Me sé su cuerpo
como el que
se sabe las
tablas de multiplicar,
de memoria.
Mi rincón favorito.
Mi refugio secreto.
El infinito de tus huesos,
cada recoveco
propicia la cueva
para ivernar.
Alfombra de pieles
y vello
para hacerse cosquillas
eternamente.
Juro que lo he
estudiado
como si fuera
el examen final
de mi vida.
Y aprobé
y lo probé
como si fuera
el último bocado,
dientes de guerra,
lenguas retadas,
encajadas
perfectas
en hoyuelos.
Mi itinerario
vacacional,
mi laberinto
nocturno,
mi regalo
diario,
mi sorpresa
sin envolver.
Aquel día
que me fui
de excursión
explorando
tus relieves
y me perdí
aposta,
para no volver
a sentirme solo,
pero si único.
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