Volvemos más fuertesy más mayores
a la urbanización de Las Nieves.
Todo sigue más o menos igual
menos los colores del paisajes,
los resto de nieve en las laderas
y la ubicación de los animales
en la baja montaña.
Tampoco nosotras,
que cumplimos la mayoría de edad
lejos de casa,
para acordarnos
por los restos de los restos.
Aquí todo el mundo
se desplaza erguido,
por lo que cambian
las reglas del juego,
las perspectivas
y las posibilidades.
Ya llegamos todas
a ver por la ventana,
lo que propició el disfrute
de la estampa de la familia equina
a cualquier hora:
Chico y su marrón oscuro,
Chica y su cencerro de madrugada
y l@s potrill@s Jorge, Carmen y Enzo,
buscando briznas de hierba
bajo el manto helado.
Esta vez se vino
la anciana Aisha,
que sin saber cuánto tiempo le queda,
la pensamos aprovechar
hasta el último suspiro
de su diminuto tamaño.
Y por supuesto Chusti,
el último compañero de viaje
en incorporarse,
un panda en blanco y negro
que se suma a las fotos
de lugares que están
a muchos kilómetros de casa.
Como decía,
todo sigue igual
pero con distintos matices.
Menos gente,
más frío
y ritos religiosos
de los que no participamos ninguno.
Viejas y nuevas excursiones
marcaron nuestras
tempraneras mañanas.
La idílica ermita del parque
llenó nuestras tardes soleadas,
ahora más vacía,
casi más rural que nunca
y desabastecida
por el paso del hombre.
Las lagartijas son las únicas
que allí seguían,
con sus mismas casas de siempre,
con su agilidad fantástica
y su cada vez menos temor
a la influencia humana
del entorno.
Yendo hacia el norte
dos posibilidades.
Hacia la izquierda
el Puerto de San Isidro,
tan masificado en invierno
como silencioso el resto del año.
Ya les queda poco
a las vacas y caballos
para retornar
a la vieja y alta montaña.
La soledad de la choza del pastor
en el Lago de Isoba,
El Praíco abandonado
con el contraste de la fuerza
con que baja el río,
el telesilla del Cebolledo parado,
La Raya, el pueblo de Asturias
con mayor altitud,
La Capilla, el pueblo de piedra
con placas solares
y el mirador de Zuvillaga
con sus cascadas majestuosas
y el homenaje a aquel trabajador
de las quitanieves
sepultado por un alud
en 2021.
Hacia la derecha
el Puerto de Tarna
pasando por el de Las Señales,
con sus fortines de la guerra civil
del bando republicano
de la resistencia
asturiano-leonesa,
la ermita cerrada y embarrada
de Riosol,
donde os porteamos
a la espalda
convencidas
que así será toda la vida.
Y más y más lugares
atravesando las Montañas de Riaño
y los Picos de Mampodre,
como el banco gigante de Burón
a modo de atalaya
sobre un valle inundado.
Tanto para ir a un lado
como para ir al otro,
hay que pasar
por alguno de sus márgenes
el cuartel de la guardia civil
de la Puebla,
un sitio que reza
"Todo por la patria"
pero que sin embargo,
cuando pides ayuda
te dicen que no pueden hacer nada
porque no tienen medios.
Y te preguntas entonces
a qué patria se referirán,
¿a la nostálgica del pequeño,
asesino y dictador?
Bueno, quedarnos sin señal
y sin comunicaciones satélites,
nos sirvió para destapar
un libro de Álvaro Bilbao
sobre la crianza
y otro de Miquel Ramos
sobre el antifascismo,
dos claves de nuestras miradas.
También pasamos buenos ratos
en la casa,
en un salón grande
con cocina americana,
juguetes exquisitamente seleccionados
para que se queden en el pueblo,
una chimenea de pellet
y la serie de Entrevías
con Tirso al mando,
para que no se nos olvide
nunca el barrio.
Como Tirso se llama
aquel niño
con el que jugaste a lo bruto
de tercero de primaria
del cole enfrente del parque,
con un aparato azul en la boca.
O Lucas, el niño que te llamó
mucho la atención
por algún motivo
que desconocemos.
O Clara, la niña del abrigo rosa
que se llama como el peluche
que le das a tu hermana
cuando le toca irse a dormir.
Con toda tu personalidad
fuerte y carismática,
somos papá y mamá
l@s que todavía tenemos
que habilitarte la interacción
con tus igusles
incluyéndonos en juegos
de pelotas o escondites.
Hasta que la confianza
te permite separarte
lo suficiente
como para que tengamos
que supervisarte a lo lejos.
Aunque ya no tanto,
sigues siendo muy pequeño,
nuestro pequeño
que sigue mostrando señales,
como las del puerto,
de querer emanciparse
en algunos ámbitos y/o detalles.
Pero tu hermana
ha venido,
entre muchísimas cosas,
para engancharte y seducirte
con juegos de arrastre,
intenciones persecutorias
y risas perfectamente contextualizadas.
Qué intensidad la vuestra a ratos.
Cuando decimos que reímos
por no llorar
no es una broma,
es un mecanismo de defensa
que nos permite regular
el estrés que necesitamos
para seguir haciéndonos preguntas
sobre el buen acompañamiento
y la adecuada crianza.
Claro que perdemos la paciencia,
claro que alzamos el volumen
y claro que se nos escapa
algún taco;
sin estar justificado,
paso de ahogarme en la culpabilidad
pamaterna y quedarme estancado.
Os pido perdón,
os pregunto si me dejáis explicarme
y palante,
no como los de Alicante,
sino como los buenos
y sudamericanos comandantes.
Así hemos pasado
una Semana Santa
de la que llevo mucho tiempo renegando,
pero me equivocaba.
No son sus símbolos sagrados
ni sus significados divinos,
son sus funciones sociales
y sus cuestiones populares
las que dotan de sentido
una tradición necesaria
en los lugares.
Se puede ser ateo
y no sentirse incoherente
en la participación de la Semana Santa,
este aprendizaje también me lo llevo.
Nosotras no tenemos Pueblo,
tenemos Puebla por eso
de seguir intentando
marcar la diferencia,
para servir como ejemplo
a quien lo necesite,
a quienes nos necesiten.
Solo una vez
utilizamos la salida sur de la Puebla;
fue para ir a Camposillo,
un pueblo en ruinas y abandonado
por la construcción del Embalse de Porma,
donde una manada de mastines
nos metieron el miedo en el cuerpo.
Es la misma salida,
la del sur,
la que nos lleva de vuelta a Madrid,
la que siempre será nuestra casa
pero por desagracia
cada vez más desconocida y más enemiga.
Conocí el último día
a Violeta y Onésimo,
ella de Lillo, él de Villanueva;
todos los días pasean
hasta llegar el banco de piedra
y sentarse a observar la estampa
de una Puebla que cada año cambia,
pero de la que siguen
perdidamente enamoradas.
Mi envidia sana
por no poder sentir lo mismo
por la tierra de la que provengo,
quizá por sus gobernantes,
quizá por sus edificaciones,
quizá por sus estériles gentes.
No lo sé,
pero gracias a mis viej@s
tenemos otra ruta de escape.
Y pienso aprovecharlo
hasta que el deshielo
de la montaña
me inunde la primavera
o el sol alzándose imperial
me arda en verano.
Ya veremos en otoño
con los árboles despojados
de sus ropas
y con el frío y duro invierno
de una tierra
que no nos vio
nacer a mí y a mis hij@s,
pero que sin duda
nos verá crecer y vencer
de aquí en adelante.
_A la Puebla porque
nos sale de los ovarios
y no precisamente por
los de Ana Obregón _