(en un torpe castellano antiguo)
en una puta clínica privada,
porque claro,
hay que desahogar
el sistema público sanitario
por encontrarse desbordado
y sin recursos.
Así que nuestro impuestos
para pagarles las facturas
de las pruebas a las privadas,
y encima,
siento las molestias
si no soy de tu agrado.
Hay ocasiones en las
que te sientes un intruso
cuando quieres mirarte
algo de la salud.
Voy en el bus de toda la vida
a la Calle Arturo Soria,
una zona limpia y amplia,
con mucha urbanización bonita
llena de cancelas y conserjes
a modo de muralla fortificada.
Encuentro el hospital privado
y no puedo evitar sentir asco
al pensar en la derivación
de la cita que recibí
por correo ordinario.
También un sitio
aséptico, blanco
y deshumanizado.
Chequeo mi llegada
y en poco más de veinte minutos
me estoy metiendo
en una máquina intergaláctica
con un delantal de papel,
habiéndome quitado
todas mis prótesis estéticas.
Me tumbo boca arriba
y encajo mi cabeza
en una estructura
que ya me empezó a dar
algo de miedo.
"Tienes que estarte quieto,
ponte los tapones,
la prueba dura unos quince minutos".
Era la primera vez
que mi cerebro iba
a ser examinado.
Suena el click de todo listo
y mi corazón se desboca.
Siento el latido en cascada
por todo mi pecho
y surgen las primeras
gotas de sudor por la cara.
Soy incapaz de cerrar los ojos,
lo que no sé si acentúa
más mis nervios,
pero no puedo,
como no podía cerrarlos
cuando era pequeño
al enfrentarme a
los primeros instantes
de oscuridad
ante el momento de irse a dormir.
Inevitablemente pienso
en la película de Buried
de Rodrigo Cortés
y me acuerdo de todas
las estrategias audiovisuales
que explicó el director
en una entrevista
que vi hace tiempo.
Yo creía que esto era una chorrada,
pero me descubrí apretando
el botón de emergencia con fuerza
sin llegar a pulsarlo del todo.
Pensé que no lo conseguiría.
Surgieron unos ruidos estrepitosos
de ordenador de los ochenta,
como cuando te conectabas a internet
por cable para chatear,
pero con unos decibelios
sobredimensionados.
Pareciera un nuevo lenguaje
que descifrar.
Comencé a contar
de una manera desordenada
buscando ocupar mi pensamiento,
tratando de compensar
que el paso de los segundos
de convirtiera en minutos.
Se oye la puerta:
"¿Te has puesto la mascarilla
que te he dado?
No.
Pues quítatela, empezamos de nuevo"
El cronómetro vuelve a ponerse
en cero o en quince,
según como quieras
afrontar este texto.
No estoy más tranquilo,
pero me voy familiarizando
con el ambiente.
El nudo de mi garganta
y la tension de mis cervicales
me hacen cantar,
moviendo los labios
para intentar distraerme.
Muevo la espalda,
me rasco las piernas
y pienso en que estarán
haciendo mis hij@s,
pero nada consigue aliviarme.
Suena otra vez la puerta:
"Te estás moviendo mucho,
no estamos viendo nada.
Estoy muy nervioso.
Gilipollas (esto solo lo pensé)"
Se reinicia la cuenta de nuevo
y siento que nunca
me había sentado tan mal
desaprovechar varios minutos
que en situación normal,
sería irrelevantes.
Vuelven los sonidos
que martillean mi cabeza,
mi cerebro.
Me imagino en una escena
en la que me están torturando
y eso no ayuda.
Luego me da por pensar
que si han tenido que reiniciar
dos veces la prueba,
a lo mejor les salgo más caro
a estos hijos de puto,
pero inmediatamente me disgusto
al intuir que los cargos
serán para la pública.
No puedo evitar sentirme decepcionado.
Cuento desesperadamente
como si estuviera aprendiendo
a hacerlo,
concentrado y con detenimiento
y me da tiempo a sentirme
como un auténtico gilipollas.
Quizá, si el radiólogo
se hubiera tomado unos segundos
para explicarme con detalle
el proceso de la prueba,
hubiera ayudado en algo.
Decido que cuando acabe
le voy a soltar una hostia.
Ya debo ir por la mitad,
pero no lo puedo asegurar
con certeza.
Intento pellizcarme con fuerza
para que el dolor
me desvíe la angustia,
y pienso en tod@s aquell@s
adolescentes que se autolesionan
por motivos que creen legítimos.
Quiero fumar,
beber agua y
rascarme la cara.
Todo suma y se acumula
en la necesidad imperiosa
de que finalice la resonancia.
Creo melodías y ritmos
con los sonidos,
pero me siguen pareciendo
desgradables,
como las raves de polígonos
a horas intempestivas.
Si lo llego a saber,
me hubiera drogado
o buscado una excusa
para eludir la cita.
Vuelve a abrirse la puerta.
"Hemos terminado.
He terminado yo, subnormal
(Esto también lo pienso).
¿Qué tal ha ido? Me pregunta.
Pues la verdad es que ha sido
una mierda de prueba,
si lo sé no vengo.
No habrá sido para tanto, espeta.
Me voy sin decir adiós"
Y no le culpo,
pero le hubiera matado.
La fatiga me duró
prácticamente hasta que llegué al curro.
No se lo deseo a nadie,
solo a mis peores enemigos.
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