Cada cual con su memoria
y cada cual con sus cojones.
Sin mediaciones.
Llegados a un punto
ya solo queda
disimular las mediocridades
y aguantarse de la manera
más deportiva posible.
No porque nos llevemos mal,
precisamente duele más
porque hay cariño por medio,
sino porque no existen
puntos en común
ni lugares de encuentro.
Tan distintos que
la reconciliación no es posible.
Porque una vez más
esto va de bandos,
que no te vendan magdalenas.
Tan alejados y tan
radicalmente opuestos,
que los últimos 25 años
lo explican todo.
Solo nos queda asumirlo
y convivir con nuestras
líneas rojas
hasta el final de los días.
Porque lo haremos por ell@s,
por l@s que vienen detrás
y ya nos están tomando la delantera.
El pasado, el contexto, las tradiciones,
las cosas tal y como se hacían antes
son susceptibles de ser juzgadas.
Curar las heridas
lo llaman,
pero lo llaman así
quienes precisamente
infringieron las mismas.
No amigos.
No siempre se pueden hacer
las paces,
porque no todos los caminos
tienen punto de retorno.
Tan legitimo lo tuyo
como lo mío si quieres,
pero no esperes que seamos amigos
y que me calle aunque fueras
mi Santísimo Padre.
Este es el último texto
que te escribo
por salud mental
y méritos propios.
Este es uno de mis
más feroces ataques.
Pasar a la ofensiva
desde el posicionamiento,
es una de mis actitudes
más coherentes.
Y de veras que lo siento.
Siento el espectáculo
y el circo de las formas
que se salen del tiesto,
pero me parece justo y necesario
no pasarlo por alto.
Posteriormente,
desde la humildad
y todo lo que tiene que ver
con los sentimientos
más profundos de decepción,
he hecho cola
para pedir perdón a la cara,
con el gesto avergonzado
y las rodillas temblando.
Nadie se merece tanta ira,
ni si quiera uno mismo,
pero es tanta la indigestión,
que en ocasiones
se hace médica y emocionalmente
obligatorio,
vomitar y esputar todo el veneno.
Cada uno con sus razones,
sus argumentos y
sus conscientes contradicciones.
Cada cual con su memoria,
desde la cueva o desde la secta,
a través de la defensa férrea
de tus ideas, pensamientos o emociones.
No por el hecho
de quedar por encima,
sino por la sensación
de honor y justicia
por las que sientes que,
si no están,
te mueres.
Vidas normales
y relaciones estrechas,
con trayectorias defectuosas
que pasan factura
por el paso del tiempo.
Porque claro que todas
tenemos quistes,
todas tenemos cicatrices imborrables,
todas contamos con
la pena suficiente
que determina
tus futuras decisiones.
Mi reto es no reproducirlo,
mi reto es no equivocarme tanto,
mi reto es no parecerme en casi nada,
mi reto es no convertirme
en la otra parte.
Lo cual no me excluirá
de las malas actuaciones,
de ser un posible monstruo
para con otro alguien,
de ser una mezcla de reproche,
prepotencia y soberbia.
De lo que si espero escapar
es de la ausencia de arrepentimiento,
del olvido de lo que significa
perdonar y que me perdonen,
de dejar de sentir algo
por quien tengo en frente
por motivos que desconozco,
de no practicar la humildad
que se cosecha de cultivos
demasiado antiguos.
Cada vez que observo
a mi hijo dormido,
hago un ejercicio de vaciamiento
en el que a veces
siento la necesidad enfermiza
de hacerme un daño irreversible
por todos los errores que he cometido.
Más tarde hago
un ejercicio
de proposición de enmiendas
para que no vuelvan a suceder
las cosas que producen daño,
pena, lamento y decepción.
Porque en esta fase
el enfado ya no vale de nada,
el tren a lo mejor ya se ha marchado
y la muerte
pasa a ser un concepto
tan lejano e indiferente
que ya no asusta
de manera existencial,
sino que cobra una serie
de significados
que ya no le importan a nadie,
porque todo lo que podías
perder,
lo perdiste mucho antes,
cuando tenías toda
la vida por delante.
Esto es demasiado grave
como para no ser contado,
escrito o expresado
en algunas de las formas
que te permita el corazón,
la mente y los huesos magullados.
Cada cual con su memoria
es uns batalla de una guerra
que antes de empezar
ya estaba perdida.
Y yo,
repito e insisto
que nací para vencer
y no para ser vencido,
pero no he nacido
para vencer a nadie,
ni aposta colateralmente.
Me juego mi integridad ética
y mis sentimientos mas profundos,
y l@s destinatari@s
que están esperando
a recibirlas,
pueden estar tranquil@s.
Me voy a equivocar,
te voy a fallar,
desgraciadamente te decepcionaré,
pero no me voy a quedar sentado
esperando como el tiempo
y el mutismo,
o la falta de habilidades
y/o valentía
hacen estragos en lo nuestro.
Nuestro barco no va a hundirse
por mucho que la inmensidad
del océano aceche y nos asuste
hasta la parálisis.
De nuestro barco
tendremos que achicar agua,
hacer arreglos
y si es necesario,
me tiraré por la borda
para empujarlo a nado,
hasta que lleguéis
a vuestro destino
y allá decidáis
si queréis socorrerme.
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