte su mano derecha,
la intacta.
Le besaba y le cogía
la cabeza para evitar
que viese su dedo
maleherido,
pero lo que realmente
tenía dañado
era el corazón,
lo sentí como una punzada
contra el mío.

Una mezcla de disgusto,
decepción e inclusio traición,
sensaciones inevitables
que se suceden durante la crianza.
Más allá de las heridas,
las articulaciones bien, gracias,
aunque perderá la uña
con el paso de las semanas.
Lo que también perdió,
fue la inocencia,
por el momento,
de percibir a Chica
como su amiga.
Yo perdí un poco de confianza
en mí mismo,
también momentáneo,
y empecé con dolor de tripa
y náuseas por la noche
a modo de autocastigo.

Su fortaleza
le permitió dormir del tirón,
yo, más pequeño, ambiguo
y avergonzado que nunca,
dormí a trompicones
deseando que solo
hubiera sido un mal sueño.
Pero las cosas pasan
y hay que procurar
rehacerse y tirar pa'lante.
Como dije en el texto anterior,
"hay que procurarse lugares felices"
pese a toda la oscuridad
que nos atrae y nos seduce.

Esta herida la curará el tiempo,
los aprendizajes son de por vida,
esta es mi última lección.

_A Chica y Enzo, dos amigas
que se han dado un tiempo _

jueves, 3 de agosto de 2023

Hay que procurarse lugares felices

Leí esta frase
en un artículo
que defendía
que la hiperproductividad
es la mayor pandemia
del Siglo XXI,
y no puedo estar más de acuerdo.

Estoy fatigado
de ver a mi alrededor
cómo la gente se excusa
e intenta autojustificarse
cuando decide parar,
sentarse y contemplar
el tiempo pasar
sin hacer nada.
¿Cómo que son hacer nada?
Estás dándote el respiro
que te mereces
después de tu trabajo precario;
estás reponiendo fuerzas
tras acompañar
la intensidad de la crianza;
estás descansando
tras una jornada durísima
de cuidados a personas dependientes;
o te estás tocando el coño
porque sí,
ya que es una forma
de ventilar tu salud mental.

Cuando hablamos
de procurarse lugares felices,
no solo es en el sentido literal,
sino que ese lugar
puede ser una persona,
un objeto,
una reflexión
o incluso un recuerdo.
Un lugar feliz
no es solo ese entorno
con una cascada
y vegetación
entre sol y sombra
para que puedas elegir
lo que más te apetece;
un lugar feliz puede ser
esa llamada de desahogo
con tu mejor amiga,
retomar el libro
que empezaste con ganas
pero que dejaste 
por falta de tiempo,
o esa serie que encontraste
por azar.

Un lugar feliz
puede ser esa estampa
que descubres
cuando observas en silencio 
a personajes anónimos
que ni te van ni te vienen.
Puede ser ese plato
de comida que hacía mucho
que no probabas
y que te recuerda a tu abuela.
Puede ser ese momento
en el que te balanceas
en el columpio del parque
con tu hij@ en el regazo.

Procurarse lugares felices
es de valientes
y de personas competentes.
Es de justicia divina, social
y/o económica,
blindar esos espacios
de paz y alegría
que te reconfortan.
Un lugar feliz
también es ese sentimiento
que te infla el pecho,
te llena los ojos de lágrimas
y deja tu mente en blanco.
Es respirar profundo
y exhalar el alambre
que te pincha el corazón.
Podría ser ese argumento,
que conveza o no,
es personal e intransferible,
y se escribe convenza
porque se conjuga 
como el verbo vencer,
y no como el de agradecer.
Porque a veces,
y esto no quiere decir
que pierdas los modales
o faltes el respeto,
antes que dar las gracias,
tendríamos que señalar
y poner en su sitio
a los que te hacen
padecer o sufrir.
Esto también es procurarse
un lugar feliz,
el de confrontar
a los que te hacen daño,
el de combatir las desigualdades,
el de ser solidaria en esencia,
sin esperar nada a cambio.

Nos han metido la culpa
con calzador
hasta conseguir
que sea un sentimiento
que marque nuestro día a día,
nuestra rutina,
nuestra cotidianeidad.
Nos toca redefinir
nuestros lugares felices
y tomarnos en serio
lo que nos hace falta,
lo que llevamos tiempo buscando
y lo que creemos merecer.

El mes ocho

Agosto tedioso y perezoso,
me entran ganas de
ponerte los cuernos a la cara
con septiembre,
como cuando viajábamos
sin gente, ni sol
y con menos dinero en la cartera.
Que descubrimientos
los de aquellos años
que por lo menos 
nos sirven para revisitar
los mismos lugares
con neceseres llenos de comida
y mudas de recambio
por lo que pueda pasar.

En agosto también
descubrimos otros lugares,
pero generalmente masificados
y a más de 30 grados
aunque estés en el norte.
La gente se ha dado cuenta
que por un puñado de días
de descanso,
no merece la pena
salir de ciudades
poco amables
para acudir a entornos asfixiantes.
Lo exótico se ha convertido
en lo cotidiano,
pero ay si te cogiera septiembre.

A estas alturas
ya hemos gastado
todos los supuestos 
recursos naturales del planeta
destinados para el año 2023;
dicen que hemos entrado
en números rojos
y no solo eso,
sino que nuestro país,
alcanzó estos datos
en el mes de mayo.
Mira que me gusta
escribir a los meses
como si fueran viej@s amig@s
repartid@s por el mundo,
pero algunos de ellos
me resultan insoportables,
como es@s que mantienes
durante la adolescencia
por inercia, compromiso
y porqie no hay nada nuevo
al frente.

Resulta hasta egoísta
materializar estás actitudes,
pero un día, acumulas
todo el valor que te hacía falta,
y mandas a la mierda
lo que te sobra y no te aporta;
con el debido o 
sin el debido respeto,
pero a la puta mierda.
Agosto quema y está
sobrevalorado
porque la gran mayoría
es cuando puede disfrutar
sus vacaciones,
que no son más
que unos derechos laborales
que tratan de recompensar
la productividad
y cuidar un poquito
nuestra salud mental,
pero eso no quiere decir
que esté exento de ser criticado.

Este año me he propuesto
escribir más
durante el mes ocho
para ver si así
comienzo a verlo
con otros ojos.
No se trata de escupirle
en la cara
a los meses de verano,
se trata de hacerlos
un poco más sostenibles,
menos mentirosos
y un poquito más solidarios.

Aunque sea el mes
en el que disfruto mis vacaciones,
no quiere decir
que no pueda 
ponerle de vuelta y media.
Esto es como si
por cobrar una nómina
ya me tuviera que dar
con un canto en los dientes,
pues no,
quiero cobrar más
y quiero tener
mis vacaciones en septiembre,
no te jode.

Agosto, este es 
el segundo texto que te dedico
y no,
no me resultas nada halagüeño.


martes, 1 de agosto de 2023

¿A qué jugamos?

Quieren jugar todo el rato.
Este año aprendí
que jugar es vivir,
por tanto, para que puedan vivir,
necesitan jugar,
es decir,
que no es tanto
que ell@s juegan
como que ell@s viven.

Yo no soy especialmente jugón.
Reconozco mi mediocridad
a la hora de incluirme 
en el juego,
quizá me desprendí
de infante demasiado pronto
y ahora me pasa factura.
Por suerte disponen
de otras personas fundamentales
que sí que saben jugar
como a ell@s les gusta,
complaciendo sus ansias
de relacionarse, de aprender
y en definitiva de vivir
a través del juego.

Por poner un ejemplo,
yo nunca he jugado a lo bruto
con mis hij@s,
cosa que les encanta,
por eso cuando
se topan con alguien
que les da rienda suelta
a sus deseos más físicos,
ell@s flipan y se desgañitan.
Yo cumplo más la función
de estructurar
con un relato 
cuyas palabras
no conocen ni la mitad,
pero que no me disuade
en no utilizarlas
porque pronto serán
importantes y decisivas
en el mundo se sus ideas.

Yo no juego gritando
pese a que ell@s 
tengan esa necesidad de proyección,
porque me fijo más,
racionalmente,
en dónde puede estar
cierta necesidad
o cierta demanda.
Quizá no tenga paciencia
para manualidades,
me cueste ponerles voz a los muñecos,
o sienta pudor al tener un
rol de superhéroe.
Pero sé contar cuentos
de una manera deliciosa,
sé acompañar con la mirada
y con la palabra justa,
y puedo compensar la intensidad
del momento con una sola caricia.

Quizá no pegue saltos gigantes,
ni tenga visión 
para terminar un puzzle
y me cuesten los peluchitos
con sonidos a pilas;
pero sé estar a la altura,
tumbado, sentado o de cunclillas,
sé explicales las normas
de manera sencilla y concisa
y sé mediar, facilitar o habilitar
ante los conflictos que surgen.

Puede que se me den
mal las construcciones,
que no me quepan los disfraces
o que la habitación,
a veces, se me haga gigante;
pero les llevaré siempre caminando,
contándoles historias inverosímiles
y dibujando justo
el dibujo que no saben
explicarme con palabras.

Os puedo enseñar
el nombre de las palomas,
a qué árboles pertenecen
las hojas que cogéis del suelo
o porque esa persona mayor
puede que necesite ayuda.
Os contaré por qué es importante
recoger las mierdas de los perros
que casi pisamos,
por qué esos dos chicos
también pueden ir de la mano
o por qué es importante saludar
cuando entramos a un sitio.

Yo estoy más en ese plano,
en el de daros contextos
en las distintas realidades
que os vienen,
en la de daros la explicación pertinente
que aporte seguridad y confianza,
en la de motivaros
vuestra propia iniciativa
y animaros a tomar
vuestras propias decisiones.
A lo mejor no juego
al pilla-pilla en el parque,
pero intentaré mostraros
el valor de presentarse
a un desconocido
para iniciar juegos con l@s iguales.
Puede que no me suba a los árboles,
pero os llevaré a sitios 
donde podáis hacerlo sol@s,
con el debido respeto
al medio ambiente.

Puede que yo no sea el mejor
jugando,
pero siempre tendré
nuevas alternativas que ofreceros
cuando os quedéis en blanco
o paralizad@s.
Siempre os estaré mirando
aunque no reclaméis mi mirada,
en ese salto,
en esa carrera,
en ese rol ficticio
que tanto les gusta adoptar.
Sé que no soy ningún
crack cuando estamos hablando
de jugar,
pero soy el mejor
en ofreceros entornos
para explorar,
retos que podéis
decidir conquistar,
o descubrimientos
con los que nadie contaba.

Cada un@ juega a su manera,
pero lo más importante
es conocer los propios límites
y saber por dónde poder atajarlos
para seguir intentando
vivir y jugar colmados, felices, humildes.