miércoles, 26 de abril de 2023

¿Para cuándo una quedada kuadrillera?

Es una buena pregunta.
Con la suficiente empatía
te diría que cuando se pueda;
egoístamente te respondería
que para ayer.

Tal y como yo lo veo,
la Kuadrilla es una entidad
a la que poder y querer pertenecer,
pero también se puede
participar de y con ella
sin sentimiento de pertenencia,
faltaría más.
Como toda buena historia,
la trayectoria de la Kuadrilla
ha tenido su momento álgido
y sus momentos lineales.
Nos mantenemos
con el punto de flotación intacto
en ganas e intenciones
para seguir navegando.

El declive sólo vendrá 
con la muerte y la desaparición
de sus integrantes.
No son los años que llevamos,
sino la calidad de los años
que llevamos.
¿Qué cuándo nos vemos?
Ojalá pronto,
de momento os homenajeo
en este cuarto volumen
de textos de cuyos títulos
no puedo apropiarme
y me acuesto 
cruzando los dedos
para soñarla.

¿Conocéis esa sensación
de invencibilidad
en la que nada malo
puede pasarte?
A mí me pasa,
reconociéndome
con mis pamadres
dadas las manos,
justo en medio
de toda la protección
que te ofrecen,
al mismo ritmo,
con tropezones y resbalones,
pero sin caídas
que te dejen heridas abiertas
y mal curadas.

Por desgracia no controlamos
tanto el cuándo,
pero sí que determinamos
el cómo.
Así que yo me conformo
y espero paciente
y respetuoso
la llamada de las hermanas
para que cuando suceda,
pegarme el atracón de mi vida.
Como esos gatos recién nacidos
que se defienden su comida
con garras y dientes,
por miedo a que les quiten
el pienso o por desconocer
cuando volverán a comer.
Pues yo sería ese gato.

A la Kuadrilla se la añora
y se la piensa a carcajada limpia.
A la Kuadri se la esculpe
con cada mirada,
se la respeta
con cada pequeña hoguera
que origina,
se la cuida como
a la mejor de las compañías.
Esto le spdaray a todas
las buenas y sanad pandillas:
lo de dar igual cuánto
tiempo pase que 
parece que el tiempo
no haya pasado.
Habrá nuevas cosas que contarse,
pero los códigos y los estilos
son los de siempre.
Los pactos, las negociaciones,
las normas, las tenemos
decidas hace mucho,
tanto,
que quizá habría 
que darle una vuelta.

La Kuadrilla solo crece,
se expande y se quiere,
se emborracha y quiere el doble,
insoportable, impepinable;
no se difumina, ni contamina,
deberían de hacernos
una pegatina.
Ingobernable, desobediente,
armada hasta los dientes
para darte reflexión de la buena,
y cosquillas, si quieres.
¿Qué cuándo nos vemos?
Pues no tengo ni puta idea,
solo puedo decir que os espero
y que por favor,
¡Esperarme!

Es un texto
donde mi opinión es incuestionable,
igual que cuando tú
escribas el tuyo, la tuya,
si te apetece y te atreves,
no podrá ser arremetido
por nada ni por nadie.
Si existe algo más incandescente
en verano, es la Kuadrilla
reencontrándose.

_A Sol, de La Kuadrilla_

Nota de autor: Un texto de cuyo título no puedo apropiarme XXXVII

martes, 25 de abril de 2023

Camino a casa

Pienso en el camino a casa
cuando regreso del trabajo,
cuando volvía de fiesta
o cuando llegue de vacaciones.
Presente, pasado y futuro.
Las tres me han parecido 
siempre buenas posibilidades,
porque no hay nada
que más me tranquilice
que volver a casa.

Ya me pasaba en la adolescencia,
cuando todo me resultaba
oscuro, ambiguo, desesperanzador.
Encontraba la calma
al ver a mis viej@s
aunque con ell@s tuviera
otro tipo de problemas
que a día de hoy,
si surge,
podemos seguir reprochándonos
en todas direcciones.
Incluso así,
encontré la paz y seguridad
que necesitaba
en aquellos años,
cuando no entendía nada,
cuando nada encajaba,
cuando me sentí muy solo
rodeado entre tanta gente.

Por eso, para mí, el concepto
de familia se configura en base
a la construcción del concepto hogar.
Puedes perder ambas
por diversos e injustos motivos,
pero no tener la sensación
de camino a casa
me resultaría trágicamente
insoportable.
Si después de un día de mierda,
no encuentras algo de alivio
en tu hogar
o con algunos de los seres
con los que convives,
algo está yendo mal.
Te compadezco .

Ahora, que también está
la otra parte.
La de iniciar el camino a casa,
y sentir que no deberías
ir sola y borracha
porque puede que aceche
el monstruo.
Un monstruo que lleva pene
y tufa a machismo y violencia.
Es entonces, 
cuando por desgracia,
no eres libre de volver a casa
tranquila y satisfecha,
sino que te ves obligada
a planificar el itinerario,
a buscar la luz y el gentío
y a llamar por teléfono
para no sentirte tan frágil.

Un concepto que puede
significar dos cosas
totalmente opuestas.
Algo no funciona y nos resistimos 
a verlo,
a combatirlo,
a reconocerlo
y a colectivizarlo.
Lo debatimos en las cenas,
en las calles,
en los centros de trabajo.
Pero hay algo que sigue sin calar,
sino que produce totalmente
lo contrario.
Aquí no hay disculpas,
solo equidistancia
y blanqueamiento
al más puro estilo rancio.

De verdad que siento
que camino a casa
no pueda significar 
lo mismo para ti.
Daría cualquier parte de mi cuerpo
para que esto cambiase de una vez.
Que no sintieras miedo,
ni sombras suspicaces,
ni un grito que te ponga
el cuerpo del revés.
Que no pusieran el foco en ti,
sino en el agresor,
en el violador, en el maltratador,
en el asesino,
todos hombres,
cada uno de ellos hombres,
como yo,
pero sin querer ser uno de ellos.

Cómo puede cambiar un texto
desde su inicio hasta su final,
con un título aparentemente inofensivo.
Siempre va a depender
de quién lo escriba
y de quiénes lo lean.
Sea cual sea la interpretación
o la subjetividad que se infiera,
camino a casa
será algo de lo que
preocuparse siempre.
Si me das permiso,
tengo la intención de acompañarte
y de que me acompañes.

Ojalá los caminos a casa
siempre fueran algo
deseable y festivo
en los que poder zizaguear
caóticamente.
No se me olvida la derivada
de los casos en
que los monstruos viven en casa.
Te invito a que las quememos,
con ellos dentro.
Que volver a casa
implique vivir
libremente y sin miedo.

_A Gala, de La Kuadrilla_

Nota de autor: Un texto de cuyo título no puedo apropiarme XXXVI

lunes, 24 de abril de 2023

Disfrútalo, que se acaba

Claro, porque todo se acaba
si enmarcamos la vida
desde el naces, creces, te desarrollas,
con un poco de suerte lo disfrutas
y te mueres.
Qué difícil es a veces
ponerle humor a las cosas
para sentir del proceso
algo divertido.
Así que cuando
no lo consigues,
se te queda la sensación
de no haber aprovechado
la oportunidad,
de haber vuelto llegado tarde
a ese tren de la diversión,
de transitar cada momento
y cada situación
con una planificada seriedad,
en lugar de hacerlo
con el gesto abierto
y las ganas rebosando.

Y luego,
el arrepentimiento
y la culpa,
la expectativa que se desvanece
y los errores que se repiten;
un día de la marmota
sin actores ni actrices
donde la estructura y el guión
no dan lugar a la improvisación
y el descubrimiento.
Hay que relajarse, joder.
Suficientes trabas,
demasiadas piedras.
¿Seríamos capaces
de coger las trabas
y hacerlas trabalenguas
y de tirar las piedras
contra las ventanas
de todo lo limitante?

¡Sí que se puede!
Y contamos con muchos
ejemplos a lo largo del día,
pero siempre logran significarse más,
aquellos ejemplos
no tan buenos,
los que nos dan en toda la cara
casi sin avisar,
los que nos posibilitan
la victimización de nuestros actos,
los que no nos dejan
subir las persianas
para que entre luz natural.
Siempre es igual y siempre es lo mismo.

Hablábamos el otro día
de reducir daños,
de intentar simplificar
un poco las cosas.
Pero eso tampoco es suficiente
porque siempre estarán
la puta tensión
y la dichosa presión,
para que le restemos diversión
al camino.
Joder, como molaría
pararse en medio,
aposta y sin excusas,
pegar un buen grito,
luego unas carcajadas
y llegar tarde sin miedo
a las consecuencias.

A disfrutar, coño,
que no sabes
cuando vendrá la próxima,
o si habrá próxima.
Porque aunque creamos
que casi todo se repite,
no es así exactamente,
porque siempre habrá
detalles nuevos,
matices que modifiquen
la experiencia previa
y sobresaltos
con mayor o menos impacto
que te saquen una sonrisa única
que no sabías que tenías.
Que las cosas se acaban, sí.
Que tenemos derecho a disfrutarlas
antes de que se acaben, también.
Faltaría más, no te jode.

¿El qué dirán,
el qué pensarán,
me estarán juzgando?
Esto lo veo mucho en mi curro
y la verdad es que debe ser
una sensación asfixiante,
casi insoportable.
Luego surge la mágica frase
de que hay que revisarse las mochilas.
Es entonces cuando cojo
mis rotus
y grafiteo cada parte de tela,
abriendo las cremalleras
para tirar dentro
un puñado de migas,
arena del parque
y bolis sin tapa
por lo que pueda surgir.
Menos mochilas
y más psicólogas
(para quien pueda pagarlo),
menos prejuicios
y más conversaciones,
(para quien sepa hacerlo).

Hoy, mi hijo,
se levantó antes de las 
seis de la mañana.
Al recordarle que era lunes,
me dijo:
Lo sé, tengo canastas.
Casi sin haberse despertado,
él ya había sido capaz
de encontrar su momento
divertido del día.
Ingenuo de mí,
despierto desde las cuatro y media,
pensaba en qué preparar
para desayunar,
qué propuesta me toca en la escuela
y qué correo podríamos mandar
a las familias.
Todo necesario pero para nada divertido.
Podría haber pensado
en una broma entre compañeras,
en el deseo de una anécdota
graciosa con algún niñ@
o en la cara que pondría Gala
al recogerla al final del día.

Con esto tiene que ver
la frase de 
disfrútalo, que se acaba.
No porque se acabe
inminentemente,
sino por el miedo
a perdernos constantemente
en lo complejo,
en lo problemático,
en el victimismo.
Si quieres,
disfrutenos juntas
lo que nos quede.

_A Rober, de La Kuadrilla_

Nota de autor: Un texto de cuyo título no puedo apropiarme XXXV

Zapatillas de estar por casa

O zapatillas de andar por casa,
decimos en la mía,
pero el título no es mío
así que me subordino a él
y a ella.

No será la primera ni la última vez
que me lleve las zapatillas 
de andar por casa
para estar fuera de casa.
Qué alivio,
más allá de su diversidad
y calidad,
la de abrigar los pies
con materiales cotidianos
y conocidos.
Esto va de permitirse
estar confortable
diferenciando bien
la frontera
entre la calle y nuestra casa.

Quien busque empatizar
de verdad,
que no se ponga los zapatos
del otro de la calle,
sino los de casa,
la única y auténtica 
cara verdadera de lo que somos.
Quien quiera saber realmente
lo que pasa,
le invito a pasar a mi casa,
usas la alfombrilla
y ponerse mis zapas de andar por casa.
Ahí me encontrarás,
desnudo y honesto,
con todo lo que pueda ofrecerte.

Allí donde vayas,
lleva contigo aquellos objetos
que te aferren al bienestar
y a la esencia de todos 
los significados
que has ido construyendo.
Pueden ser clásicas, modernitas
e incluso divertidas,
pero su acolchamiento
siempre te proporcionará
lo mismo,
la sensación de haber
vuelto a casa
tras un día bueno o malo.

En invierno,
con la pobreza energética
de los hogares,
encontramos en las zapatillas
una suerte de refugio
a modo de mesa camilla con brasero.
En verano,
también con la pobreza energética
de los hogares
pero al revés,
las exiliamos en el fondo
del armario 
o en el canapé de la cama
hasta que volvamos
a necesitar abrigar los pinrreles
con la llegada del otoño.

Podemos utilizar
las zapatillas de estar por casa
como metáfora de la amistad.
Por ejemplo, mi amigo Óscar;
hoy sería su cumpleaños,
de hecho es su cumpleaños
porque no está muerto,
pero sí no que está desaparecido
de mi vida.
Durante muchos años,
Óscar fue de mis zapatillas preferidas.
Ahora mis zapatillas
son otr@s,
aglutinándose en personas
más o menos antiguas
pero que en definitiva,
permanecen y se mantienen
en mi vida.

Esta alegoría,
del valor simbólico
que se le atribuyen
a las zapatillas de estar por casa,
son de las cosas que más me gustan.
Pensaros e imaginaros
como el par de zapatillas
que me pongo, me protegen
y me dan gustillo,
es otra forma de quereros.
Da igual si se van desgastando
o cogiendo un olor fuerte,
a la lavadora,p
un remiendoppp
y a ponérmelas de nuevo.

He pasado largas temporadas
con los pies descalzos,
acumulando los restos del suelo
y tiñendo la planta
de negro,
pero siempre que vuelvo
a cubrirlos,
es como si te llamase
y no hubiera pasado el tiempo,
sin remordimientos,
sin nada que echarse en cara,
solo con la voluntad
de exprimir el momento
que por fin ha llegado,
y comernos por dentro y por fuera
como si fueras la zapatilla,
calentita y suave,
que introduzco en mi pie izquierdo.

_A Faty, de La Kuadrilla_

Nota de autor: Un texto de cuyo título no puedo apropiarme XXXIV

viernes, 21 de abril de 2023

Con vistas al mar, por favor

No soy que digamos,
un amante férrimo del mar,
pero comparto todas sus posibilidades.
Entiendo, a quien disponga
de una ventana
con vistas al mar,
sienta una especie de alivio
sobrenatural.
Alguna vez he sentido,
viajando desde 
el interior a la costa,
ese vértigo en el estómago
al vislumbrar
el vasto mar, con uve,
por el horizonte.

Incluso así,
sigue sin seducirme la idea
de dar rienda suelta a mi imaginación
viendo a lo lejos las boyas
y algún que otro barco.
Como basta me parece,
esta vez con be,
la red clielentelar
de la gran mayoría
de viajer@s que salen de 
la Meseta 
con su actitud epicentrista
del cosmos.

Con vistas al mar,
seguramente implica,
el mínimo respeto
por el litoral y su medio natural.
Me parece peligroso
y cuanto menos arriesgado,
satisfacer nuestras necesidades humanas
en primera línea de playa.
Abogo más y mejor
por las vías ferratas,
los desfiladeros
que esconden ríos
y los valles entre montañas
como ollas a presión.

La brisa marina,
la humedad oceánica,
la máxima profundidad
de las fosas de las Marianas.
Cuando el piti es menos piti
y el sexo se vuelve pegajoso.
Pero ahí está el mar,
con toda su apertura
y todos sus espacios simbólicos
para la imaginación.
¿Quién habrá al otro lado?
¿Cuánt@s habrán
perecido en el fondo?
El ancho espacio transitorio
donde se aglutina el drama
de toda la miseria humana.

Con vistas al mar
es como mirar por la ventana
y no encontrarte fachadas,
ni muros de ladrillo,
ni un ejército de banderas
que ya no significan nada.
Es el preciso instante
en el que te sientes pequeño 
e insignificante
ante la inmensidad
sin acotamientos
y piensas,
si acaso aportas más
que uno de los trillones
granos de arena
por los que estás transitando.
Porque eso es lo primero que hacemos
cuando llegamos al mar,
descalzarnos y sentir
por la base de tu cuerpo
como cuando aprendíamos
con apenas meses de existencia
todo lo que nos ofrecía
el mundo a través de los pies.

La peña dice sanar
física y mentalmente en el mar
y yo que me alegro.
Ojalá se pudiera llegar en metro
desde esos sitios 
que nos pilla lejos
como si fuera el
conducto y la posibilidad
de ventilación
que necesitamos diariamente.
El mar no es cotidiano,
el mar siempre será una sorpresa,
un descubrimiento,
una conquista.
No será una sala de espera,
sino la habitación de 
la psicóloga
con la que haces terapia.
Insisto, y yo que me alegro.

Con vistas al mar, por favor,
es una demanda,
una especie de deseo
colindante a alguna
de nuestras necesidades.
Cuando quieres 
dejar atrás algo,
escapar del frenetismo,
huir de la tensión
o darle un portazo
a la mediocridad,
puedes recurrir al mar,
otear el horizonte
y comprobar
que la Tierra no es plana,
que puedes seguir
buscando tu sitio
sin miedo a precipitarte
por un borde imaginario
que te está consumiendo.

