jueves, 23 de enero de 2025

¿Sabes qué? Parte II

Mi hijo me lo confirmó.
Llevaba razón 
el otro día 
cuando estuvimos
hablando de los años
que estaríamos 
dándonos la mano 🫱.
Justo una semana después 
estaba yo tomando un café ☕ 
mientras les observaba
darse la mano.
El de 28 años con el
pulgar hacia arriba
y el de 67 rodeándolo
con toda la palma de su mano
y todo el tacto del planeta
reunido ente sus yemas.

Me enterneció aquella imagen
por la paciencia exhibida,
por el compromiso intacto
y por la ausencia 
de cualquier pudor 
adulto que suele
echar las cosas por tierra.
Me sorprendió la imagen
por no ser habitual,
por no estar acostumbrado 
a captar expresiones
de cuidados
tan puras y desmedidas,
como si no les importase
lo que pensase el resto,
dando igual el que dirán 
y sin pizca de remordimiento.

El vaticinio de mi hijo
resulta extraordinariamente 
aleccionador
cuando comprendes 
que, seres mucho
más pequeñ@s que tú,
no solo te enseñan cosas,
sino que llevan razón en lo que dicen.
Y esas mismas cosas,
contra todo pronóstico,
se cumplen.
En nuestro caso
no fue mi hijo conmigo,
sino su abuelo y su Titi.

La vida no tendría que
ir mal para ser capaces
de hacer este tipo de cosas,
sino todo lo contrario,
mientras mejor nos vaya,
más motivos tendríamos 
para darnos las manos.
Pero esto no funciona así 
por desgracia,
igual que el juego
como motor de aprendizaje 
cuando dejas de ser niñ@,
el hecho de darse la mano
necesita estar justificado
cuando ya eres adult@.
Esto es un error de manual.

Hubo una pregunta ❓,
se produjo una reflexión,
se concluyó una respuesta,
se creó una emoción,
se lanzó un pronóstico,
se cumplió un propósito 
y me demostró que llevaba razón.
¿Cada cuántos días 
le damos la razón 
a las personas que nos quieren?
Cada demasiados días.

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