En los últimos meses
hemos aprendido mucho
con nuestro cachorro
en expansión.
La capacidad de transformar
el ambiente
en escasos segundos
de ordenado
a esparcido,
al revés,
todavía no.
El torbellino habitacional
de las cosas por lanzar.
Visto desde fuera
y desde arriba
no le vemos el sentido,
pero el caos que reproduce
también nos representa.
Una reorganización continua
para volver a empezar.
Nuestros días.
Menos por las noches,
donde la fuerza
se traslada
a las sábanas
que abrazan el colchón.
La cantidad de chupetes
que se pierden
y se encuentran
pasados tres días
es exponencialmente
proporcional
al aumento de admiración
que sentimos.
Rincones secretos
donde no llegan
ni las pelusas.
Precipicios que no
habías visto nunca
en tu salón.
Espectáculo
de acrobacias y equilibrios
entre la habitación y la cocina.
Una planta de reciclaje
en medio del baño.
Las escaleras
a La Mariana,
las escaleras
a un templo;
y la cocina
el sitio más calentito
de día
y el paraje
más frío de noche,
pero incluso así,
hacemos vida todas
porque todas cabemos.
Ya no hay
huecos vírgenes
que no hayan sido
descubiertos
porque aparte
de ser ateas,
no hay resquicios
que se nos resistan.
Me acabo de encontrar
un chupete en la manga del abrigo,
de ahí este texto,
de aquí
estas verdades.
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