que en ninguna situación
alza la voz,
me parece una hazaña.
Yo no sé hacerlo,
pero disfruto
muchísimo viéndolo
y me provoca
cierta envidia.
Ese temple,
en cualquiera
de los ámbitos,
es lo que a mí me falta,
con una gestión exquisita
del enfado y de la ira.
Igual que me flipa
el gesto sempiterno
y achinado de los rostros,
admiro el volumen clásico
y el tono respetuoso
dónde siempre hallar
el bienestar.
Me encanta saludar
a viej@s amig@s
y comprobar
que en algunos aspectos
siguen siendo l@s mism@s.
Igual que me congratula
descubrir a nuevas personas
que llevan por bandera
estas características.
Yo, por más que lo intento
no lo consigo, pero no desisto,
insisto.
No son ídolos de barro,
no son papel pasado por agua,
son las verdaderas referentes
de todas y cada una
de las mediocridades
que nos ocupan.
Hay que ser valiente
para modular la voz
a cada instante,
para ser constante
con vocales y consonantes,
rimantes.
No es la primera vez
ni desgraciadamente será la última,
asignatura pendiente.
El problema
no es esa puta corriente
que te arrastra,
sino que yo me rindo
y me dejo llevar
hasta el fango.
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