Una vez,
un especialista,
me mandó al mar
para ver si recuperaba el olfato.
No lo recuperé,
pero volví con marcas de agua
en mi cuerpo,
bonitos recuerdos de verano
y las ganas suficientes
de regresar al menos
una vez al año,
aunque no me bañe,
aunque no me guste la arena,
aunque huya del sol,
aunque las vistas
no den directamente al mar.
Pero sé que está ahí,
aguardando
para darme la bienvenida
que merezco,
y la estabilidad, si quiero,
que siempre andamos buscando.

Yo, vivo lejos del mar,
pero casi todos los días
le nombró,
principalmente porque
tengo una amiga
en el curro
que recibe su nombre.
Y la verdad
es que sin saberlo
y/o quererlo,
desahoga,
cura,
me mantiene intacto.


_A Javi, de la Kuadrilla_

Nota de autor: Un texto de cuyo título no puedo apropiarme XXXIII

miércoles, 19 de abril de 2023

Pensar en voz alta

Pensar en voz alta
te expone,
te arriesga a destapar
las debilidades
y por qué no,
las mediocridades.
Una acción no planificada
que te sale de dentro
con la mejor de las intenciones,
pero que al no ser filtrada,
puede tener sus costes.

Siempre me ha parecido
natural y honesto
pensar en voz alta,
como si tuvieras
una necesidad imperante
e inevitable de sacarlo fuera.
Me produce ternura, envidia
y una especie de sensación terapéutica
que por lo general,
yo no me permito.
Por eso aplaudo y agradezco
a quienes sí que pueden,
por ser ejemplo, modelo
y referente.

La espontaneidad
de pensar en voz alta
me recuerda a la infancia en general
y a mis hij@s en concreto.
Conseguir expresarse
desde el instinto más primario
de los impulsos,
es medicina para las sociedades.
Necesitamos más gente así.
Más humildad en los mensajes,
sin importar las interferencias
y sin miedo a los receptores.
Con el ánimo de construir,
de acoger y de ser acogida.
Mediante el intrínseco respeto
de todo lo que nos rodea,
engloba y abriga.

A veces practico
frente al espejo,
pero me siento un intruso
perdiendo la esencia.
Nunca me gustaron
los rol-playing
por dos motivos;
el primero es por el
tiempo previo que existe
para prepararse la respuesta,
el segundo, por el circo
que se monta alrededor
de un espectaculo guionizado.

Conozco a varias personas
que logran pensar en voz alta
sin miedo a las consecuencias,
sin presiones ni ataduras
a lo que se espera de ellas,
con la seguridad y autoestima
suficientes como para no sentir
vergüenza.
Se convierten entonces
en sujetos de estudio
por mi parte,
en el análisis reflexivo
al que veces llego
para hacerme preguntas
y cuestionarme respuestas,
en los aprendizajes que integro
para hacer de mi presencia
algo más amable y solidaria.

Me gustáis mucho las personas
que pensáis en voz alta,
y no me refiero precisamente
a ninguno de los concursantes
televisados de los reality show.
Pienso en aquellas
que intervienen
con algún amigo
que les ha dado permiso,
en aquellas que interceden
por una compañera de trabajo en apuros,
en quien media
en una trifulca que le es ajena
porque ha detectado cierta injusticia.

No me refiero a aquellos
que saltan a la piscina
aunque el agua esté fría
por afán de protagonismo;
ni a quien roba
opiniones o discursos
que han sido aprendidos;
ni siquiera a los que suelen
hablar mucho,
porque es justamente
lo que se espera de ellos.

Me refiero a aquell@s
cuyos planteamientos
se construyen
en términos altruistas,
a los que defienden
la verdad por bandera
sin la necesidad de alzar el volumen,
en definitiva,
a l@s seres que se han
sentido escuchad@s
y por tanto, denotan
la seguridad en sí mism@s
de escuchar antes de hablar
y de pensar en voz alta
sin juicios.

Hablo del arte de comunicar,
poniendo en marcha
todas las habilidades sociales
que intervienen
en dicho proceso,
la excelencia de tener
en cuenta el contexto
y la delicadeza de traer
al presente
todos los detalles
por muy pequeños que sean.
Pensar en voz alta
se puede volver en tu contra,
pero quién lo haga
teniendo en cuenta al 
de enfrente,
se habrá ganado 
un puesto a mi lado.
Y no son tant@s.

_A Regi, de La Kuadrilla _

Nota de autor: Un texto de cuyo título no puedo apropiarme XXXII

martes, 18 de abril de 2023

No os subáis a los árboles

Le dice una señora a un@s niñ@s,
que si bien tiene razón
en el mensaje,
se equivoca en las formas.
También es verdad
que a l@s acompañantes
de dich@s niñ@s,
ni estaban ni se les esperaban,
por lo que el speach de la señora
cogía fuerza e intensidad.

Gilipollas de mí,
para un día que llego al parque,
observaba la estampa
con cierta ternura
dejando escapar un sonrisilla
tras mis comisuras.
Se percató la señora
que no dudó en increparne
creyendo que me estaba burlando.
Acudí a su encuentro
con actitudes diplomáticas
para resolverlo con cortesía,
pero al intentar explicarme,
me embistió con fuerza
como si yo fuera el adversario.

Uno, que arrasta sus movidas
generalmente en silencio,
decidió sacar la toxicidad fuera
y hacer alarde
de una agresividad
no justa para nadie.
Pero es que me tocó las pelotas.
¿Reconocéis esas veces
en las que alguien se queja
medio en alto de algo
pero no lo hace directamente
a la cara?
Pues a mí me jode sublimemente.

El caso es que no pude
defender mis argumentos
con educación
porque el altavoz de la señora
tapaba cualquier tipo
de expresión ajena
a la suya.
Me calenté tanto
y me sentí tan impotente,
que la llamé bocachancla
mientras la invitaba
efusivamente
a salir de la plaza.
En las plazas públicas no caben
los nazis
ni las medias tintas,
la señora era de las segundas.

Sin haberse resuelto el conflicto
y con la señora habiendo
desaparecido de la plaza,
mi mujer se acercó
inteligentemente
y me avisó del ejemplo
que estaba dando.
Si bien mi intención
era conciliadora,
acabé rebajándome
a las formas de la señora.
Tenía razón,
mi mujer,
cuando puso el foco
en mis voces y agresividad,
aunque yo no hubiera
sido capaz de controlarme.

El modelo que ofrecí 
no fue el acertado,
por lo que agaché la cabeza,
le di una explicación
a mi hijo mayor
y le pedí perdón
a mi hija pequeña.
Una de las normas
que establecí en ese parque
hace meses,
tenía que ver
con la prohibición
de subirse a los árboles,
por el hecho de ser elementos vivos
no destinados para el juego
aunque sí para el aprendizaje.

Irónicamente,
fui yo quien se llevó
un rapapolvo
por un@s niñ@s que
desconocían la norma
y una señora
que sin duda,
tenía ganas de fiesta.
No he vuelto a ver a esa señora,
pero si hay una próxima vez,
me acercaré con otras formas 
para intentar leerle 
las cuarenta,
porque otra cosa no,
pero l@s gilipollas no se me olvidan
y es justo señalarl@s,
eso sí,
sin perder las formas.

domingo, 16 de abril de 2023

Hija de perra. Tercer texto (Trilogía a mi perra)

Y quien lo quiera entender mal,
hijo de la gran puta.

Su hermano gatuno lo sabe,
maulla desgarradoramente
como llorando su ausencia.
Cuando llegamos a casa,
el cachorro Enzo
se acercó a Clio
y le contó que Aisha 
ya no estaba,
que su mejor amiga no iba a volver.
Cada una con sus procesos
y con sus elaboraciones.
Enzo en este caso,
sin expresar tristeza,
tuvo dolor de barriga
e incluso llegó a vomitar,
y sé cuál es el motivo.

Porque buscamos en la cocina
el cojín donde solía descansar
esperando verla una vez más.
Por la noche,
después de los diversos rituales,
nos sale buscarla
por los rincones de la Mariana
para auparla
y llevarla a la cama.
Diez años haciendo colecho perruno
y la soledad nocturna
ahora resulta insoportable.
Siempre en medio
para conectar nuestras espaldas
mientras soñamos.
Esa distancia, de apenas centímetros,
pareciera ahora la de un río
inabarcable lleno de cocodrilos.

