de pequeño
de irme a la cama enfadado
por cualquier motivo infantil
y despertar al día siguiente
como si no hubiera pasado nada
¿Os ha pasado?
Esos primeros segundos
en los que abres los ojos
despojado de cualquier
tipo de padecimiento
hasta que logras
hacer memoria
y recuerdas
lo que pasó el día anterior.
Me pasaba que,
haciendo el análisis
de lo acontecido,
quería sentir enfado 😤
para demostrárselo
en este caso a mis pamadres,
pero una especie de fuerza,
digamos divina,
no me lo permitía
por más que lo intentase.
Siempre me llamó la atención
esta relación entre
las emociones y el sueño 😴.
No pasa lo mismo
con el miedo o los nervios.
Te acuestes como te acuestes
te levantas igual
al día siguiente,
con la mosca detrás de la oreja
y la barriga efervescente.
Nunca entendí
por qué solo me pasaba
con los enfados,
imagino por la banalidad
de los hechos
aunque para mí
fuese importante
en esa época.
Según he ido creciendo
está sensación se ha ido
diluyendo, no haciendo
su efecto mágico
demostrable durante la infancia.
Pero me gustaría recuperarlo,
algo tan fácil y sencillo
como irse a dormir
y renovarse por completo.
Pero ya no funciona así.
Debe ser una de las consecuencias
de hacerse mayor.
Lo veo en mis hij@s,
en lo mal que acaba un día
y en la reinvención
del día siguiente;
qué capacidad para transformar
el malestar en algo
más que efímero.
La corrupción adulta,
el rencor y el orgullo,
la intransigencia y el egoísmo
son cuestiones, por desgracia,
imborrables a estas alturas.
Me gustaría acostarme
con todo mi odio
y vomitar arcoiris al levantarme,
pero el funcionamiento
de este planeta,
la vergüenza ajena
que me produce el Estado
y es asco absoluto
de la ciudad en la que vivo,
no me permite depurar
todo lo sobrante.
Os admiro, niños, niñas y niñes.
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