descubrimos que cruza
los dedos de su mano izquierda
tal y como haríamos tú y yo
para gritar cruciiii
cuando no quieres que te pillen.
Nunca lo había visto,
o quizá sí,
pero no me había percatado antes.
Lo contrario a quienes
miran al cielo
y se niegan a ver la Luna.
Ella la señala
y a lo mejor sabe,
que un día llegará
a la Luna.
Tan característico
como su cruce de dedos,
ese entrelazado de falanges
como queriendo estrangular
todo el fascismo
que una lleva dentro
y convertirlo
en la radicalidad simiente
de todas las flores.
Así me gusta verlo.
Con todavía esas uñitas
tan pequeñas
y una prematura
coordinación
de sus movimientos,
esas manos se merecen
un monumento.
Así que les escribo
una reseña
por si queréis
visitarlas,
sabiendo que antes
tenéis que pedir permiso.
Aquí no somos de Rubiales,
aquí somos de Amarales.
Me la imagino abriendo
el mar en dos cachos
con su cruce de dedos
y sin atisbo de cristianismo,
bueno, hay bases cristianas
que sí me interesan,
ninguna católica.
Para católica Isabel,
su abuela,
mi madre,
no la reina tirana,
porque la forma de su pelo
me recuerda a ella
cuando miro a mi hija.
Cuando crezcas,
si sigues cruzando los dedos,
si quieres,
me cuentas el motivo,
pero jamás lo utilices
para aprovecharte de nadie,
solo para señalar
a los que nada bueno
nos ofrecen,
ni pan ni agua,
pero para ti,
todo el pan y todas las rosas.
Divago y me regocijo
con la excusa
de escribirla a ella,
como si todo mi cuerpo
discurriera
por la caída
de sus dedos
y sus sinuosas curvas.
¿Os he escrito
alguna vez
que la palabra discurrir
es una de mis
palabras favoritas?
Pues cuando penséis
en ella,
se llame como se llame,
discurrir con
todas vuestras fuerzas.
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