viernes, 27 de octubre de 2023

La balada fugaz de Córdoba

Volvemos a la ciudad
en la que un día
soñamos casarnos.
La de la fotografía eterna
donde encajan todas
las piezas menos una
porque se la comió
nuestra perrita.
La que ya conocen
y heredaron nuestr@s hij@s
por el compromiso firme
de enseñarles todo lo bueno.
Ay mi Córdoba bonita,
la que tanto duele en verano
y la única que calma
en el resto de estaciones.

Un finde exprés
para ir de boda
cuatrocientos kilómetros
para abajo,
cuatrocientos kilómetros
para arriba.
Ni veinticuatro horas enteras
pasamos en la Calle Alfaros,
muy cerquita del
Palacio de Viana
y a nueve minutos
de la Plaza de la Corredera.
Plaza donde se juntaron
Sevilla Este, Málaga, 
Móstoles y Vicálvaro
entre flamenquiness,
berenjenas
y pulseritas de España.

El califato de Anguita
donde todo es menos amable
desde que no existe su presencia.
Torrija al sol,
cafés para llevar
y un desayuno industrial
para la mañana siguiente.
Nunca fue tan peligroso
afrontar la bajada de un parking
con curva cerrada hacia la izquierda,
porque bajar de nivel, de planta
o de clase,
nunca ofrece ningún
tipo de privilegios.

Duchitas, maquillaje
y peinados
para intentar estar a la altura
aunque dependiendo
del tipo de altura,
a veces nos de vértigo.
Salimos a la calle
camino a la Iglesia de Santa Marina
del Siglo XII,
mientras enmendamos
los errores de la semana.
Los primos, las primas,
los titos, las titas
de un pueblo campesino y ganadero
golpeado por la guerra.
También desconocid@s,
gente de alta cuna,
patillas, barbas perfiladas,
rayas en medio,
rayas en baños,
y más banderitas,
que no falten las banderitas.

Me tomé la primera 
y última copa
entre paisanos borrach@s
y ajen@s a la boda
que se amontonaban curios@s
en la salida de la iglesia,
donde había un bar con terraza
que enmarcaba una foto
donde un día les visitó Franco,
uno de los seres más repugnantes
de la historia viva y patriótica
del país,
que ahora pretende ser emulado
por otra banda de fantoches
que tienen más votos 
de los que se merecen.

Me alegró muchísimo
ver a mi familia de la infancia,
de los veranos en el pueblo,
de personas que siempre
me acogieron y me trataron
con cariño.
También a mi familia de pura sangre,
como si fuéramos caballos de raza
reunidos en una caballeriza,
cada una con su cuadra.
El resto ya se puede imaginar,
una boda que excede a la del
tres de marzo,
superando en comida y bebida
pero nunca en emociones,
pero cada una tiene la suya
y la propia es la más importante.

Así que en medio del baile
y la barra libre
nos fuimos a dar un paseo
al patio de naranjos
de la hacienda de la Albadia,
donde nos mezclamos con
la oscuridad más absoluta
y el frio de la madrugada
para experimentar adolescentes
la soledad entre tanta gente.
Un autocar de vuelta 
a la ciudad maravillas,
donde mi madre negoció
con el conductor las paradas
obligatorias.
Me vi reflejado e identificado
en la inercia, el empuje y la iniciativa,
al fin y al cabo, venimos
de donde venimos.

Regresando a Madrid
hicimos terapia a 150 km/h.
Pensábamos en nuestr@s cachorr@s,
en nuestras figuras de referencia
y en un futuro tan incierto
como poco halagüeño.
Cuando llegábamos,
la lluvia nos rozó de soslayo
y supimos que la sensación
de volver a casa
no tiene que ver con las ciudades,
sino con las personas
que te vas a reencontrar de nuevo.
Mi Córdoba, espéranos pacientes
a que te follemos
en la próxima visita.

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