El viejo
arrastra
su bastón
como la
poca vida
que alienta.
Su mirada
de cristal
con ojos
lacrimógenos
combatiendo
la bomba de gas.
Un cuerpo
inestable
y torcido
que apenas
avanza
porque
su carga
ya pesa
demasiado.
Lento como
una tortuga
y con
movimientos
delicados
se consolida
como parte
importantes
del paisaje
descolorido.
Cada arruga
y mancha
de su cuerpo
legitiman
su presencia
en este mundo
olvidado
de provisiones.
Ya no es
futuro,
solo una gota
precaria
de agua
que se consume
al sol con
determinación.
Pasea ausente,
como perdido,
intentando
recordar
cómo había
llegado hasta
aquel momento,
el día
en el que
un joven
se fijó en él
como el
adolescente
que por
primera vez
desnuda
su cuerpo
para ofrecerse
a otra piel
con ansiadas
ganas
de ser tocada.
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