carretera, fiebre y gusanitos.
Con amigas todo sabe
mucho mejor,
pese a los peajes,
pese a la humedad,
pese al ejército de sombrillas.
Camino hacia el Levante
como aquel año
en el que todavía
estabas en la tripa
y cogimos arena
en aquella playa de Valencia.
Si aquel verano fue festival,
este puente de mayo fue
apartamento discoteca.
Los bailes que nos echamos
en la terraza de la letra C,
las cuatro,
cada una con su estilo,
son de las cosas que
no se olvidan nunca.
Un intercambio de habitaciones
en las que mamá
acompañó a Enzo
y papá acompañó a Gala
para reunirnos
en el anticipado amanecer del Este.
Comida de casa
porque nunca se nos dio bien
el turismo gastronómico
y parques de cualquier tipo,
lugar o gentes.
Íbamos a una boda
con mención de honor
y una maestría ceremoniosa.
Otra excusa
o mejor dicho,
justificación,
pata componer otra Balada,
porque otra cosa no,
pero viajar se nos da de lujo.
Pues eso,
cenas de entremeses,
cambios de pañales
y biberones entre buffers.
Nos jugamos la crianza
entre dos apartamentos
donde las referencias maternales
se confundían entre tanto cariño,
como confundida se sentiría
cualquier beluga
varada en la orilla.
Esta vez sí que llevaba
mi cámara,
con su objetivo enfocado,
para que cualquier imagen,
susceptible de ser recogida
fuera fotografiada.
Tirantes, pajaritas y tacones.
Antes de acudir al enlace
hubo siestas
y una cocina desempolvada.
A las 16.00 cada una
en sus posiciones;
mamá en una suite
acompañando a la novia
y papá con l@s cachorr@s
haciendo pruebas de sonido,
porque nosotras nunca
llegamos tarde.
Otra cosa no,
pero a organizadas y planificadas
no nos vence nadie.
Juegos, llantos y tetas al aire,
en medio de una ceremonia
entre el Norte, la Meseta y el Este.
Hicimos lo que pudimos
cada una con sus posibilidades,
acabando en aplausos y pétalos
el discurso de sus vidas.
Las mismas cosas
que siempre hemos disfrutado,
ahora se disfrutan de otra manera,
con el acompañamiento
obligado y necesario
de seres dependientes
que si están,
es porque un día lo elegimos.
Así que consecuentes
y coherentes,
divertidas y felices
a partes iguales,
restringiendo el alcohol,
la evasión y las horas.
Y vuestra madre,
ay vuestra madre,
sujetada con una sola tira
de su vestido malva,
con el pelo suelto
en cascada
y un escote precipicio
por el que tirarse
libre y sin miedo.
Qué guapa
iba vuestra madre
aunque vosotr@s
no necesitéis verla vestida
para entender la belleza
que lleva implícita.
Cada cuál
elige su 3 de marzo
con sus pactos, códigos y normas;
qué pena que todavía
no existierais
para aprenderos
aquel modelo de memoria.
Cenamos en una cúpula
digna de dioses y diosas,
pero mi diosa se durmió
en el carro a las 21.30
y a mi dios
bien poco le importó
un menú infantil
de un coste desmesurado.
Ya sabemos que aquí se hace
negocio del nacimiento,
del amor
e incluso de la muerte.
Cuando abrió la discoteca,
me llevé a l@s cachorr@s
al coche llen@s
de globos y de mantas.
Regresamos al apartamento
de aparcamiento libre
sin que nada hubiera cambiado.
Os subimos a cuestas
reinando el cansancio,
el silencio y los pijamas.
Al día siguiente
arriba a la misma hora,
porque nos suda el coño
sea lectivo, festivo o vacacional.
Las rutinas son las que son
y estamos aquí para
intentar respetarlas.
Paseito por una costa edificada,
comida para llevar
y la promesas de unos helados
que cada vez se adelantan
más de temporada.
Por la tarde a la playa,
oliendo a crema
con unos bañadores
de invernadero,
los cuáles,
también se adelantan
cada vez más
a su temporada.
Fresas todo el año,
bañadores casi todo el año.
Un planeta sin retorno.
La arena, el agua, las olas,
la paloma tristemente llora.
Gaviotas gárgolas
y el descubrimiento consciente
de la inmensidad del mar.
Si la primera playa gestacional
de Enzo fue en Valencia
y la terrenal fue en Galicia,
Gala cerró el círculo
haciéndolo al revés,
siendo la gestacional en Cantabria
y la físicamente material
en el levante.
Nos dijimos
de tomarnos en serio
eso de ir más a la playa
por l@s niñ@s,
sin la necesidad de pasar
la solicitud por registro.
Las Terras Míticas
de allí por donde pasamos,
acompañadas o a solas,
irreversiblemente
buenas viajeras
y personas,
para aprender de los nuevos lugares,
lo que nos falta en nuestro día a día.
Regresando
paramos en La Roda,
pero ni l@s rodenses
fueron just@s,
ni los miguelitos
han vuelto a ser los mismos.
Fuimos a una boda
y nos volvimos
con una bonita playa
y unas cuantas historias.
_De nuevo al Levante_
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