El click click click
de sus patitas
pisando las baldosas
o el tac tac tac 
navegando por las alfombras.
Son sonidos ilegibles
que en nuestra cabeza
resuenan tal y cómo eran.
Ya nadie relamerá los platos
después de la cena,
ni habrá que inclinar
ningún vaso
para que beba agua.
Cómo se le empapaban las barbas.

Le encantaba chuparte los pies
o el cuerpo embadurnado de crema,
incluso el sudor sobrante
del verano,
te lo quitaba altruistamente
para darte un poco de humedad.
Si estabas cagando,
se metía debajo de tus piernas
par chupar el calzoncillo o la braga
no dejando nada a la imaginación,
absorbiendo todo el sabor
de sus am@s.

Era una perrita de regazo,
de mesa-camilla,
un perra manta
que se adaptaba
a cualquiera de las piernas
que le mostraran
un mínimo interés
por acogerla.
Se enrrollaba en crisálida
y crecía por dentro
sabiéndose protegida.
No comía nada,
pero cuando venían de visita,
acudía a su cuenco con alegría
y el rabo revoloteando
haciendo del anfitrionismo
un arte que solo manejan
unas pocas.

Se dejaba hacer de todo.
Fue una perra excesivamente manipulada
y quien lo entienda mal,
hijo de la gran puta.
Menuda hija de perra
separada de su madre al nacer.
Podemos decir,
que en el mundo de los animales 
domésticos,
la gestación subrogada
está normalizada.
Come-chuches,
recoge-pelotas,
juega-castañas,
así era ella.
La estación del otoño
de convertía en un parque temático
donde costaba mucho volver del paseo
porque la calle estaba llena de estímulos.

Esta hija de la gran perra
nos regañaba mucho
con sus ladridos.
Siempre buscaba la boca
para besarte,
quizá por eso,
yo estoy tan obsesionado con los besos.
¿Quién me va acompañar ahora
al callejón que da 
a la ventana sur de la Mariana
para recoger esa prenda
que se nos había caído
mientras tendíamos?
Me cago en dios.

Era imposible echarse
una siesta
sin llevarte a cuestas
y yo que siempre
te exiliaba a las piernas de mamá,
ahora me arrepiento
como los que se sienten
verdaderos hijos de puta.
Pese al tono,
no es rabia lo que siento,
es una angustia repentina
de las que no me quitan el hambre,
pero me hacen sentir un traidor
si se me ocurre cantar y bailar
en el salón
un domingo tras tu desapareción.

Esta trilogía es mi terapia
de duelo
y no pienso dejar de escribirte
como no voy a parar de pensarte.
Pasarán los días, las semanas,
los meses e incluso los años
y conseguiré normalizar
tu ausencia,
pero siempre que me venga
un sabor a ti,
un recuerdo solemne,
siempre que me equivoque
llamando a mi hija
por tu nombre,
tendré un motivo
por el que volver a escribirte.

Papá, cuando sea mayor
voy a bajar a Aisha solito.
Claro que sí, hijo,
pero sabíamos que materialmente
iba a ser imposible,
aunque sí ha dado tiempo
a que tú tuvieras la correa
y la siguieras,
a que hayas aprendido
a cogerla con delicadeza
y desplazarla como si de un
bebé se tratara,
o a que la rascases la barriga
con sus patitas levantadas.

Qué bien lo pasamos en pandemia
cuando la calle era para ti,
para mí y para los conejos.
Ahí todavía perseguíamos
palomas juntas
y nos dábamos la distancia suficiente
como para que cada una
explorara lo que le interesase.
Ya nadie infarta
cuando encendemos el aspirador
o accionamos la cortadora de cebolla.
Son los pequeños detalles
que ahora cobran más sentido
que nunca.

Lo dicho, hija de perra;
que sé que te hemos
reventado de felicidad
y que tú
has colmado la nuestra.
Nada volverá a ser lo mismo,
pero lo que somos,
ha sido gracias a tu compañía
y fiel presencia,
de todo el advenimiento
de lo que ocurría.
No te escribo por última vez,
lo que sí hago
es relatarte por última vez
con dolor y pena.

La próxima vez que lo haga,
lo juro,
estaré curado.
Gracias, gracias y gracias,
hija de perra.

_A mi Aisha_




sábado, 15 de abril de 2023

El último paseo. Segundo texto (Trilogía a mi perra)

Era viernes y la semana
había sido una mierda
por diferentes motivos,
pero el principal fue
el empeoramiento de tu salud,
ahora lo entiendo.

Te bajé antes de irme
al concierto sin saber
que ése iba a ser
tu último paseo,
pero fue dónde me di cuenta,
ahora sí,
que estaba cerca el final.

Nuestra ventana
de la Mariana, que da al sur,
lleva desde la pandemia
con mensajes explícitos
hacia la calle,
por si alguien despega
la mirada de su móvil
y se sorprende con el descubrimiento.
Tú me has visto madurar
hasta límites insospechados.

Por eso utilizaré
párrafos cortos,
porque la distancia de tu 
cuerpo al suelo
era la misma, que proporcionalmente
medían tus orejas.
Ahora también sé,
que no tengo miedo
a escribirte
mezclando el pasado
con el presente.

De lo que ya no podré
escribir es del futuro,
solo de la colección
de recuerdos
que nos aglutinan 
como dos amigas
que crecieron juntas
al abrigo de una verdadera
historia de amor.

En ese último paseo
no hubo paseo ni nada;
permanecistes inmóvil
agachando tu cadera,
como un pastor alemán,
solo para hacer pis
y tu última caca.
Porque de la mierda
también soy capaz
de sacar poesía.

Comprendí entonces
lo que mamá
ya había comprendido
varios días atrás.
Que te ibas a morir,
que efectivamente la frase
en el pueblo de "no nos llega al verano",
tenía un valor absoluto.

Te envolví con mi mano
para coger tu kilo y medio de peso,
quizá menos,
te besé en la cabeza
y te dije "ya está".
En todos estos años
no sé si te he contado yo más cosas
o me has ladrado tú más cosas.
Lo que está claro es que no 
nos hemos dejado nada
por decir ni ladrar.

Subimos juntas 
las sesenta y siete escaleras 
de la Mariana,
moralmente minadas
y emocionalmente desechas.
Fue la última vez que las subiste
conmigo
después de siete años
de subidas y bajadas
varias veces al día. 
Esta vez fue en volandas,
pero reconocería
el sonido de tus patitas al caminar
entre miles de perros.

Te acababa de acompañar
en tu último paseo
y ahora me preguntó
¿cuántos paseo te habré dado?
¿cientos, miles?
Me moriría por volver
a pasearte, amiga mía,
Aisha.
Hablarte por la calle
y que me mires
como si hablásemos
el mismo idioma.

Te echo de menos
y tengo partido el corazón,
pero allí donde te veo
y allí donde te siento,
lo dejaré para el relato
que cierre esta trilogía.
El cielo de los perros, dicen;
estoy seguro que al llegar
te has meado y cagado
en la alfombra,
hija de perra,
y quien lo entienda mal,
hijo de la gran puta.

Te llevo dentro, pequeña.

_A Aisha_

Allá va, Mi Republicana. Primer texto (trilogía a mi perra)

Viniste desde el sur
de la isla esmeralda,
para darle la revolución
que necesitaba.
Mi republicana desnutrida
como un saco de pulgas
que se esconde en el monte.
La campesina que daba cobijo
a todo el compromiso y
la ideología
de un pueblo solidario.
Mi perra clandestina
del mercado de estraperlo,
para darnos calor
en las noches de invierno.

Ya te vas, Mi Republicana,
ondeando libertad,
pero qué tristeza tan profunda
y qué vacío en el sofá.
Que se corra la tinta
con todo lo que te voy a llorar,
mi Aisha, mi salvaje fiera,
mi dulce compañera,
mi espalda a la interperie
ahora que no vas a estar.
Qué diez años
de democracia
de la buena,
de instinto primario con l@s cachorr@s,
de atalaya junto a tu hermano arquero,
el felino,
para defender toda la fortaleza
de La Mariana.

Ella era las más mayor y
la más pequeña al mismo tiempo.
Ya no tengo ninguna
excusa para bajar a la calle 
de madrugada,
con ese frío
que me hacía sentir vivo
y con esos tirones de correa
porque cada una
quería elegir su camino.
Nuestra perra huele-flores
y come-mierdas,
hijo de la gran puta
quien lo quiera entender mal.

