hay que confundirse y pagar
varios peajes,
quedarse sin internet
y mearte encima.
Así, a veces, llegamos
a los sitios.
Exhaustas,
descubrimos
los caseríos tradicionales vascos,
una homogeneidad
que no se encuentra
en el estado español,
aunque el racismo,
por desgracia,
existe en todas partes.
Lo primero que aprendimos
fue la palabra porche.
Más tarde,
hicimos del porche
nuestro camping,
nuestra sala de juegos
y nuestro aperitivo
de cielo encapotado.
Cuando llegaba la sombra,
las gallinas y las vacas
bajaban por el prado
en busca de comida
y algo de compañía.
Piscinita de plástico
gratuita con agua caliente
de ollas
y unos gritos
que se expandían por el campo
como se expande el polen
de las flores.
Porque fuimos a eso,
a extender nuestras ansias
de libertad
sin la necesidad
de que hubiera un bar cerca.
Putas polillas,
no me dan asco,
me dan miedo,
como miedo me da
pensar en ese encuentro
entre Franco y Hitler
en la estación de ferrocarril
de Hendaya en 1940
cada cual con sus exigencias.
Pero nosotras no fuimos
con ninguna,
solo hicimos playa
y arena, y olas,
muchas olas.
Porque aunque no nos guste
demasiado la playa,
hay que adaptarse
a las necesidades ociosas
de l@s cachorr@s,
y si eso pasa
por ponerse chanclas,
bañador y crema,
pues se hace y punto.
No está pagado,
como no será un recuerdo más,
el de las mañanas
junto a las rocas gemelas,
con decenas de surfistas
y la convivencia de tres idiomas.
Hacía muchos años
que no me subía a una ola
y me di cuenta
de que no me hacía falta
una tabla,
sino un hermano mayor chuli
a mi lado
para recordar
mis sueños de infancia.
Atalayas, fosas, muros
para una época moderna
en qué algunas actitudes
nos evocan el medievo.
El Bidasoa oscuro
y serpenteante
para dejar a un lado
las casa de colores
de Hondarribia,
sus cuestas y su hachero.
El golfo de Bizkaia,
todo el litoral y sus camas
hasta llegar a Biarritz,
donde aprendimos
una clase magistral
de animales marinos
y homenajes a l@s caíd@s
en las grandes guerras.
No pudimos llegar más lejos
por las cantidades ingentes
de personas con coches
buscando plazas de aparcamiento
de pago.
Todo el mundo tiene derecho
a procrastinarse,
no solo nosotras.
Una lucha a muerte
entre una banda de peluches
y un ejército de mosquitos,
perdimos en lo físico
pero no en lo simbólico.
Por las mañanas
se desgañitaba el gallo,
por las noches
bajaba el burro-cebra
para desearnos dulces sueños.
Así pasamos los días
al otro lado de la frontera,
una frontera que para nosotras,
solo se diferencia en precios
y en la cantidad de idiomas
que se hablan al mismo tiempo.
La casa de Francia,
que es como nos gusta llamarla,
fue un descubrimiento
con laderas verdes y empinadas,
cenas nubladas y escondites a deshora,
alejarse tanto,
sin la necesidades de verse,
por haber cogido confianza,
ventanas laterales
que servían de entrada y de salida
y madrugadas con visitas nocturnas
que te transportan
a otro mundo, seguramente,
más amable.
No fuimos allí
a hacernos las interesantes,
fuimos allí a interesarnos
por todo lo nuevo
y consolidar todo lo conocido.
Volvimos un poco
más francesas,
menos españolas si cabe
y totalmente euskaldunas
por eso que dicen del progreso.
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