los dolidos,
los fieles,
los indiferentes,
incluso
los morbosos.
¿Lugar?:
donde
los veranos
de mi infancia
y primera
adolescencia.
Ofició el tiro
un cura extraño
de tierras lejanas
y acento desconocido.
Hacía calor
en aquel cementerio
de mármol,
tierra y flores
lleno de difuntos.
El cura sermoneaba
aleccionándonos
a no perder la fe
ni el amor
por cristo
y pensé
en lo poco
que nos importaba
a algunos
aquel responso
religioso.
¿El motivo?:
la despedida
de un hijo,
de un hermano,
de un tío,
de un primo,
recogidos
sus restos
en una urna
que iba a ser
depositada
junto a la
de su padre
veinticinco
años después.
Reflexioné
sobre si mi Tito
había sido
creyente/practicante
en vida
y si estábamos
respondiendo
a su voluntad,
pero los muertos
una vez muertos
importan bien poco.
Los presentes
contestaban
a las plegarias
del cura con exactitud
milimétrica:
"Amén",
"Te rogamos señor",
"Perdona nuestras ofensas".
Yo sudaba
por dentro y por fuera,
la rabia y los sueños.
Llegando al final
de la ceremonia,
el agua bendita
contenida en un
recipiente de plata,
fue lanzada y repartida
al público
colocado
en semicírculo.
Cuando vi
acercarse
el chorro divino,
lo esquivé
apartándome
con un movimiento brusco
del que todas las miradas
estuvieron atentas.
El cura,
entre la
sorpresa y el bochorno,
desistió de bendecirme,
y menos mal,
porque más de uno
me hubiera pisado el rabo,
y otros tantos
me habrían
puesto los cuernos.
Cuando todo
aquello terminó,
me acerqué a mi
otro Tito,
hermano del fallecido,
le besé,
y al oído le dije:
- "Lo siento mucho, que la tierra le sea leve"-.
Nos miramos
emocionado
y ateos
sabiendo
que aquella
"fiel" despedida,
no pasaría
inadvertida
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