Un árbol centralizado
en una alameda
de adoquines,
Perennemente solitario
entre dos fachadas
por donde nadie mira.
Desolado parque
que no encuentra
más sombra
más que la de un árbol derrotado.
Ni siquiera hay niñ@s
que lo jueguen
porque las aceras
están deshabitadas;
papeleras vacías
y cristales esparcidos.
Siempre que puedo
paseo con mi perra
para pasar a su lado
y darle algo
de importancia.
No me esforzaré en hacer
una analogía
del concepto humano de soledad.
Solo pienso en él
y en sus hojas.
En su tronco recio
y desgastado.
Su forma inverosímil
y desubicada.
El porte de la altura
que lo sujeta
y la intención
del peso que ejerce.
No consigo imaginar
su raíz agónica
en el subsuelo.
Y el agua que debe clamar
al cielo sin respuesta.
Quizá algún pájaro
que anide,
o alguna oruga pachorra
o incluso un gato que trepe
serán sus posibles
únicos aliados.
Pobre del árbol
que nace solo,
vive intacto
decenas de años
y cae en el olvido
antes que en
la podredumbre.
Había un libro que rezaba
a "la soledad de los números primos"
pero
¿y la de los árboles en las ciudades?

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