se cagó en el demonio
la mujer que subió
al autobús.
Primero porque creía
que el autobús se le iba;
luego porque los precios
siguen inflándose;
la tercera porque le habían
puesto el médico
en Vallecas en lugar
de en Moratalaz;
a la cuarta desconecté.
Porque llevando razón,
era de estas personas
que se queja en alto
sin mirar a la cara
para que todo el mundo
se entere,
como queriendo
llamar la atención
estando dentro
de la seguridad
que te proporciona lo colectivo.
Insisto en que,
aunque llevará razón
y compartiese sus conjuras,
su voz era desagradable
y sus formas desprendían
cobardía.
Como quien peca de día
y por la tarde va a misa.
Como quien, por amargura
y falta de habilidades,
la paga con l@s más débiles.
Como quien con su grito,
anula las voces serenas y tristes,
que son muchas más,
pero no hacen tanto ruido.
Me pregunto si cada dios
tiene su demonio
antagónico
y si cada demonio
tiene su dios que le confronte.
En todo caso,
la ofensa para l@s que se ofendan.
Porque además,
lo cortés no quita lo valiente,
y el busero, un currito como tú
y como yo,
no tiene la culpa de nada.
Así que sí, señora.
Sufro con usted
que quiten autobuses
de la línea;
sufro con usted
el gran peso económico
de las cesta de la compra;
y sufro con usted
que no haya citas
en el Centro de Salud del Barrio.
Tomemos un café
mientras nos cagamos en el demonio,
o en dios,
y encendámonos las antorchas
para salir a la calle
y prender la mecha
que lleva demasiado tiempo mojada.
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