cambiar los lugares,
mejoran los espacios,
remueven a otras personas,
en definitiva,
transforman el entorno.
Somos todas,
bueno, todas no.
El tiempo también
lo atraviesa todo,
pero es la perspectiva
la que nos da el enfoque.
Madurar, evolucionar, progresar,
son hitos que no solo
determinan a una misma,
sino a todo lo que le rodea.
Los lugares amables lo son
precosamente porque
algunas lo humanizaron
con su amabilidad.
Y funciona,
aunque solo sea
por deferencia,
o por vergüenza,
o por ignorancia,
le gente se contagia.
No hay excusas.
Tenemos margen,
cuota de poder
y una responsabilidad social
que hace más hábil
a la peña,
incluso más feliz.
No sentirlo por obligación,
sino por el compromiso
de arrimar el hombro
con una honestidad
que rara vez sale a la luz.
Es educación, experiencia,
bagaje, trayectoria,
esencia y estilo.
También ejemplo,
modelo y referencia.
Y sorpresa, descubrimiento
y emoción.
Sin presión, espontánea,
abriendo camino
con cada paso
bien pensado.
Los lugares no
tienen memoria
ni dignidad,
digamos que son objetos
enormes espaciales
que acogen sin queja
todo lo que reciben.
Las personas los habitamos
con mayor o menor acierto
y les dotamos con
unos significantes
que definen
que es lo que se puede
y que es lo que no
en ese lugar.
Y por último están
las que tiran del carro,
porque las tiene que haber
aunque sean itinerantes,
como la líder
de un pelotón gigante.
Siempre hubo
una primera persona
y siempre habrá
nuevas primeras personas.
Las que vamos después
reconocemos el mérito
y el valor,
pero vamos dispuestas
a seguir aportando
con personalidad propia
por si después otras
quieres o pueden sumarse.
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