jueves, 9 de mayo de 2024

Una noche rara

Es la primera vez
que duerme lejos de casa
en una cama 
que no le resulta familiar.
Él no lo tenía claro,
pero sus referencias vimos
el hueco, la posibilidad 
y la oportunidad de hacerlo,
así que le dimos 
un empujoncito 
de esos que das
con suavidad y cariño,
ejerciendo fuerza
con la cadera
para intentar desplazarle unos centímetros.
Quienes conozcáis 
la vergüenza y el pudor,
os sonará de lo que
estoy hablando.

Todas estábamos 
con unos nervios terribles,
algunos miedos sobrevolando 
y un puñado de dudas
cerrando el círculo.
Pero la decisión consentida 
estaba tomada.
Aquella noche rara
la afrontamos
como pudimos,
con una extrañeza 
a la que no estamos acostumbradas
e imaginando
comoy lo estaría llevando.

No era sufrimiento,
era una especie de pena 
aliñada con nostalgia 
por el hecho de hacerse mayor 
con cada día que pasa.
La cachorra aprovechó 
el momento
para vivir unas horas 
en exclusividad,
sin el rabillo del ojo alerta.
Incluso la durmió mamá 
con una ruptura total
de nuestras rutinas y rituales.

En cierta manera 
yo me deshacía 
en polvo mágico 
y un líquido indescriptible 
mientras preparaba la cena.
Pensé en la ausencia 
de besos 
de esa parte 
que siempre fue y será la primera.
Por eso me desquité 
por la mañana 
abrazándole fuerte,
apretándole desmesuradamente 
para intentar transmitirle 
que vivo o muerto,
siempre estaría con él.
Algo complicado 
para las edades que manejamos,
pero siempre procedente
tanto en cuanto 
hablamos sobre 
la expresión pura 
de los sentimientos.

Una litera a medias 
y una noche más tranquila,
pero con unas connotaciones 
tan raras que iba a resultar
imposible conciliar en calma.
Me faltaba el cuento,
la carga del peso
sobre mis hombros,
sus palabras sagradas
y el beso en la boca.
Tampoco hubo canción 
ni movimientos tectónicos
en el colchón.
No hubo latigazos corporales
ni respiraciones saciadas.
Nadie se arropó aquella noche
hasta los últimos pelos 
de la cabeza.

Esa vez, al despertar,
no ocurrieron esos segundos 
en los que tarda en arrancar 
la actividad cerebral.
Directamente pisé
con firmeza el suelo frío 
de la madrugada 
y fui a la habitación 
consciente de que su cama
no estaba desecha.
Le eche aún masy de menos
si cabe y deseé 
que pasaran las horas 
en un pestañeo tan efímero 
como cuando la vida
se te pasa en un suspiro.

Una noche rara
como ninguna,
llena de logros
e incertidumbres,
repleta de sensaciones 
agridulces
y con una ansiedad
difícilmente diagnosticable.
La superamos,
la superamos todas,
cada una a su manera 
y con la mochila bajo tierra.

La primera de muchas
pero ninguna igual.

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