de la noche en que
cambiamos de año,
le ví rizarse el pelo
como cuando era pequeño,
como cuando
con pelos y señales
nos decía a gritos
que necesitaba dormir.
También pasó
que dormimos a solas,
él y yo,
en una cama
que nunca será lo suficiente grande
como para no tocarnos,
sobre todo él.
Dormimos poquísimo
durante aquel tránsito
del 24 al 25.
Pasadas las 3 de la madrugada
concilió el sueño
después del cuento.
A las 6.30 se hurgó
la nariz y sangró
como un cochino.
A las 08.30 nos levantamos
reventados de una cama
que nos aporta
más bien nada.
¿Cuántas veces
me enfadé por el madrugón
y cuántas veces
me levanté antes
por barruntarlo?
Seis años para definir
lo que significa
una noche para nosotros.
Y lo tenemos claro:
no vale de una mierda.
Pese a ello, las señales
de cansancio
se manifiestan
y se toca el pelo
como señal de auxilio.
Era más tierno
cuando lo hacía
entre mis brazos,
pero sigue siendo
igual de bonito
aunque ya no quepa.
Ya tiene cuerpo de niño,
cuerpo de niño grande
quiero decir,
pregunta por el significado
de las palabras
y es contestatario.
Crece rápido e intenso,
duro y fuerte como un roble,
seguro y con buena autoestima.
Ese rulo que se hace
con su pelo
sé que se lo va a hacer
toda la vida,
incluso cuando sea adulto
y se reconozca
con miedo en ovillo 🧶.
No te lo he dicho,
pero ha sido un auténtico placer
pasar de año a solas contigo.
Me gustaría que al leerlo,
dijeras en alto
la edad que tienes
y deshagas todo
el camino
para intentar volver,
aunque solo sea un instante,
a aquella última
y primera noche del año.
Te estoy hablando a tí,
hijo del futuro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario