jueves, 2 de diciembre de 2021

Mis pies

De adolescente
empecé a renegar
de mis pies.

Fue cuando
se me empezaron
a pudrir las uñas,
se decoloraron,
se encarnaron
a la piel
y me salió
el primer papiloma.
Desde entonces
me duelen
con cada paso que doy
aunque ya sea más llevadero.

Las durezas,
los pinchazos,
el agarrotamiento
con cada calzado
que elija.
No hay ergonomía,
no hay transpirabilidad,
no hay alivio 
en ninguna
de las pisadas.
Dan igual
las superficies:
cemento, colchones, charcos.
Siempre duelen,
lo que cambia
es la intensidad.

Son muchos años
llevando la losa.
Son el fascismo
del que no 
me puedo desprender
y al mismo tiempo
el medio
que me ha llevado
tan lejos
como para encontrar
aquellas respuestas
que no están cerca,
las que en su día
me obligaron
a salir de casa
sin nada que perder,
ni siquiera el miedo.

La anatomía perfecta
que nos permite 
caminar erguidos
es la misma que,
por sus precariedades,
me procura un dolor
que no cesa,
como el rayo
de Miguel Hernández.
No es ningún drama
que cada una viva
con sus cargas
y por supuesto
no seré yo
quién las ponga
por encima
de todo lo bello
que tengo.

Ahora sigo
con las uñas encarnadas,
con un dolor punzante
en el dedo gordo
del pie derecho
(no podía ser otro)
y tres papilomas en total.
La podóloga (privada)
me dio tres opciones
de tratamiento
a cada cual más
dolorosamente caro.
Pagué la consulta
y me fui por lo público.
Dos citas anuladas después
porque no les llegaba
el instrumental
que nos hacían falta,
me derivaron
al especialista.
Cuando me llamaron
para darme cita
me emplazaron
para meses lejanos
y justo antes
de poderla confirmar,
la cita, 
la llamada se cortó
y nunca más se supo.

Consecuencias sociales
derivadas del neoliberalismo,
el desmantelamiento
y la mediocridad de lo público
y la indecencia de lo privado.
Cuando el post-covid
nos iba a hacer mejores.
Tengo un conocido
muy querido
al que le tuvieron
que cortar los pies
por una cuestión
de vida o muerte;
no le envidio,
pero carga
con mucho menos fascimo.

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