que duerme lejos de casa
en una cama
que no le resulta familiar.
Él no lo tenía claro,
pero sus referencias vimos
el hueco, la posibilidad
y la oportunidad de hacerlo,
así que le dimos
un empujoncito
de esos que das
con suavidad y cariño,
ejerciendo fuerza
con la cadera
para intentar desplazarle unos centímetros.
Quienes conozcáis
la vergüenza y el pudor,
os sonará de lo que
estoy hablando.
Todas estábamos
con unos nervios terribles,
algunos miedos sobrevolando
y un puñado de dudas
cerrando el círculo.
Pero la decisión consentida
estaba tomada.
Aquella noche rara
la afrontamos
como pudimos,
con una extrañeza
a la que no estamos acostumbradas
e imaginando
comoy lo estaría llevando.
No era sufrimiento,
era una especie de pena
aliñada con nostalgia
por el hecho de hacerse mayor
con cada día que pasa.
La cachorra aprovechó
el momento
para vivir unas horas
en exclusividad,
sin el rabillo del ojo alerta.
Incluso la durmió mamá
con una ruptura total
de nuestras rutinas y rituales.
En cierta manera
yo me deshacía
en polvo mágico
y un líquido indescriptible
mientras preparaba la cena.
Pensé en la ausencia
de besos
de esa parte
que siempre fue y será la primera.
Por eso me desquité
por la mañana
abrazándole fuerte,
apretándole desmesuradamente
para intentar transmitirle
que vivo o muerto,
siempre estaría con él.
Algo complicado
para las edades que manejamos,
pero siempre procedente
tanto en cuanto
hablamos sobre
la expresión pura
de los sentimientos.
Una litera a medias
y una noche más tranquila,
pero con unas connotaciones
tan raras que iba a resultar
imposible conciliar en calma.
Me faltaba el cuento,
la carga del peso
sobre mis hombros,
sus palabras sagradas
y el beso en la boca.
Tampoco hubo canción
ni movimientos tectónicos
en el colchón.
No hubo latigazos corporales
ni respiraciones saciadas.
Nadie se arropó aquella noche
hasta los últimos pelos
de la cabeza.
Esa vez, al despertar,
no ocurrieron esos segundos
en los que tarda en arrancar
la actividad cerebral.
Directamente pisé
con firmeza el suelo frío
de la madrugada
y fui a la habitación
consciente de que su cama
no estaba desecha.
Le eche aún masy de menos
si cabe y deseé
que pasaran las horas
en un pestañeo tan efímero
como cuando la vida
se te pasa en un suspiro.
Una noche rara
como ninguna,
llena de logros
e incertidumbres,
repleta de sensaciones
agridulces
y con una ansiedad
difícilmente diagnosticable.
La superamos,
la superamos todas,
cada una a su manera
y con la mochila bajo tierra.
La primera de muchas
pero ninguna igual.
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