aunque todavía no lo sientan,
aunque todavía no lo sepan.
El día que me muera
os vendréis l@s dos
a dormir a mi lado
en mi primer día de ausencia.
Y recordaréis entre lágrimas dolorosas,
la de veces que os acompañé
las madrugadas.
Como aquella en que fui a veros
con mi café ☕ caliente
y estabais en la litera
de arriba haciendo la guerra,
cómplices de trincheras
en noches antifascistas,
porque vosotr@s sí que sabéis
cuál es el lado bueno de la historia.
Fue el día, o más bien la noche,
en que superasteis la norma
de pedir permiso
y espontáneamente tomateis
vuestras propias decisiones,
con autonomía e independencia
de lo que fuera a opinar yo.
También con alevosía
y una fuerte alianza
donde hicisteis las paces,
firmasteis la tregua
y avanzasteis en bloque
internacionalistas.
Qué bella imagen
la de verse superado,
también sorprendido
y no dar crédito
a que mi mundo
no siempre es el que planifica,
si no que a veces,
espero que muchas,
fue y será el que descubra puro
un paisaje fascinante.
Las estrellas 💫,
invisibles en nuestras ciudad hostil,
se desgañitabam divertidas
por las rendijas de la persiana.
Porque también tenéis
alma de gat@, visión nocturna
y unas garras poderosas
para agarrarse y aferrarse
a lo que más necesitáis,
vuestra hermandad.
Os escribo en vida,
suponiendo mi muerte
y mi velada,
tan reconfortante
como sentir una presencia
sin mediar palabra.
Cada noche un terremoto,
cada despertar una erupción 🌋
volcánica
y cada levantarse
como una desembocadura
de varios afluentes
en un mar común, fiero
y expandido.
Est@s somos mis hij@s y yo,
cómplices,
nunca equidistantes.
Quién nos conozca lo sabe,
y si no lo sabe
es que no nos conoce.
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