Toda la autenticidad
que regala con sus gestos
y la verdad absoluta
dibujada en su cara.
Quién la conozca sabrá
de lo que hablo
y podría poner tantos ejemplos
y metáforas como
los que yo pienso relatar
ahora mismo.
El mapa geográfico
compuesto por ojos, cejas,
boca y pliegues,
es el único
que me he aprendido
asimilando el contenido
a través de la memoria.
El resto solo fueron
ríos y capitales
que en su día me supe
y que ahora divago
con serias dudas.
Cuando las cuencas de sus ojos
se dilatan
como si estuvieras
a punto de ver la cabeza del
bebé en el expulsivo,
quiere decir que está sintiendo
a lo grande,
tan significativo y magnificado
para ella,
que nadie sería capaz
de inoportunar
su sospresa.
Es ahí cuando te das cuenta
de que tú,
como persona adulta,
has perdido toda la magia
de los momentos previos
a un descubrimiento nuevo,
que más allá de su relevancia,
ella se lo toma
como algo único y exclusivo
de todo lo que está ocurriendo
a la vez en el mundo.
Esta es la diferencia
entre la impasividad
y lo que te deja huella
de forma perenne.
Es lo que define
tu actitud de estar dispuesta
y disponible,
o por el contrario,
la indiferencia
de no darse el permiso
de vivir pasionalmente.
Es la envidia que me corroe
y el orgullo de aprender
de una maestra
de año y medio escaso.
Ya no es solo que sea consciente
de que cualquier
momento o situación
es susceptible de ser acogida
con alegría, comprensión
y conocimiento,
es el hecho de compartirlo
independientemente de quien
la acompañe,
regalándonos a todas,
a cada una de ellas y nosotras,
un saber tan potente,
que una no puede negarse
a rechazar.
Verla es como una droga
a la que eres adicta
y no puedes dejar de consumir.
Es de esas cosas inevitables
por las que te llegas a sentir culpable,
pero de la que no tienen
ningún tipo de escapatoria.
Sin ser consciente,
seduce y atrae
hasta a las personas
que se creen impunes
en esto de sentir
y hacer que sientan.
Una especie de serpiente
encantadora
cuyos movimientos
hipnotizan
hasta conducirte a un final,
que de manera pactada,
asumís con solidaridad.
Es tan comunitaria y asertiva
pese a su inmadurez,
que cualquier vecina necesitada,
con su colección de mediocridades
y vulnerabilidades,
podría llegar a sentirse
como en casa.
Es tan impactante
fijarse en ella,
que resultaría imposible olvidarla.
Es tal el espectáculo,
que la cartelera de la Gran Vía
te parecerá de segunda categoría.
Cuando hablamos de
huellas, marcas o cicatrices,
nos referimos
ni más ni menos,
a las huellas imprimadas
sobre la superficie corporal
para dejarse colorear
con una actitud tan libre
y asiente de prejuicios,
que solo te queda
que darle las gracias
por tanta amabilidad.
Menuda investigación
la de aprenderse cada uno
de sus gestos y expresiones
para que te los regale,
humilde y desnuda,
sin esperar nada a cambio.
Qué suerte, cuates.
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