miércoles, 15 de febrero de 2023

Solo veo Almeidas

Últimamente, cuando voy
por la calle,
solo veo Almeidas;
eso quiere decir
que mi estado de ánimo
no está en su mejor momento.
Se reconocen fascistas
pero dicen
que al menos saben gobernar.
¿Gobernar el qué
y para quién? me pregunto.

Veo Almeidas
en las indumentarias,
en los gestos tristes de las caras,
en las formas de caminar
medio muertas,
en las palabras feas que vomitan.
Y a mí solo me crece el odio.
Me lo noto y me afecta.
Me está pasando factura en casa.

Me consume el pijerío
reinante de algunos barrios
mientras los atravieso en autobús.
Esos niñ@s de uniforme
con pantalón corto
en pleno invierno
y medias hasta las rodillas
¿estamos gilipollas o qué?
Por cierto,
mi hijo ha aprendido esa palabra
y la verdad es que no me extraña,
hay que buscar formas de desahogarse,
de airearse de tanta contaminación.

Almeida sigue haciendo de las suyas
en los actos públicos:
pegando pelotazos en la cara,
rompiendo cámaras mediáticas
financiadas con dinero público,
rompiendo cortinillas
de placas homenajes
y meándose en nuestra puta cara.
Con chulería y prepotencia,
como buen madrileño,
con esa mirada extraña
de l@s que se creen 
que están
por encima de tod@s.

Esos peinados, 
esos calzados,
esos chalecos,
esos móviles,
esas medias sonrisas
de esos transeúntes
que saben que nos
están ganando la partida,
que nos están desplazando
del tablero de juego
a favor de su modo de vida
y de su modus operandi.
Almeidas con mascarilla
para tapar su cara de polla
y algunos éticos de la izquierda
que dicen que no
nos metamos con su aspecto
porque está mal.
Claro, como si tuviéramos
otras formas de defendernos,
o como si pudiéramos
pagarnos una sesión
con la psicóloga
todas las semanas.

Es la única manera
que he encontrado
para ventilarme.
Y sí, el famoso carapolla
se grafiteó
por primera vez
en el Centro Cultural de Vicálvaro,
mi barrio,
a mucha honra
y con orgullo.

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