que su boca
huele a mantequilla 🧈,
migas de pan y café negro.
A veces a chuchería 🍭,
gusanitos y sopa para cenar.
Quiero creer que su pelo
huele a colonia de fresa,
a almohada caliente
y a todos los besos de su Tate.
También a transporte público,
a gritos de rabia 🗯️
y champú de marca blanca.
Seguramente sus piernas
huelan a arena de parque
con pizcas de sangre 🩸
y crema 🧴 hidratante.
Su espalda revolucionaria
me parece que tiene fragancia
a cítrico de naranja 🍊,
pero también a vinagre
de pepinillo 🥒
y a campo amarillo 💛
de Antonio Machado.
Los pies esponjosos
le tufarán a queso 🧀
y a caballito de mar
y a gato recién lamido.
Su tripa fresca como
una sandía 🍉
tiene que despedir un
olor corporal
a lo que se huele
cuando se activa la adrenalina,
una mezcla de sudor y nervios
tan intensos como
el tipo de emoción que te esconde.
Sus manos, estoy convencido,
tienen que oler a su mamá
y a mí mismo,
con esa especie
de determinación
que no da lugar a errores.
Y puede que huelan a vulva,
porque la exploración sana
del propio cuerpo,
es un derecho humano
que trasciende a
cualquier religión.
Por último sus ojos,
planetarios con
polvo de estrella
y olor a azufre, hielo
y viaje en el tiempo ⏱️.
Miraflores huele
a tantísimas cosas
sin que haya tenido
el placer, la certeza y el ensayo
de haberlo podido comprobar. Pollo al
Miraflores es Gala
y Gala, aunque sea
sensorialmente imposible,
solo sé yo como huele
hasta que venga alguien
y me demuestre lo contrario.
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