sudaderas y chaquetas
en el suelo del patio del cole
abandonadas, olvidadas.
Como si fuesen invisibles,
día a día
siguen en el mismo sitio,
inmóviles, invariables,
nadie las recoge,
nadie las reclama.
Como las cunetas
de España,
llenas de fosas comunes
esperando a que alguien
las encuentre.
Pareciera que ni el conserje
ni las familias
sufriesen las pérdidas.
Y día a día
me empeño en levantarlas
sobre algún poyete
como si eso les diera
algo de dignidad.
Tan diversas ellas
en sus colores
como en sus tallas,
ni siquiera encuentran alivio
en consigna de objetos perdidos.
Es lo primero que hago
cuando nos vamos
acercando al cole;
pensar en ellas,
como si eso ayudase en algo.
Pero ayer leí que,
en un futuro,
seguramente muy lejano,
cuando ya se pierda la cuenta
de las generaciones que han pasado,
alguien,
en un momento determinado,
te pensará por última vez,
y desde ese preciso instante
nadie se volverá a acordar de ti.
Durísimo pero cierto.
Recientemente hemos visto
a parguelitas cantando
que ojalá volviéramos al 36;
y a una manada entera
subiendo las persianas
de sus habitaciones
con aliento de instinto
para violar y someter
a las mujeres.
Precisamente con el discurso
de hacer que olvidamos,
para disimular el blanqueamiento
de crímenes contra lesa humanidad.
Por eso me niego
a dar por perdidas metafóricamente
esas chaquetas y esas sudaderas.
Porque quiero que mis hij@s
sepan de dónde vienen
y adónde pueden ir
con el debido respeto,
con la memoria intacta
de los máximos cuidados,
con el respeto sagrado
de los derechos humanos.
El día que se olviden
una sudadera en el patio
del colegio,
iremos por la tarde juntas,
dadas las manos,
para recuperar lo que es nuestro,
para hacer justicia
ante tantas desigualdades,
para equiparanos y apoyar
a aquella personas
que sufren discriminación diariamente.
Aunque llueva, aunque truene,
aunque sea de noche,
aunque hiele, aunque abrase,
aunque sea domingo, festivo
y vacaciones,
siempre me acordaré de vosotras,
siempre os tendré en mente,
chaquetas y sudaderas de toda España.
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