Frágil como una polilla,
tengo cada ladrido de verano
con la ventana abierta
grabado en mi hipotálamo.
Ya ni siquiera
podré aliviarme contigo
con humanas razones
cuando los humanos
no me resulten razonables.
Joder Aisha como dueles.
Tu ama lo sabía,
porque fue ella quien
la lamió el lomo,
y las orejas,
y la barriga.
Ella,
que te dio lecho,
refugio y regocijo,
lo supo como si 
te hubiera parido;
por eso lleva ventaja
en esto del duelo,
por eso y por su sensibilidad,
porque ella no hace ruido,
pero se las sabe todas
y es fuerte como un roble.

Esa forma de caminar, 
de pegar saltitos
y de mover la cola.
Atrevida con autobuses,
motos y otros perros,
se le metía el rabo
entre las patas cuando
se encontraba con un globo.
Claro que no era un animalito más,
era nuestra Aisha,
una de nuestras más antiguas alegrías
que ya no respira,
ni late su aliento
encima de la almohada.
Una pena sublime
tan intensamente real,
que se entrelazan
los sentimientos entre
el miedo, la rabia y la añoranza.

Por favor, no me vengas
a hablar de tu perro;
allá se va, mi republicana,
ondeando libertad,
casi mi patria entera,
mi perra por bandera.
Pues claro que politizo
hasta la muerte,
me lo enseñó ella,
como ella le salvó
la salud mental
a mi otra ella.
Eso no lo sabe nadie,
pero yo lo dejo por escrito
para cuando lo pueda 
quemar con tus cenizas.

Te voy a echar muchos de menos
te dijo tu hermano Enzo;
tu hermana Gala
te dedicó una última sonrisa
sin que ya tuvieras fuerza
de chuparla la cara;
tu ama cogió el peso
de tu cuerpo
cuando ya habías perecido
para no olvidarse nunca
de toda tu materia;
y yo, completamente desconsolado,
como los días en que nacieron mis hij@s,
te di las gracias, te besé fuerte
y cerré los ojos
para que todo fuera un mal sueño,
pero cuando los abrí, ahí seguías,
inmóvil y a duras penas
abriendo los ojos.

Te quiero Mi Aisha,
te lo susurré al oído
antes de que te fueras a ninguna parte;
te dije que el placer había sido mío,
que sé de sobra
que has vomitado felicidad
a raudales,
que te has venido a todas partes
y que todo el mundo te conoce,
¿te das cuenta?
Y gracias por criar más
de cuatro años a Enzo
y poco más de uno a Gala;
eso que se llevan
no sé lo dará nadie más que tú.
Qué pasada de perra,
hija de perra
ojalá todas las perras como tú.
Ojalá siempre tú.

Allá se va mi fiel y mejor compañera,
ondeando libertad,
tu ama y tu amo,
las que más te hemos querido,
te harán justicia 
durante toda la vida
mediante la memoria,
el honor y el animalismo.
Guuuuaaaauuuu
todo lo que nos has regalado,
para mí la primera y única.
Te has muerto enrrollada
en mi sudadera del 3 de marzo,
te las puedes llevar, es mi regalo.

_A mi perrita, Aisha_

lunes, 10 de abril de 2023

Los titánicos esfuerzos del sol por abrirse paso entre la nubes

El Sol me recuerda
a la figura materna,
sea quien sea
que se atreva a asumir
las competencias y las funciones.
Uno de los elementos necesarios 
para la vida 
al mismo nivel que el CO2 y el agua.
Y las nubes son como interferencias,
o interrupciones
que según a quien le preguntes,
están a favor o no.
Pero el Sol siempre acaba venciendo
y cada vez ataca con más fuerzas
por eso de que el planeta
ha descuidado sus capas defensivas.

Es cultural, biológica o física,
la metáfora de cuando tienes
un día de mierda,
necesitar el sol
para aplacar las angustias.
Lo entiendo aunque
no lo comparta,
pero puedo llegar a comprender
que sentir el calor en la cara
y mirar hacia arriba
como despojándote de todo lo malo,
ayude.
No son mis estrategias,
pero me alegro que a ti te valga.

Imaginar al Sol
con todo su imperio reunido
en el perímetro de su contorno
buscando el hueco por la grieta
de la nube opaca,
me parece heróico.
Como aquellos titanes
enterrados por los dioses griegos,
que de vez en cuando reunían
la fuerza necesaria
para un siguiente enfrentamiento.
Si el Sol es un titán,
las personas nos creemos
erróneamente diosas
capaces de dominar
las fuerzas naturales.
Así nos va.

Pero pongamos el foco 
en el Sol,
como si fuera el que alumbra
toda la habitación
donde dos personas hacen el amor
sin miedo a que se acabe el mundo
ahí fuera.
Si l@s propi@s vasc@s y asturian@s
bajan al norte de León
para subirse a sus montañas
más altas
y por tanto estar más cerca del Sol,
es que llevan razón.
Porque incluso cuando estemos
en el punto de la órbita
más alejada del Sol,
no estamos dispuestas a olvidar,
sino a todo lo contrario.
Hablo de reparar, de rememorar,
de recordar con rabia y dolor
todo lo injusto o todo lo anhelado.

Nadie nos puede quitar el Sol
excepto nosotr@s mism@s,
y por desgracia,
lo estamos consiguiendo.
Las nubes solo son 
unas compañeras de viaje
que alivian a algunas
y minan el estado de ánimo
del resto.
Dan igual cuáles
de los elementos
sean para ti reaccionarios,
la clave es que deben existir
los contra-elementos para combatir
a todo lo excluyente.

El Sol siempre
acabará por abrirse paso,
aunque las rendijas de las nubes
estuviesen como una persiana
bien cerrada.
El coste ya lo estamos sufriendo
aunque lo peor esté
aún por llegar.
Mientras tanto,
si el Sol te da la vida,
dispara desde el suelo
con tu cerbatana
para hacer agujeros en el cielo
por el que pueda asomarse.
Escoge bando y toma partido,
nos va la vida en ello.

Los esfuerzos titánicos del sol
para abrirse paso entre las nubes,
es como un parto
en el que todo sale bien,
es decir,
un momento genéticamente diseñado
para que así suceda,
en el que debemos estar
preparadas para acompañar
con todo el respeto del mundo.
Lo lógico es que salga bien,
pero si no fuera así,
tranquila, no estás sola,
me pongo a tu lado 
y esperamos a que ocurra.

_A Hakam_

Nota de autor: Un texto de cuyo título no puedo apropiarme XXXI

Resonancia

Tuveme que hacer una resonancia
(en un torpe castellano antiguo)
en una puta clínica privada,
porque claro,
hay que desahogar
el sistema público sanitario
por encontrarse desbordado
y sin recursos.
Así que nuestro impuestos
para pagarles las facturas
de las pruebas a las privadas,
y encima,
siento las molestias
si no soy de tu agrado.
Hay ocasiones en las 
que te sientes un intruso
cuando quieres mirarte
algo de la salud.

Voy en el bus de toda la vida
a la Calle Arturo Soria,
una zona limpia y amplia,
con mucha urbanización bonita
llena de cancelas y conserjes
a modo de muralla fortificada.
Encuentro el hospital privado
y no puedo evitar sentir asco
al pensar en la derivación
de la cita que recibí
por correo ordinario.
También un sitio
aséptico, blanco
y deshumanizado.

Chequeo mi llegada
y en poco más de veinte minutos
me estoy metiendo
en una máquina intergaláctica
con un delantal de papel,
habiéndome quitado
todas mis prótesis estéticas.
Me tumbo boca arriba
y encajo mi cabeza
en una estructura
que ya me empezó a dar
algo de miedo.
"Tienes que estarte quieto,
ponte los tapones,
la prueba dura unos quince minutos".
Era la primera vez
que mi cerebro iba
a ser examinado.

Suena el click de todo listo
y mi corazón se desboca.
Siento el latido en cascada 
por todo mi pecho 
y surgen las primeras 
gotas de sudor por la cara.
Soy incapaz de cerrar los ojos,
lo que no sé si acentúa
más mis nervios,
pero no puedo,
como no podía cerrarlos
cuando era pequeño
al enfrentarme a
los primeros instantes
de oscuridad
ante el momento de irse a dormir.

Inevitablemente pienso
en la película de Buried
de Rodrigo Cortés
y me acuerdo de todas
las estrategias audiovisuales
que explicó el director
en una entrevista 
que vi hace tiempo.
Yo creía que esto era una chorrada,
pero me descubrí apretando
el botón de emergencia con fuerza
sin llegar a pulsarlo del todo.
Pensé que no lo conseguiría.

Surgieron unos ruidos estrepitosos
de ordenador de los ochenta,
como cuando te conectabas a internet
por cable para chatear,
pero con unos decibelios
sobredimensionados.
Pareciera un nuevo lenguaje
que descifrar.
Comencé a contar
de una manera desordenada
buscando ocupar mi pensamiento,
tratando de compensar
que el paso de los segundos
de convirtiera en minutos.
Se oye la puerta:
"¿Te has puesto la mascarilla
que te he dado?
No.
Pues quítatela, empezamos de nuevo"

El cronómetro vuelve a ponerse
en cero o en quince,
según como quieras
afrontar este texto.
No estoy más tranquilo,
pero me voy familiarizando 
con el ambiente.
El nudo de mi garganta
y la tension de mis cervicales
me hacen cantar,
moviendo los labios
para intentar distraerme.
Muevo la espalda,
me rasco las piernas
y pienso en que estarán
haciendo mis hij@s,
pero nada consigue aliviarme.

Suena otra vez la puerta:
"Te estás moviendo mucho,
no estamos viendo nada.
Estoy muy nervioso.
Gilipollas (esto solo lo pensé)"
Se reinicia la cuenta de nuevo
y siento que nunca
me había sentado tan mal
desaprovechar varios minutos
que en situación normal,
sería irrelevantes.
Vuelven los sonidos
que martillean mi cabeza,
mi cerebro.
Me imagino en una escena
en la que me están torturando
y eso no ayuda.

Luego me da por pensar
que si han tenido que reiniciar
dos veces la prueba,
a lo mejor les salgo más caro
a estos hijos de puto,
pero inmediatamente me disgusto
al intuir que los cargos
serán para la pública.
No puedo evitar sentirme decepcionado.
Cuento desesperadamente
como si estuviera aprendiendo
a hacerlo,
concentrado y con detenimiento
y me da tiempo a sentirme
como un auténtico gilipollas.
Quizá, si el radiólogo
se hubiera tomado unos segundos
para explicarme con detalle
el proceso de la prueba,
hubiera ayudado en algo.
Decido que cuando acabe
le voy a soltar una hostia.

Ya debo ir por la mitad,
pero no lo puedo asegurar
con certeza.
Intento pellizcarme con fuerza
para que el dolor
me desvíe la angustia,
y pienso en tod@s aquell@s
adolescentes que se autolesionan
por motivos que creen legítimos.
Quiero fumar,
beber agua y
rascarme la cara.
Todo suma y se acumula
en la necesidad imperiosa
de que finalice la resonancia.
Creo melodías y ritmos
con los sonidos,
pero me siguen pareciendo
desgradables,
como las raves de polígonos
a horas intempestivas.
Si lo llego a saber,
me hubiera drogado
o buscado una excusa
para eludir la cita.

Vuelve a abrirse la puerta.
"Hemos terminado.
He terminado yo, subnormal
(Esto también lo pienso).
¿Qué tal ha ido? Me pregunta.
Pues la verdad es que ha sido
una mierda de prueba,
si lo sé no vengo.
No habrá sido para tanto, espeta.
Me voy sin decir adiós"
Y no le culpo,
pero le hubiera matado.
La fatiga me duró
prácticamente hasta que llegué al curro.
No se lo deseo a nadie,
solo a mis peores enemigos.

Tempus fugit

Traducido como "el tiempo huye",
nos empeñamos en perseguirle,
siempre por detrás,
a la cola de todo lo que arrastra,
consume y oxida
con cada inhalación,
con cada espiración,
hasta que la vida expire
con todas sus causas
y todas sus consecuencias.

Si el protagonista es el tiempo,
nosotras solo somos aspirantes
a serlo,
con papeles secundarios
que quizá nos lleven
a conseguir algún premio
del que nadie llegue a acordarse,
porque es demasiado fácil
olvidarse de lo insignificante.
Pero eso no debe echarnos a atrás.
Por mucho que las leyes naturales
y relativas estén por encima
de nosotras,
al final,
somos nosotras
quienes transitamos
el camino que ocupa
todo nuestro tiempo.
Es justo ahí
donde debemos pararnos,
coger aire
y gritar sin miedo
y a los cuatro vientos
que el tiempo transcurre,
precisamente,
porque somos nosotras
las que existimos.

Acorralar al tiempo
y vivenciar todos sus detalles
es una de nuestras
asignaturas pendientes.
Si cada año que pasa
tenemos la sensación
de que el tiempo pasa
cada vez más deprisa,
algo no estamos haciendo bien.
Es hora de pasar por caja
y rendir cuentas
con toda la coherencia que podamos.
Porque nos merecemos
ser dueñas de algo
y tener algo de patrimonio.
El cómo y con quién,
sí que podemos decidirlo nosotras
y no es poco con lo
que conformarse.

Dicen que una retirada a tiempo
es una victoria.
Respecto al tiempo,
esta máxima no nos vale
ya que empezamos a caducar
desde el mismo momento
en que nacemos.
Somos objetos que se desamortizan
según se compran
o alimentos que ya se consumen
desde el mismo momento
en que los avistamos.
Al final se trata de compartir
el tiempo mientras el tiempo pasa
y a poder ser,
felices y divertidas.

El tiempo no lo cura todo,
¡muerte a las frases hechas!
lo que cura es tu voluntad
y compromiso por sanar la mente,
el corazón y los huesos.
No tengo una opinión clara
sobre el tiempo,
lo que sí tengo
es la intención pertinente
como para obviarle
lo suficiente
y tener mejores momentos
en mi día a día
sin pensar en el posible final.

Te invito a que huyamos juntas
del tiempo
y se nos haga tarde
en eso de desaparecernos.

_A María, de La Kuadrilla_

Nota de autor: Un texto de cuyo título no puedo apropiarme XXX.

sábado, 8 de abril de 2023

La balada de Lillo. Parte II

Volvemos más fuertes
y más mayores
a la urbanización de Las Nieves.
Todo sigue más o menos igual
menos los colores del paisajes,
los resto de nieve en las laderas
y la ubicación de los animales
en la baja montaña.
Tampoco nosotras,
que cumplimos la mayoría de edad
lejos de casa,
para acordarnos
por los restos de los restos.
Aquí todo el mundo
se desplaza erguido,
por lo que cambian
las reglas del juego,
las perspectivas
y las posibilidades.
Ya llegamos todas
a ver por la ventana,
lo que propició el disfrute 
de la estampa de la familia equina
a cualquier hora:
Chico y su marrón oscuro,
Chica y su cencerro de madrugada
y l@s potrill@s Jorge, Carmen y Enzo,
buscando briznas de hierba
bajo el manto helado.

Esta vez se vino
la anciana Aisha,
que sin saber cuánto tiempo le queda,
la pensamos aprovechar
hasta el último suspiro
de su diminuto tamaño.
Y por supuesto Chusti,
el último compañero de viaje
en incorporarse,
un panda en blanco y negro
que se suma a las fotos
de lugares que están
a muchos kilómetros de casa.

Como decía,
todo sigue igual
pero con distintos matices.
Menos gente,
más frío
y ritos religiosos
de los que no participamos ninguno.
Viejas y nuevas excursiones
marcaron nuestras
tempraneras mañanas.
La idílica ermita del parque
llenó nuestras tardes soleadas,
ahora más vacía,
casi más rural que nunca
y desabastecida
por el paso del hombre.
Las lagartijas son las únicas
que allí seguían,
con sus mismas casas de siempre,
con su agilidad fantástica
y su cada vez menos temor
a la influencia humana
del entorno.

Yendo hacia el norte
dos posibilidades.
Hacia la izquierda
el Puerto de San Isidro,
tan masificado en invierno
como silencioso el resto del año.
Ya les queda poco
a las vacas y caballos 
para retornar
a la vieja y alta montaña.
La soledad de la choza del pastor
en el Lago de Isoba,
El Praíco abandonado
con el contraste de la fuerza
con que baja el río,
el telesilla del Cebolledo parado,
La Raya, el pueblo de Asturias
con mayor altitud,
La Capilla, el pueblo de piedra
con placas solares
y el mirador de Zuvillaga
con sus cascadas majestuosas
y el homenaje a aquel trabajador
de las quitanieves
sepultado por un alud
en 2021.
Hacia la derecha
el Puerto de Tarna
pasando por el de Las Señales,
con sus fortines de la guerra civil
del bando republicano
de la resistencia
asturiano-leonesa,
la ermita cerrada y embarrada
de Riosol,
donde os porteamos
a la espalda
convencidas
que así será toda la vida.
Y más y más lugares
atravesando las Montañas de Riaño
y los Picos de Mampodre,
como el banco gigante de Burón
a modo de atalaya 
sobre un valle inundado.

