viernes, 21 de abril de 2023

Con vistas al mar, por favor

No soy que digamos,
un amante férrimo del mar,
pero comparto todas sus posibilidades.
Entiendo, a quien disponga
de una ventana
con vistas al mar,
sienta una especie de alivio
sobrenatural.
Alguna vez he sentido,
viajando desde 
el interior a la costa,
ese vértigo en el estómago
al vislumbrar
el vasto mar, con uve,
por el horizonte.

Incluso así,
sigue sin seducirme la idea
de dar rienda suelta a mi imaginación
viendo a lo lejos las boyas
y algún que otro barco.
Como basta me parece,
esta vez con be,
la red clielentelar
de la gran mayoría
de viajer@s que salen de 
la Meseta 
con su actitud epicentrista
del cosmos.

Con vistas al mar,
seguramente implica,
el mínimo respeto
por el litoral y su medio natural.
Me parece peligroso
y cuanto menos arriesgado,
satisfacer nuestras necesidades humanas
en primera línea de playa.
Abogo más y mejor
por las vías ferratas,
los desfiladeros
que esconden ríos
y los valles entre montañas
como ollas a presión.

La brisa marina,
la humedad oceánica,
la máxima profundidad
de las fosas de las Marianas.
Cuando el piti es menos piti
y el sexo se vuelve pegajoso.
Pero ahí está el mar,
con toda su apertura
y todos sus espacios simbólicos
para la imaginación.
¿Quién habrá al otro lado?
¿Cuánt@s habrán
perecido en el fondo?
El ancho espacio transitorio
donde se aglutina el drama
de toda la miseria humana.

Con vistas al mar
es como mirar por la ventana
y no encontrarte fachadas,
ni muros de ladrillo,
ni un ejército de banderas
que ya no significan nada.
Es el preciso instante
en el que te sientes pequeño 
e insignificante
ante la inmensidad
sin acotamientos
y piensas,
si acaso aportas más
que uno de los trillones
granos de arena
por los que estás transitando.
Porque eso es lo primero que hacemos
cuando llegamos al mar,
descalzarnos y sentir
por la base de tu cuerpo
como cuando aprendíamos
con apenas meses de existencia
todo lo que nos ofrecía
el mundo a través de los pies.

La peña dice sanar
física y mentalmente en el mar
y yo que me alegro.
Ojalá se pudiera llegar en metro
desde esos sitios 
que nos pilla lejos
como si fuera el
conducto y la posibilidad
de ventilación
que necesitamos diariamente.
El mar no es cotidiano,
el mar siempre será una sorpresa,
un descubrimiento,
una conquista.
No será una sala de espera,
sino la habitación de 
la psicóloga
con la que haces terapia.
Insisto, y yo que me alegro.

Con vistas al mar, por favor,
es una demanda,
una especie de deseo
colindante a alguna
de nuestras necesidades.
Cuando quieres 
dejar atrás algo,
escapar del frenetismo,
huir de la tensión
o darle un portazo
a la mediocridad,
puedes recurrir al mar,
otear el horizonte
y comprobar
que la Tierra no es plana,
que puedes seguir
buscando tu sitio
sin miedo a precipitarte
por un borde imaginario
que te está consumiendo.

Una vez,
un especialista,
me mandó al mar
para ver si recuperaba el olfato.
No lo recuperé,
pero volví con marcas de agua
en mi cuerpo,
bonitos recuerdos de verano
y las ganas suficientes
de regresar al menos
una vez al año,
aunque no me bañe,
aunque no me guste la arena,
aunque huya del sol,
aunque las vistas
no den directamente al mar.
Pero sé que está ahí,
aguardando
para darme la bienvenida
que merezco,
y la estabilidad, si quiero,
que siempre andamos buscando.

Yo, vivo lejos del mar,
pero casi todos los días
le nombró,
principalmente porque
tengo una amiga
en el curro
que recibe su nombre.
Y la verdad
es que sin saberlo
y/o quererlo,
desahoga,
cura,
me mantiene intacto.


_A Javi, de la Kuadrilla_

Nota de autor: Un texto de cuyo título no puedo apropiarme XXXIII

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