martes, 25 de mayo de 2021

Lo mismo que dura una maratón

Ha tardado en salir
a la calle
lo mismo que dura
una maratón:
42 kilómetros
(42 días)
y 195 metros
(a las 11.30 AM del día 43)
después.
Pasado este tiempo
nos damos cuenta
que los zapatos
se le han quedado
muy justos.
La rutina de vestirse
le ha parecido forzosa
pese a haberla
practicado a diario.
Escoger solo una pelota
le ha resultado difícil.

Salimos a la calle
con dudas,
en silencio,
observando
todo lo que antes
había sido prohibido.
Da sus primeros pasos
al salir del portal
con alegría
pero incertidumbre.
No sabe muy bien
si seguir hacia delante
o volver
a lo que está acostumbrado.
Le ofrezco la mano
como salvoconducto
para que entienda
que por fin
tenemos el permiso
de hacerlo
sin represalias.
Con la otra mano,
sujeto el carro.
Tras dos minutos
dando vueltas
sobre nosotros mismos,
conseguimos cruzar
juntos el primer
paso de cebra.
No hay marcha atrás.
Comienza nuestro paseo
de un kilómetro
a la redonda
para descubrir
de nuevo a los pájaros,
a los conejos sin miedo,
a la naturaleza
desatada
por la ausencia
del humano.
Mamá nos anima 
desde la ventana
del quinto piso
y se enorgullece
como si fuera
el primer día
de escuela.
Le narro
el paisaje,
le cuento los árboles,
recibimos colmados
el aire frío
de un domingo
distinto
al de los seis
anteriores.
Va sentadito
en sus carro
con una quietud
atípica en él;
con las manos
entrelazadas
haciendo como si
se sujetase
a sí mismo.
Necesita tiempo
y confianza,
será cuestión de días.
Fija su mirada
más allá
del adulto
demostrando
que necesitaba 
tomar distancia
de las mecánicas
herméticas.
Sonríe levemente
sin perderme de vista
con el rabillo del ojo
siempre alerta.
Es casi como
empezar de cero.
Saluda a los perros
y sus dueñ@s
sin saber
quién lleva a quién.
Respetamos responsables
la distancia de seguridad social
y evitamos avistar
los parques
por lo que pueda pasar.
Le cojo en brazos
para que su perspectiva
supere el metro y medio
de altura
y se regocija
en el mástil
mirando el horizonte
desde el refugio
que puedo ofrecerle.
El tiempo se agota
y volvemos
con la cabeza
bien alta
y el cuerpo erguido,
las manos sucias
de alguna caída
y el corazón a tope
tras derribar
las cuatro paredes.

Guardamos el carro
en el cuarto
del contadores
y subimos las escaleras
comentando la jugada,
más contentos
que unas castañuelas.
Llegamos a la puerta 
de la Mariana
67 escalones después
y golpea la puerta
con decisión
porque sabe
que tras ella,
cuando se abra,
podrá contarle a su Mamá
todo lo acontecido.


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