Tanto para ir a un lado
como para ir al otro,
hay que pasar
por alguno de sus márgenes
el cuartel de la guardia civil
de la Puebla,
un sitio que reza
"Todo por la patria"
pero que sin embargo,
cuando pides ayuda
te dicen que no pueden hacer nada
porque no tienen medios.
Y te preguntas entonces
a qué patria se referirán,
¿a la nostálgica del pequeño,
asesino y dictador?
Bueno, quedarnos sin señal
y sin comunicaciones satélites,
nos sirvió para destapar
un libro de Álvaro Bilbao
sobre la crianza
y otro de Miquel Ramos
sobre el antifascismo,
dos claves de nuestras miradas.

También pasamos buenos ratos
en la casa,
en un salón grande
con cocina americana,
juguetes exquisitamente seleccionados
para que se queden en el pueblo,
una chimenea de pellet
y la serie de Entrevías
con Tirso al mando,
para que no se nos olvide
nunca el barrio.
Como Tirso se llama
aquel niño 
con el que jugaste a lo bruto
de tercero de primaria
del cole enfrente del parque,
con un aparato azul en la boca.
O Lucas, el niño que te llamó
mucho la atención
por algún motivo
que desconocemos.
O Clara, la niña del abrigo rosa
que se llama como el peluche
que le das a tu hermana
cuando le toca irse a dormir.

Con toda tu personalidad
fuerte y carismática,
somos papá y mamá
l@s que todavía tenemos
que habilitarte la interacción 
con tus igusles
incluyéndonos en juegos
de pelotas o escondites.
Hasta que la confianza
te permite separarte
lo suficiente
como para que tengamos
que supervisarte a lo lejos.
Aunque ya no tanto,
sigues siendo muy pequeño,
nuestro pequeño
que sigue mostrando señales,
como las del puerto,
de querer emanciparse 
en algunos ámbitos y/o detalles.
Pero tu hermana
ha venido,
entre muchísimas cosas,
para engancharte y seducirte
con juegos de arrastre,
intenciones persecutorias
y risas perfectamente contextualizadas.

Qué intensidad la vuestra a ratos.
Cuando decimos que reímos
por no llorar
no es una broma,
es un mecanismo de defensa
que nos permite regular
el estrés que necesitamos
para seguir haciéndonos preguntas
sobre el buen acompañamiento
y la adecuada crianza.
Claro que perdemos la paciencia,
claro que alzamos el volumen
y claro que se nos escapa 
algún taco;
sin estar justificado,
paso de ahogarme en la culpabilidad
pamaterna y quedarme estancado.
Os pido perdón,
os pregunto si me dejáis explicarme
y palante,
no como los de Alicante,
sino como los buenos
y sudamericanos comandantes.

Así hemos pasado
una Semana Santa
de la que llevo mucho tiempo renegando,
pero me equivocaba.
No son sus símbolos sagrados
ni sus significados divinos,
son sus funciones sociales
y sus cuestiones populares
las que dotan de sentido
una tradición necesaria
en los lugares.
Se puede ser ateo
y no sentirse incoherente
en la participación de la Semana Santa,
este aprendizaje también me lo llevo.
Nosotras no tenemos Pueblo,
tenemos Puebla por eso
de seguir intentando
marcar la diferencia,
para servir como ejemplo
a quien lo necesite,
a quienes nos necesiten.

Solo una vez
utilizamos la salida sur de la Puebla;
fue para ir a Camposillo,
un pueblo en ruinas y abandonado
por la construcción del Embalse de Porma,
donde una manada de mastines
nos metieron el miedo en el cuerpo.
Es la misma salida,
la del sur,
la que nos lleva de vuelta a Madrid,
la que siempre será nuestra casa
pero por desagracia
cada vez más desconocida y más enemiga.
Conocí el último día
a Violeta y Onésimo,
ella de Lillo, él de Villanueva;
todos los días pasean 
hasta llegar el banco de piedra
y sentarse a observar la estampa
de una Puebla que cada año cambia,
pero de la que siguen
perdidamente enamoradas.
Mi envidia sana
por no poder sentir lo mismo
por la tierra de la que provengo,
quizá por sus gobernantes,
quizá por sus edificaciones,
quizá por sus estériles gentes.

No lo sé,
pero gracias a mis viej@s
tenemos otra ruta de escape.
Y pienso aprovecharlo
hasta que el deshielo
de la montaña
me inunde la primavera
o el sol alzándose imperial
me arda en verano.
Ya veremos en otoño
con los árboles despojados
de sus ropas
y con el frío y duro invierno
de una tierra 
que no nos vio
nacer a mí y a mis hij@s,
pero que sin duda
nos verá crecer y vencer
de aquí en adelante.

_A la Puebla porque
nos sale de los ovarios
y no precisamente por
los de Ana Obregón _


miércoles, 5 de abril de 2023

Llegar tarde a por tus hij@s

No, no es algo 
que me haya pasado
ni me vaya a pasar a mí,
lo juro.
No concibo llegar tarde nunca;
ni a las citas, ni a las recogidas,
ni a ninguna obligación
que se superdite
a una franja horaria.
Mucho menos concibo
el llegar tarde a por mis hij@s.

No es solo por educación y cortesía,
es por deferencia, compromiso
y fidelidad 
tanto a las personas
que se dedican a acompañar
como a las que son acompañadas.
Si no te puedes permitir
llegar tarde a tu trabajo,
mucho menos a por tus hij@s;
es más, prefiero que se llegue tarde
a un trabajo, por eso
de las estretegias de boicot
al sistema,
que contibuir a la ansiedades
que sufren l@s pequeñ@s
con cada minuto
que sienten que está
pasando de más.

Porque ell@s no llevan relojes,
pero sienten la fuerza
de los ritmos frenéticos,
el estrés adulto
y la mala planificación horaria.
Lo veo y lo sufro
día a día en la escuela,
curso a curso en mi trabajo.
La actitud sistemática
injustificable
de sobrepasar
la hora límite de recogida
por motivos,
que si bien desconozco,
también me importan un bledo,
porque si yo consigo organizarme
no entiendo por qué tú 
no lo consigues.

Que tienes dificultades,
pues lo hablamos
con un perdón por delante
y buscamos alternativas juntas.
Que te la suda
y simplemente
te empeñas en no esforzarte,
las consecuencias para tus hij@s,
pero para mí ni una.
Ya está bien de idealizar
a las familias
y poner una mejilla
y luego la otra
con una empatía forzada
porque es lo que toca,
porque hay que aguantarse.
No entran dentro
de mis funciones profesionales
aguantar retrasos
por conciliaciones complejas
o porque encima te suda la polla.
Pero si fuera por lo primero,
hablemos,
te entiendo,
a mí también podría pasarme,
pero expresa tus dificultades
humilde y honesto.
Pero si fuera por lo segundo
no pienso aguantarlo
ni ponerte buena cara,
aunque sí que seré correcto
y estaré a la altura
de lo que profesionalmente
se espera de mi.

Aunque se nos siga vendiendo así,
no somos herramientas
para que concilies con tu curro,
somos la mejor opción
para que tus retoños
sigan siendo acompañados
adecuadamente en su crecimiento
y desarrollo
en tu ausencia por
las obligaciones laborales.
La conciliación no es
para con tu empresa,
sino para con tu familia
o circunstancias personales.
No somos una mera institución
para que te separes de tus hij@s
por primera vez
y que puedas desarrollar
tus competencias profesionales,
que también;
principalmente somos el sitio
y las personas indicadas
para contribuir
al bienestar y la satisfacción
de las necesidades
más puras y primarias
en esta temprana edad.

Pero cuando suene
el bocinazo de salida,
corre, corre como si te
fuera la vida en ello
en recoger a tus niñ@s
porque no existe nadie
que te espere y te necesito tanto.
Son muchas las cargas y las culpas
que se padecen en la crianza
y llegar tarde pro motivos
injustificados
debería de ser de las peores.
Me hartaré,
sin pelos en la lengua,
de significarlo
en las entrevistas
y reuniones informativas
al mismo nivel en que te relato
cómo prodecemos en los cuidados.
Porque ser puntual y llegará a tiempo
es un derecho inherente
que también tienen
tanto ell@s,
como nosotras.

