de una noche
con gente urbana
venida del infierno rural,
vuelve a casa
satisfecho
por haberse ganado
el derecho a descansar.
Su 'fiesta' más esperada
ya le esperaba
en la cama,
dormida,
abstraída en el mundo
en el que la fisicidad
de las cosas
no valen nada.
Como un sábado más,
sube las escaleras
chirriantes
de madera vieja
y abombada
hasta el último piso,
un tercero.
Nunca fue tan difícil
acertar a meter la llave
para girarala
y entrar justo,
donde necesitaba estar
desde hace tiempo.
Pero había
otra llave por dentro
que lo impedía.
Tuvo que cambiar
de sueños y expectativas
de repente.
No lo vio venir
como tampoco
lo vio su 'fiesta',
que yacía arropada
con gatos y mantas.
Habiendo descartado
que hubiera pasado
algo malo,
le tocó reinventarse
en intentar desenvolverse
en un situación
que le era
completamente desconocida.
¿Llamar a alguien
para buscar cobijo?
¿El coche como opción?
¿Pensiones de poca monta
en horas intempestivas?
Finalmente
fue la habitación 532
de un hotel
con calle abarrotadas
de libertad
porque a Madrid
siempre le mola
ser la abanderada
del desfase máximo.
Ochenta lereles
por un puñado de horas
donde no sabía muy bien
qué pensar o qué sentir.
La dualidad
de sentirse a salvo
a la vez que no concilia
el sueño
por no saber
cómo está la otra parte.
Un momento
en el que todo el mundo
es ajeno
a lo que te pasa
y quizá,
querrías compartirlo
aunque fuera
con algún anónimo.
Nada grave
más allá del susto
y de la posterior
gestión colectiva
tras el reencuentro
por la mañana.
Una anécdota
para toda la vida.
Una broma
que suena a chiste.
Y una buena historia
para contar a l@s amig@s.
La pregunta es:
¿Hubo churros esa mañana?
_a P y G_
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