que emocionante
incluyendo todos
y cada uno
de los riesgos
que se nos pasan
por la cabeza.
Pero como queremos
poder seguir viviendo,
hacemos todos
los esfuerzos
que se merece
el hecho de celebrar
las cosas
en tiempos
poco festivos.
Se reducen los daños
bajando y subiendo
las escaleras
sólo una vez al día.
La aventura
de cocinar algo
y poner
una lavadora.
Organizar cajones
y armarios
son señales indirectas
que queremos evitar
porque sabemos lo que pasa,
sabemos lo que te pasó
la última vez.
Parecen nimiedades
que forman parte
de las rutinas
de un hogar,
cuando en realidad
se han convertido
en voluntades
y pequeños retos
para sentirnos
un poquito más válidas.
Esa presión
y autoexigencia
que cada una
se interpone
para cuidar
la salud mental.
Aquí tampoco
hay reglas
ni fórmulas;
ni mascarillas
ni distancias
que eviten
el riesgo.
Hemos celebrado
un cumpleaños
que ha durado
cuatro días,
una noche
que ha sido buena
y tranquila,
y una comida navideña
con chubascos
y algo más de molestias.
Otro aviso nocturno
en salas de espera
desesperantes
por la cantidad ingente
de gente
y la ridícula cifra
de sanitarias.
Así no se puede
ni se va a poder nunca.
Unas pulsaciones
extraordinariamente
sonoras,
un movimiento volcánico
y una presión como
la de las fosas
de las Marianas.
Ahora bien,
un planeta por tripa
con agua potable
y sitios todavía
por fotografiar.
Qué circunferencia
tan imponente
y salvaje,
tan aparentemente accesible
como implacable.
La piel se estira y se rompe
y salen estrías
y desaparece el ombligo
y pesa muchísimo
y pica un rato
y se la sujeta otro
y se coloca como puede
y la viste de algodón.
Se sube la camiseta
para que la de el fresco
como cuando hacemos
lo mismo en verano
buscando algo de tregua.
El hilo cada vez
está más tensionado
y las emociones
ya no se conducen
con facilidad.
Es especialmente complicado
desenvolverse en situaciones
de cal y arena,
de cal y arena,
de cal y arena.
Si yo tengo miedo
todo el rato,
de verdad,
todo el rato,
es inimaginable
tu torrente de sensaciones,
joder.
En la semana 31
sigue resistiendo
la presa,
cada vez con más grietas,
cada vez con más fauna
en busca de corriente.
Darse un paseo
por su estructura
es tambalearse,
perder el equilibrio
y meter el pie en el agua.
Pero también
es pasear por
su perímetro
arbolado,
con pequeños observatorios
para meterte un momento,
el tiempo necesites,
y mirar para encontrar
lo que estás buscando.
Y si no buscas nada
da igual,
párate a mirar
para ocupar espacio,
tiempo y posiciones.
A la semana 40
no llegamos,
no somos tan ambiciosas,
pero tranquila hija,
busca tu mar en calma,
te lo pido por favor
como un ruego y una súplica
del que se arrodilla
ante una imagen superior,
solo que yo no
tengo imágenes,
sino la tarea diaria
de dibujarte la cara.
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