Cuando escuchas
la última canción del disco
y esperas en silencio
buscando la pista escondida.
Así se te queda el cuerpo
después del fatal desenlace,
de madrugada
en un salón a oscuras,
esperando escuchar
sus patitas trastear.
Sabemos que ya no estás,
sin embargo te busco.
Te busco, porque desde
que te encontré,
no me había imaginado
la vida sin ti.
No me da miedo reconocer
la muerte,
pero nunca se está
totalmente preparada
para la más absoluta ausencia.
He conseguido buscarte
sin angustia,
solo con memoria y dignidad
de todos los espacios
que llenastes e hicistes tuyos,
a tu manera,
cediendo el paso
a cualquiera que interrumpiese
tu calma.
Así eras tú,
nada posesiva
pero todo lo invasiva
que te dejase
una cara para ser lamida.
¿Cómo no te vamos a buscar
en cualquier charco de agua,
oliendo entre las flores
o tras los restos de las cenas?
La Mariana nunca se vio sumida
en el mas absoluto silencio
como le sucede ahora.
Siempre había alguna demanda,
siempre había hueco
para la exploración
aunque fuera en siesta
o siempre cabía
algún ladrido a deshora.
La cama se nos hace grande,
como si hubiera crecido
por arte de magia
tras tu desaparición.
Dormir ya no volverá a ser lo mismo.
Ese cuidado inconsciente
para no aplastarte
como quien busca la última
pieza del puzzle
que nunca volverá
a ser completado.
Y sin embargo te busco
es el miembro fantasma
que nos han amputado
y por el que padecemos
una especie de duelo extraño,
con todas las incógnitas despejadas,
pero con la sensación irónica
de sentirte en todas partes.
Te buscamos como se busca
a los peces
a la entrada del mar,
torpes y con esquivas,
deseando sentir el cosquilleo
del roce involuntario.
Pero ya solo estás
en las viejas fotografías
y en las dolorosas experiencias
que han pasado a ser recuerdos
intangibles.
Con todo y con esto,
aunque te busquemos
siendo conscientes
de que ya no estás,
hemos conseguido
hablarte sin tapujos.
Quizá sea el primero
y único paso
que podíamos dar,
el de llamarte
a sabiendas de que no vas
a volver
y sentir un pinchazo
en el estómago,
pero con la correspondiente
sonrisa del después,
la de haber vencido
el miedo
y la del regocijo
de los buenos momentos.
Y sin embargo te busco
es inevitable,
un mecanismo de defensa sano,
por el honor de haberte acompañado
y por el placer
de que nos hayas acompañado.
Pasarán los años
y te seguiremos buscando
como seguimos persiguiendo
algunos de los sueños
que teníamos de adolescentes,
pero sin la presión insoportable
de las cosas que nunca llegan,
solo en defensa de la alegría
y de cada ladrillo
que pusimos juntas
para hacer nuestro castillo.
Te seguimos buscando,
hija de perra.
_A Noe, de La Kuadrilla_
Nota de autor: Un texto de cuyo título no puedo apropiarme XXXVIII
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