que si bien tiene razón
en el mensaje,
se equivoca en las formas.
También es verdad
que a l@s acompañantes
de dich@s niñ@s,
ni estaban ni se les esperaban,
por lo que el speach de la señora
cogía fuerza e intensidad.
Gilipollas de mí,
para un día que llego al parque,
observaba la estampa
con cierta ternura
dejando escapar un sonrisilla
tras mis comisuras.
Se percató la señora
que no dudó en increparne
creyendo que me estaba burlando.
Acudí a su encuentro
con actitudes diplomáticas
para resolverlo con cortesía,
pero al intentar explicarme,
me embistió con fuerza
como si yo fuera el adversario.
Uno, que arrasta sus movidas
generalmente en silencio,
decidió sacar la toxicidad fuera
y hacer alarde
de una agresividad
no justa para nadie.
Pero es que me tocó las pelotas.
¿Reconocéis esas veces
en las que alguien se queja
medio en alto de algo
pero no lo hace directamente
a la cara?
Pues a mí me jode sublimemente.
El caso es que no pude
defender mis argumentos
con educación
porque el altavoz de la señora
tapaba cualquier tipo
de expresión ajena
a la suya.
Me calenté tanto
y me sentí tan impotente,
que la llamé bocachancla
mientras la invitaba
efusivamente
a salir de la plaza.
En las plazas públicas no caben
los nazis
ni las medias tintas,
la señora era de las segundas.
Sin haberse resuelto el conflicto
y con la señora habiendo
desaparecido de la plaza,
mi mujer se acercó
inteligentemente
y me avisó del ejemplo
que estaba dando.
Si bien mi intención
era conciliadora,
acabé rebajándome
a las formas de la señora.
Tenía razón,
mi mujer,
cuando puso el foco
en mis voces y agresividad,
aunque yo no hubiera
sido capaz de controlarme.
El modelo que ofrecí
no fue el acertado,
por lo que agaché la cabeza,
le di una explicación
a mi hijo mayor
y le pedí perdón
a mi hija pequeña.
Una de las normas
que establecí en ese parque
hace meses,
tenía que ver
con la prohibición
de subirse a los árboles,
por el hecho de ser elementos vivos
no destinados para el juego
aunque sí para el aprendizaje.
Irónicamente,
fui yo quien se llevó
un rapapolvo
por un@s niñ@s que
desconocían la norma
y una señora
que sin duda,
tenía ganas de fiesta.
No he vuelto a ver a esa señora,
pero si hay una próxima vez,
me acercaré con otras formas
para intentar leerle
las cuarenta,
porque otra cosa no,
pero l@s gilipollas no se me olvidan
y es justo señalarl@s,
eso sí,
sin perder las formas.
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