a pernoctar
a un establo de vacas,
en Ajo.
Teníamos un jardín virgen
y un porche con vistas
al ganado.
La puerta del apartamento
se mantenía abierta
para entrar y salir
a nuestro antojo,
como en los pueblos.
Instruimos a un
ejército de caracoles
y por primera vez
quisiste jugar al fútbol,
eso sí,
con una pelota
de Ladybug.
Porque tienes
consolidado
el gusto por transformarte
en lo que más te apetezca
en cada momento.
Como cuando decides
ser un lobo
y perseguir a mamá
por los escasos
metros cuadrados
de La Mariana.
En esos días
nos orientó Elena,
la perra pastora.
Y nos compadecimos
de Sultán,
el toro encadenado.
Pintamos el faro
de un Cabo
demasiado transitado.
Buscamos al lobo
en los recovecos
de la Ojereda.
Caminamos por Isla,
que no es una isla,
con olor a infancia.
Atravesamos en barcaza
el estrecho entre
Santoña y Laredo,
donde dejamos huella
con nuestros pies descalzos,
en la arena
de una playa infinita.
Fuimos sobao y anchoa.
Subimos en carro
al castilo
de Castro Urdiales.
Confraternizamos
como influencers
con burros y caballos.
Y probamos
todos los parques
que estuvieron
a nuestro alcance
y a nuestra altura.
Los saltos en el sofá,
las duchas compartidas,
el insomnio de
las luces de emergencia,
el olor a estiércol,
la llave en la cerradura,
la hierba recién cortada,
el cielo estrellado,
la lluvia amortiguante,
un regalo con forma de niebla,
las fugas nocturnas,
los encuentros nocturnos,
hacer la cama como
si estuviésemos en casa,
las incontables
tostadas con tomate,
las videollamadas
a l@s abuel@s,
la nostalgia
de nuestros animales,
Fernando el ganadero que,
con 45 años de experiencia,
no ha disfrutado
de un sólo día de vacaciones.
Éstas son las observaciones
que ensayamos,
las minuciosamente delicadas
que no todo el mundo
extrae de sus vacaciones.
Por eso las nuestras
no son unos días
de descanso sin más,
sino que es el curso
de formación
más importante
que tenemos
durante el año.
El día que nos fuimos
Elena parió una camada,
y supimos que todo estaba
interconectado.
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