domingo, 9 de octubre de 2022

Me cago en el demonio

Hasta siete veces
se cagó en el demonio
la mujer que subió
al autobús.

Primero porque creía
que el autobús se le iba;
luego porque los precios
siguen inflándose;
la tercera porque le habían
puesto el médico
en Vallecas en lugar 
de en Moratalaz;
a la cuarta desconecté.
Porque llevando razón,
era de estas personas
que se queja en alto
sin mirar a la cara
para que todo el mundo
se entere,
como queriendo
llamar la atención
estando dentro
de la seguridad
que te proporciona lo colectivo.

Insisto en que,
aunque llevará razón
y compartiese sus conjuras,
su voz era desagradable
y sus formas desprendían
cobardía.
Como quien peca de día
y por la tarde va a misa.
Como quien, por amargura
y falta de habilidades,
la paga con l@s más débiles.
Como quien con su grito,
anula las voces serenas y tristes,
que son muchas más,
pero no hacen tanto ruido.

Me pregunto si cada dios
tiene su demonio
antagónico
y si cada demonio
tiene su dios que le confronte.
En todo caso,
la ofensa para l@s que se ofendan.
Porque además,
lo cortés no quita lo valiente,
y el busero, un currito como tú
y como yo,
no tiene la culpa de nada.

Así que sí, señora.
Sufro con usted
que quiten autobuses
de la línea;
sufro con usted
el gran peso económico
de las cesta de la compra;
y sufro con usted
que no haya citas
en el Centro de Salud del Barrio.
Tomemos un café
mientras nos cagamos en el demonio,
o en dios,
y encendámonos las antorchas
para salir a la calle
y prender la mecha
que lleva demasiado tiempo mojada.

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