con una fogata de barrio
de barriles oxidados
y olor a queroseno.
Restos de ceniza
y materiales inflamables
para mantener
una llama 🔥 incipiente
en nuestros corazones.
Porque la que se dedica
a acompañar los procesos
de cualquier ámbito,
no solo padece
el sufrimiento de l@s demás,
sino el propio.
Me acerqué a aquella fogata
un septiembre de hace 10 años.
En este Blog es típico
celebrar los aniversarios
y este es uno
de los más importantes
que mantengo.
Aquella fogata
me explotó la cabeza 🤯
por la cantidad
de palabras expuestas
y la intensidad de las mismas.
Nunca había visto nada igual.
Pronto descubrí
a relacionarme con ella.
Mi objetivo no era
avivar la llama,
sino asegurarle
que la iba a mantener constante.
Una llama caótica, libre
y revolucionaria
que no está sujeta
a ninguna estructura
ni control de nada
que no nazca de ella.
Pero aprendí a tocarla
sin que me doliera,
consumí sus gases
sin intoxicarme
e incluso la probé
por dentro y por fuera
sin que me ardiera la garganta.
Supe entonces
que el mérito
no había sido mío.
Fue el descaro
y la propia sinvergonzonería
de la fogata
la que me propició un sitio
privilegiado de escucha,
transparencia y desahogo.
Una especie de psicóloga
incendiaria con la que
me di el permiso
de recibir en cascada
emociones y sentimientos
que no eran míos
para después convertirlos
en personal.
Jamás pensé
que pudiera sentarme
frente a un foco de calor
sin Epis
y recibir toda su fuerza
sin miedo a la posibilidad
de salir corriendo.
Pronto le correspondí
de la misma manera,
buscando el alivio
de sentir que das
algo a cambio.
No fue sencillo
ni repentino,
pero se convirtió
en algo puramente necesario
cuando hablamos
de necesitar a alguien.
Así que me relajé
y me dejé llevar
por su corriente,
un lugar donde aprendí
a hacerme el muerto
sin realmente estarlo
para que sus chispas y ascuas
me sujetaran la espalda suave
y no me hundiera
en el transcurso del cauce.
Delinquí por primer vez
y por última
sabiendo que si lo volvía
a hacer solo sería con ella.
Una especie de contrato
que nunca consensuamos
pero que ya siempre
llevaríamos grabado
en nuestros asientos
como un documento
constitutivo de lo que significamos.
Aquella fogata
creció con el tiempo indómita
e ingobernable
para convertirse en hoguera
de más gente.
Lo que no sabe la gente
aunque no aporte saberlo,
es que yo le di su nombre,
yo la dibujé en sueños,
yo la definí en mis textos
y por eso me dio el derecho
de cagarme en su puta madre
como ella se caga en la mía.
Pero son nuestros códigos,
no los vuestros.
No podéis meteros
porque jamás lo entenderíais,
aunque podéis intentarlo
mientras sepáis
que vais a salir calcinados.
Me reconozco en esa
fogata de barrio
por la que daría mi vida
en una noche helada de invierno.
_A mi Delin_
No hay comentarios:
Publicar un comentario