Apostaría mi vida
a todos los besos
que se dan
en una escuela.
El sentir de los
cuerpos pequeños
y las miradas
de abajo
hacia arriba.
Rincones ocupados,
privilegiados,
íntimos,
cercanos.
El vínculo
que nos une,
el apego
que no tolera
distancias.
La búsqueda
del encuentro
definitivo,
la literatura
reposada,
los acordes
enredados.
No hay dolor
para las flores
arrancadas,
ni cortinas
echadas,
solo luz
que entra
transparente
por la ventana
del aula
venida a más,
como el hogar
caliente
desde el
sentimiento
de pertenencia
se arraiga
como el
cordón umbilical
del hijo a la madre.
Lugar de acogidas
y bienvenidas,
afectivas,
festivas,
compartidas.
Lo dicho,
me apuesto
la vida
entera
a todos
los besos
que se dan
en una Escuelita
a lo largo del día,
durante la travesía
del tránsito
hacia la madurez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario