el descenso del Sella
cuatro años después.
Ésta vez
en forma de lluvia
autodeterminada
de los cielos euskaldunes.
Con el sol turístico
de Gaztelugatxe,
nos tomamos
nuestro primer pintxo.
Caminantes
de una ermita
cerrada por Covid
y posibles desprendimientos.
Allí lo único
qué se derribó,
fueron las emociones.
La diversión circense
de jugar con la Tita Ana,
y el desequilibrio
sin riesgos
de que te cogiera en brazos
el Tito Bubi.
Una casa de montaña
en un pueblo de pescadores.
Hicimos de ella
nuestra sala de psico
y nuestro parque de bolas.
El conjunto
de una pedagogía mixta,
dirían en los coles.
Una siesta con sabor
a despedida de solter@
y un kilómetro recorrido
de los cuatro que tiene
el bosque de Oma.
Porque en Euskadi
primero sale el arcoíris
y luego te cae la del pulpo.
Pudimos notar desde verja,
la resistencia de Gernika,
y de sus árboles,
y de sus gentes.
Historia viva reciente,
referente.
Fuimos diques,
peatonalizando
cada baldosa,
cada piedra
que pisábamos.
Hicimos de nuestro
salón-cocina
una guarida festiva
con un sofá-cama
intercambiable.
Una terraza salvavidas
de humos incomprendidos
y charlas existenciales.
Playas que no
son de nadie
más que del viento,
Mundaka de traca.
El puente de Bizkaia.
El metro de Bilbao.
La lluvia y los paraguas,
sin excusas,
sin reproches.
Cerveceras asadas
y tatus de máquina.
Helados de césped
y preguntas
de conocimiento
de grupo
pese a la individualidad
de los ajenos.
Barrigas en alza.
Herman@s de Bermeo.
Es obligatorio
viajar con ellas,
pero lo que es
indiscutible
es tenerlas en
nuestras vidas.
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