que tienen la nevera llena
y el congelador a reventar.
No se me olvida
que es una suerte
de privilegio.
Esas casas anfitrionas
que dan
sin esperar
nada a cambio.
Que pidas lo que pidas,
lo tienen,
incluso lo impensable,
porque previamente
han hecho un trabajo
de empatía y solidaridad.
Somos las neveras
que tenemos
sin entrar en nuestras
empobrecidas miserias.
Como la de mi madre,
tan prevista y provista
como la crianza
que me ha dado.
O como la de mi abuela,
tan desintesarada
y completa
con la mínima pensión.
La nevera
es una actitud inerte
como la de levantarte
por las obligaciones.
Es la excusa perfecta
para los momentos de silencio.
Es el conducto de ventilación
donde recrearte
mientras se pierde
el frío acumulado.
Pero la nevera
también es un gasto,
un gasto eléctrico
y alimenticio.
La nevera no sirve
para jugar al escondite,
pero sí que sirve
para llenarte ese vacío
que te acompaña.
También quiero
una nevera como
la de mis amigas
y amigos,
donde tengo hueco
y cajones
para quedarme a dormir
si quiero.
Por eso quiero
que mi nevera funcione,
para decorarla con postales,
imanes y listas de la compra.
Como si fuera un mapa
que me lleva de vuelta a casa.
Que al abrirla, sea como
la mochila que contiene
todo lo que necesito
para el día.
Y que al cerrarla
suene suave
como las despedidas
con retorno.
La mía está
hecha polvo,
pero qué alegría
cuándo la abres
y encuentras dentro
lo que estabas
buscando fuera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario