lo dicen las expertas.
Aquel que no sea tocado,
no será visto,
ni escuchado,
no habrá existido.
Todo el mundo
habrá estudiado
que somos seres sociales
y que nos hacemos
a nosotras mismas
precisamente
por el reflejo del espejo
con los otros.
Los niños están hasta la polla.
Las niñas están hasta el coño.
Y quienes no hayan
decidido su género
están hasta
el mismísimo concepto
de lo que quieran ser.
En tiempos coronavíricos
hay abrazos,
caricias y besos
que no podremos
recuperar jamás.
Por eso,
cuando todo esto pase,
acuérdate
de lo que hacía sentir
la ausencia de contacto
y no dejes de tocar
(con permiso),
por más enfadado que estés,
por más rencor que te inunde,
por más orgullo que desprendas.
De la mano sin miedo
a las represalia;
retira la pestaña caída
apoyada en el
moflete del otro
y ofrécele
pedir un deseo;
moldea el pelo
del que tienes enfrente
como si fueras
el primer peine
de la mañana;
tócale el culo
a tu pareja
o a alguien de confianza
como si tuvierais
dieciséis años.
No tengo claro
si es bueno o malo
dejar de tocarnos
los genitales
según nos vamos
haciendo mayores.
Lo que sí tengo claro
es que los utilizamos
como primera opción
cuando queremos
clamar al cielo
que 'estamos hartas'.
Que queremos sentirnos
con las yemas
de los dedos,
con la corteza áspera
de nuestras rodillas,
con los pies descalzos
sean bonitos o feos.
Porque tocarnos
es como tocar el piano,
es como arrancar con pasión
una pegatina nazi,
es como la lengua
de tu perra en la cara
para quitarte las legañas,
es como ver un cuento
siendo capaz
de anticipar el final.
Es irrenunciable.
Cuando se liberalicen
las quedadas,
sólo quedaremos
para tocarnos,
y luego,
ya si eso,
nos contamos.
_A Sol_
Nota de autor: Un texto de cuyo título no puedo apropiarme XIV.
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