Llego a la misma hora de siempre
con la misma gente
con el mismo ambiente.
Luce el Sol,
Primavera,
en manga corta.
Un crío me pregunta por la hora,
el mismo crío
que veo todos los días
en la misma esquina
esperando la Ruta.
No soy de reloj
y llevo el móvil apagado,
aún así me aventuro
dándole las 09.00 en punto.
Me mira extraño
mientras me distancio
dándole la espalda
sin despedirme.
En la distancia insalvable
me pregunta cómo se la hora
si no se la he enseñado,
ni demostrado,
solo regalado.
Me revelo ufano
descubriéndole
que la sé,
precisamente
por cómo esta colocado
el Sol.
No me pregunta nada más,
sólo se queda mirando
en vertical
el cielo ancho
sin esquinas.
De una cosa puedo estar seguro,
el crío, cada vez que salga
a la calle en la mañana
mirará al cielo
buscando el Sol para intentar
averiguar la hora,
y si no hay Sol,
preguntará por la noche
a la Luna
cómo aquel señor extraño,
una vez,
le dijo la hora
no solo en minutos,
sino la hora justa
en que vio aparecer
la Ruta que cada día
pasaba a la misma hora
sin que el chiquillo
desde su posición,
pudiera avistarla.
¿No es bonito hacer creer
a la gente que la magia
existe sea la hora que sea?
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