y de Móstoles al suelo,
pero las palomas
te cagan desde todos los sitios.
Son periféricas y centristas,
veletas de cualquier árbol
que les de cobijo,
así que vivas donde vivas,
las sombras siempre
estarán al acecho.
Puede que las calles
estén más o menos limpias,
los parques más o menos cuidados,
los contenedores
más o menos vacíos,
pero el daño urbanístico
se hace presente
cuando ya ni los semáforos
valen para regular el tránsito.
Habrá más o menos banderas
(trapos sucios),
ropajes venidos a más
o venidos a menos,
carros de supermercado abandonados
y pinzas caídas en el olvido,
se llame como se llame la calle.
Más o menos sitios para aparcar,
pero siempre demasiado coche.
Un ruido interminable
que no descansa en madrugada
y una contaminación constante
y parte
de todo lo que va
a ser respirado.
Pintadas amater en las paredes,
escupitajos en las aceras,
papeles volando
entre fuentes artificiales.
Baldosines levantados,
alcantarillas con sabor a pozo
y marquesinas
que no se han rehabilitado en años.
Como las fachadas y los balcones
por los que la gente salía
a hacer sus homenajes superficiales.
Luces de neón
y cantos de sirena,
casas de apuestas en auge
y personas sin hogar
susceptibles de ser carne
para nazis.
Pasos de cebra equidistantes
con mensajes sobre magdalenas,
calles peatonalizadas
que no respeta nadie,
recorridos hacia los coles
donde nadie
aprende a quererse.
Ya no caen pelotas
cuesta abajo
hacia las estaciones.
Bancos miserables,
los de madera
y los que fueron
rescatados con dinero público,
edificios oficiales poco amables
y barracas policiales
donde ya nadie hace nuevas amistades.
Gatos callejeros
con un solo ojo
por la maldad del hombre,
farolas apagadas
e invasión de cristales.
Cacas de perro
en el campo de batalla,
Cayetanos cuales minas
pises donde pises,
ya no se hacen barricadas ni trincheras,
los ricos y sus búnkers,
las borracheras.
Los conejos ya no duermen
ni de noche
por la deforestación
de arbustos, plantas y árboles.
Cucarachas venidas
de todas partes,
en Metro, en Uber,
en ambulancias.
Colas del hambre,
canchas de fútbol guateque,
carriles bici inexistentes,
plaga de runners.
Ya no hace falta
ser gitano
para buscar chatarra
y quien roba
nunca tuvo la piel morena.
Bares casposos
votando leyes
que les resultan en contra,
Centros de Salud precintados
y en cuarentena,
comercios en decadencia,
Amazon en la puerta de tu casa
y la condena de la tendera.
Las eléctricas llamando
en la hora de la siesta,
las inmobiliarias colándose
en los portales
y los testigos sectarios
captando navegantes.
El infierno de las ciudades.
Aquí nadie recicla
porque nos hemos tragado
el bulo de que para la ley
todas somos iguales.
Telefónicas, ruters y plataformas.
Maratones de series
en las pantallas
porque no nos sabemos
el nombre de las flores
que se ven por las ventanas.
Patios que son cárcel.
Iglesias subvencionadas
y trompos en las rotondas.
Carreras ilegales,
hordas de cuñados
y falsos autónomos a raudales.
Solo vamos a los coles
en días de votaciones.
Cada vez más muros,
verjas y alambradas.
Alturas metálicas,
asientos de hierro
y pinchos de punta afilada
para que se te quiten las ganas.
Luego decimos de los botellones
y las libertades.
Rejas-barrotes.
Carteles del odio
y mecánicas gentes,
como Galeano,
que ponía el adjetivo
por delante.
Asociaciones de vecinos
con las mismas personas
de hace cuarenta años,
huertos urbanos oasis
y plenos municipales de circo.
Cada vez más concertados,
franquicias capitalistas
y encargados tiranos.
Una población envejecida
y una juventud adormecida.
Barrios derechizados,
barrios residenciales
asépticos
y descampados urbanísticos
bien delimitados.
Es verdad
que ni Madrid ni Móstoles,
estamos perdidas
en todas estas ciudades.
_A Jarocho_
Nota de autor: Un texto de cuyo título no puedo apropiarme XXX
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