Se te puede parar el metro,
puedes encontrarte
con retenciones en el tráfico,
incluso puedes quedarte dormid@,
pero que vuestras empresas
no sean ese monstruo
que os coacciona o manipula
para no llegar a tiempo.
Los centros de trabajo
no se acordarán de nosotras,
pero nuestr@s hij@s
disponen de una memoria emocional
con la que estaremos pactando
toda la vida,
incluso después de la muerte.

Si lees esto,
seas quien sea,
dile a tu jefe que ni una más,
convéncete de la importancia
de no dar tarde el abrazo
del reencuentro,
y cuéntales a tus hij@s
que por desgracia
te seguirás equivocando
en muchísimas cosas,
pero nunca más
en la de no estar a tiempo.

_Un texto para la ciudadanía
y las familias,
pero también para las educadoras,
los equipos y las directivas.
También para todos los niños y niñas_

domingo, 2 de abril de 2023

Mayoría de edad

Cumplimos la mayoría de edad
y seguimos siendo más antiguas
que la mayoría de cosas
y acontecimientos
que conocemos.
Se dice pronto,
dieciocho años,
pero todo lo que hemos construido
no puede ser recogido
en un solo texto,
por eso llevo tanto tiempo
dejando pistas,
publicando retales,
coleccionando detalles
y estudiando los matices.

Ahora ya puedo decir
que llevo más tiempo con ella
del que estuve sin conocerla,
porque cuando lo hice,
yo todavía no había
alcanzado la mayoría de edad.
Y me hace ilusión contarlo,
me dignifica como cuando
elijo la ropa que ponerme
cada sábado,
me significa con cada paso que doy,
con cada mota de poder que ejerzo,
con cada decisión que tomo.
Seguimos viendo cada mañana
el sitio en el que nos conocimos
desde la ventana de casa.
Eso no lo puede decir
mucha gente, eso y que
nuestro alquiler
está por debajo del precio del mercado.

Desde el primer día
de estos dieciocho años,
solo mantenemos vivas dos relaciones,
las de Álvaro y Susana.
Mi homenaje más adolescente
para aquel bachillerato concertado
tan lleno de pesares y niñat@s mediocres,
incluidas nosotras.
Nuestra relación
ya podría salir de fiesta
y echarse unas copillas.
Me la imagino,
mientras nosotras dormimos,
poniéndose cuqui,
abrochándose los zapatos
y abrigándose hasta 
el cuello perfumado
para salir de noche
cuando la gran mayoría duerme.

Son muchos años ya, joder.
No lo digo con desidia,
sino con orgullo y premeditación
de llevar casi toda la vida juntas.
También son tres discos externos
los que tenemos para almacenar
todos los archivos
que demuestran nuestro crecimiento.
Si nada nace con vocación de eterno,
nosotras, nacimos para vencer
y romperlo,
madrugando cada vez
un poquito más
para no perdérnoslo.

Son tantos años ya,
que es inevitable repetir
ciudades, lugares y enclaves.
No porque haya poca oferta,
sino porque nuestras demandas
nos obligan a volver
a sitos que nos hicieron gigantes;
con otras ropas,
con otras actitudes,
con otr@s acompañantes.
A veces,
nos paramos a pensar
y rememorar
algunos de los acontecimientos pasados.
Deliberadamente y con cautela,
manifestamos lo que allí
creímos sentir,
lo que allí recordamos
haber experimentando.
Y si bien pocas cosas
nos alejan de la realidad,
reconocemos humildes
haber olvidado algunos recuerdos.
Desaprender para aprender de nuevo,
el espacio es limitado.

El otro día
nos contó una amiga
que somos la generación
que más Papas ha tenido,
como si ese fuera un dato relevante
que nos identifica
como algo distinto al resto.
Yo solo puedo acordarme
que aquel dos de abril de dos mil cinco,
murió el Papa polaco
y nació nuestra historia
entre futbolines,
humo de cigarrillos dentro de bares
y el despliegue de alas
de un Albatros
en medio de un barrio
de pelotazos urbanísticos.

Claro, imaginaros cuántas cosas
han cambiado y cuánta gente
ha pasado por nuestras manos.
La lista de cambios es interminable,
lo dicen nuestros cuadernos cerrados
y guardados en el armario.
Maduramos juntas 
a las puerta del mundo adulto,
iniciando nuestros estudios superiores
en ámbitos bien diferenciados.
Porque apenas tuvimos
dos años para compartir aula
y convivir en pupitres desgastados.
Pero allí nos forjamos,
a doscientos metros
de la que iba a ser nuestra casa
en varios años
durante varios años.

Todavía recuerdo cuando
me quité el cinturón
en la casa de aquel facha
y me dijiste que no 
estábamos preparadas.
Qué risas nos echamos,
a mí solo me apretaba la barriga,
o quizá fuera el advenimiento
de mi ira y mi rabia
por el conservadurismo rancio.
El viaje monumental a Salamanca,
donde dormimos por primera vez juntas
con la ventana abierta del hotel
en mayo.
O ese puente que me quedé
solo en casa
y dispusimos velas,
un pijama de verano
y música instrumental
con flauta de cáñamo,
para dar rienda suelta
a lo que previamente
nos habíamos imaginado.
Todos los sucesos de este párrafo
están íntimamente relacionados.

Yo tenía diecisiete
y tú, dieciocho recién cumplidos.
Así comenzaba mi último
homenaje de aquel 3 de marzo
hace cinco años.
Porque si algo nos ha marcado,
es la trayectoria del tiempo 
y todos y cada uno de los besos
que nos hemos dado.
Desde el primero que nos dimos,
llevo dieciocoho años
adejetivándolos.

Aquel susurro al oído,
a solas, en la barra del Albatros,
subidas a unas banquetas altas,
en sábado y mangas de verano,
mientras nos servía Antonio
las primeras cervezas,
sangrando las heridas
de mi afeitado,
sufriendo tus muelas,
nerviosa los párpados,
latían salvajes los corazones
ante el primer beso
de fumata blanca.
Quedó reflejado en el texto
'Aquel beso adolescente',
el primero y más fuerte
de los adjetivos
que se me ocurrieron
dadas las circunstancias,
porque lo éramos,
solo éramos niñ@s
buscando su sitio
y algunas respuestas
ante un mundo ambiguo,
poco amable y desalentador.
Pero todavía no lo sabíamos
porque estábamos centradas
en encontrarnos,
en tocarnos,
en conocernos,
en desearnos.

Si aquel día
hubiéramos imaginado
dónde estaríamos
en dieciocho años,
nos hubiéramos muerto de risa
al recrearlo.
Si hubiéramos hecho
ese ejercicio de reflexión,
no sé cuántas cosas
hubiésemos acertado.
Pero no lo hicimos
y aquí hemos llegado.
El vértigo que me da pensarlo
y las pocas ganas
de cerrar este texto.
Porque desde entonces,
también nacieron mis ganas
de expresarlo,
de escribirte en cartas,
de dejarte notas,
de encuadernarlo todo.

Seguramente escriba tanto
porque me diste los motivos.
Fuiste la causa
y ahora eres la consecuencia.
Eres parte del proceso
de todos los años 
que llevo publicando,
teniendo el privilegio
de ser la sujeto
que susceptiblemente
puede ser descrita
en cualquier momento.
Solo has sido superada
con la llegada de nuestr@s hij@s,
seguramente el último paso
que nos faltaba por dar
después de tantos años.

Acabaré este texto
con puntos suspensivos
no por las dudas que emergen,
sino por la imperiosa necesidad
de seguir relatando,
hasta que me muera,
todo lo que te quiero,
todo lo que me has dado
y todo lo que me sigo imaginando.
La única certeza de aquí en adelante,
son todas las palabras
que me quedan,
que no serán pocas,
ni equidistantes,
ni mediocres.

Fúmate este texto
como si fuera tu último cigarro.
Tranquila, yo seré tu estanco,
tu almacén, tu fábrica
y el que distribuya
todos tus cigarros.
Puedes fumar todo lo que quieras
y si algún día
lo quieres dejar,
el tabaco,
tengo tantas palabras
en los bolsillos
que la ansiedad de tus días
será como una broma
de las que imaginaste
hace dieciocoho años.
Fuma, besa, quiere...

_A nuestra mayoría de edad juntas_