otra vez.
Qué desesperación
la de volverte a ver
en el fango.
Qué decepción
para con uno mismo
pese a haberte esforzado mucho.
Qué dramático todo
lo que te rodea
cuando sientes
que la vida es algo
insoportable.
El otro día escuché
a un niño decir
'que le dolía el cerebro'
a modo de juego.
Es justo eso.
O debe serlo.
Cuando la cabeza
te hace clic
y sientes que todo
se descontrola.
Que descarrillas sin remedio
y tienes la sensación
de que has arrollado
a tod@s l@s que están a tu lado.
Pero no es más
que una sensación de exageración
que exacerba todo
lo que te parece dramático.
Es una de las tretas
de cuando la salud mental
se te pone en contra.
Cuando lo que brotan
son hierbas malas
con un forraje del pasado
que te atormenta desde
que eras niño.
Secuelas de un
planeta corrupto
y un@s adult@s
que no supieron,
o pudieron,
estar a la altura.
Por tanto, el desastre es máximo,
casi inevitable,
determinante a la hora
de joderte la vida.
Así que subes los cinco pisos
a tientas y dando
pequeños saltitos,
con más miedo que nunca
y pesando la decepción
cada vez más
con cada peldaño
que superas.
Las voces son insoportables
y los delirios
sólo son evasivas
que no conducen
a ninguna parte.
Y lo sabes, pero no puedes
hacer nada por remediarlo.
Esos pensamientos
del infierno
que solo te llevan
a querer sentir más dolor,
porque piensas que te lo mereces,
porque crees que así
se solucionará todo,
porque el hecho de dejar
de existir,
se convierte en posibilidadd de cambio.
Pero tranquilo,
yo no estoy para juzgarte,
ni siquiera estoy
para hacerte preguntas,
ni para atajar respuestas
en medio de una crisis.
Yo estoy para abrirme en canal
y que cojas cada parte de mí
que creas que necesitas.
Para regalarme entero
y desnudo
a tus demandas recurrentes.
Para callarme
y estar en silencio
captando culaquier detalle
que sea importante.
Para ser tu camisa de fuerza
llegado el caso.
Estas por encima de mis hij@s
si tienes cualquier emergencia,
porque ell@s están bien,
ell@s pueden esperar
y les acompaña
mientras tanto,
en mi ausencia,
su madre.
Así que me desprendo
de todas mis obligaciones
para irme contigo
al final del mundo
o al final de la oscuridad
de cualquier habitación.
Y compartiremos pastillas
y pesares.
Y nos transferiremos el dolor
cuando ya no podamos más con él.
Y seré tu terapia
no profesionalizada,
porque no seré experto
en nada,
pero acompaño
hasta las trancas
por encima de cualquier inclemencia.
Y además soy el mejor
para hacerlo, al menos,
para contigo.
Siempre has llamado a mi timbre
y siempre podrás seguir haciéndolo.
Cerraré las ventanas
a cal y canto
y ensayaremos
juntos el grito
que consiga desahogarte.
Seré tu saco acolchado
que amortigüe
cualquiera de los golpes
que necesites dar.
Ya está bien de puntos
en las manos
cuyas heridas
nos recuerdan
lo mal que lo hicimos en su día.
Y nos fumaremos
la casa entera
hasta que no nos quepa
más humo.
Y tocaré fondo contigo,
pero siempre
con la otra mano sujeta al filo
para intentar salvarnos los dos,
o ninguno.
La enfermedad mental
ha atravesado mi vida
personal y profesional,
y no habrá ambulancia,
ni policía,
ni equipo médico,
ni pamadres
a los que esperar,
si lo que quieres
es que crucemos esa puerta
de la mano.
Una puerta aterradora,
pero que será, sin duda,
el principio
de cualquier posible recuperación
con la que sueñes.
_A él. A quien más veces
he fallado y con quien más veces
me he redimido. Él sabe quién es_
No hay comentarios:
Publicar un comentario