como la hoja 🍁 del árbol
de barrio se desprende
puntual a su cita.
Septiembre es un mes
lleno de cambios
y los ventiladores
llegan al límite
con su funcionamiento de noche.
Pero ya está.
Parece que ya va a pasar.
Se va a acabar.
Es un derecho
echar de menos el verano,
pero en ningún caso
es una obligación
por ser un territorio mediterráneo.
Comparto la nostalgia
de las vacaciones,
las horas de luz,
atrasar las rutinas
e incluso forma parte del mar
durante una temporada.
Pero me aterran los incendios,
las vacaciones sin cubrir
de las sanitarias,
las temperaturas infernales
de las escuelas,
los golpes de calor currando
y las noches soporíferas.
Vuelven los abrazos,
arroparse hasta el infinito
por las noches,
los juegos sin límites al sol,
los autobuses 🚍 con abrigo
aunque no seré yo,
los primeros pasos 👣
tras superar el portal
con la realidad fría
que te pone en tu sitio.
Vuelven los abrazos
por fin
y el baile de los árboles
para deshojarse sin prisa
pero constantes
y mudar su piel.
La manguita larga
y la sopa caliente
se pone de moda,
se activan mundialmente
las cremalleras,
la ropa de cama engorda
sin importar el régimen
y el polvo se destierra
porque las ventanas se cierran,
ya no hay peligro
de asomarse.
También nos vendrán
nuevas tragedias
para las que no
estábamos preparadas,
pero sí avisadas,
los mocos, los virus, las fiebres.
Las duras conciliaciones
sin abogadas ni sentencias,
ley de la selva.
El agua de grifo
sin embotellar,
corriendo como
el río independiente
de la montaña.
El otoño da paso
al invierno
y en La Mariana
somos de pijama gordo,
ventanas 🪟 de aluminio
radiadores de gas
y paredes con moho
para recordarnos
que no hay casero bueno,
ni alquiler justo,
ni vivienda asegurada.
Pero resistimos
a las estaciones,
casi diez años,
en el centro
de los puntos cardinales
para recordaros
que estamos violentadas
y que pensamos
utilizar la fuerza
si hace falta.
Porque dicen que
el odio consume,
pero nosotras
nos alimentamos del mismo
cada vez que giramos la rueda
para sentir algo de calor
y de resistencia.
Es lo que nos queda
y aquí nadie
se va a quedar fuera
porque somos de fábrica,
de escuela y de barrio
de extrarradio.
No para levantar
un país que maltrata y oprime,
sino para levantar
una familia, una comunidad,
una barriada.
Otoño es una oportunidad
de seguir creciendo
pese a la ansiedad,
los miedos y las adicciones.
Estamos en ello
y no nos vais a tirar
la puerta abajo.
Somos las enemigas del calor.
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