sábado, 17 de febrero de 2024

Muchas gracias, muchas veces

El otro día se lo escuché
decir a un argentino:
muchas gracias, muchas veces.

Nunca me sentí a su nivel,
ni al personal,
ni lógicamente al profesional.
De eso hace muchos años
pero nunca sufrí por ello.
Era tanta la admiración
y la posibilidad de aprendizaje,
que maduré con ella
20 años en apenas 4.
Estás un escalón por encima,
recuerdo que la decía,
aunque en realidad
pensara que eran varios.

Ella nunca se rebajó,
simplemente me aceptó
e interiorizó con humildad,
con la suficiente solidaridad
como con la que
te ofreces a la persona mayor
de tu bloque.
Su pelo rojo, su outfit moderno,
sus gafas, sus pendientes,
sus cigarros,
su manera de hablar.
Años después,
asenté todas aquellas vivencias
cuando ya apenas teníamos relación.

Me sirvió para situarme
y para situarla,
para echarla de menos
como la mejor de las amistades
que tuve nunca
y como el anhelo
de algo precioso
que ya no podría volver a tener
porque la vida
a veces nos distancia
sin explicación alguna
y no hay más respuestas que esa.

Me brindó en bandeja
conceptos, ideas
y ejes transversales
cómo feminismo,
sororidad y resiliencia.
También detalles básicos
de la teología.
Y un puñado de cuidados
sin saber que yo
los ejecutaría años más tarde
con mis furur@s hij@s.

Por aquella época
fue la primera vez
que me enseñaron
la palabra acompañamiento
y no solo eso,
sino que me dieron
las bases de cómo hacerlo
profesionalmente.
Fue Diego,
seguramente ella se acuerde.
Nos hicimos acopio
fuera del horario laboral
y nos acompañamos
en noches Interminables,
donde cada conversación
era una especie de regalo
como esa mano
que te ofrecen
para conciliar el sueño.

Tuvimos el mismo final,
el de un despido inesperado
que acabó con toques
conciliadores;
cada una lo llevó
a su manera,
pero nuestro tiempo,
aunque no quisiéramos
reconocerlo,
estaba llegando a su fin.

Después de eso,
nos hemos visto
unas pocas veces
que se cuentan
con los dedos de las 
dos manos.
Lo inteamos de veras,
pero la inercia
de dos caminos que toman
rumbos diferentes
es demasiado fuerte.
Fue como una especie
de duelo
donde viví
por primera vez,
todas sus fases.

La intervención social
nos conectó
en cuerpo y alma,
esa misma
que nunca he podido
desnudar
excepto con algunas
personas,
incluida ella.
Después,
un par de cafés en días sueltos,
una sesión de musicoterapia
y si boda,
el último gran evento
que compartimos
con toda la fisicidad
de nuestro cuerpo.

A partir de ahí,
algún mensaje esporádico
especialmente en los cumpleaños
y algún recuerdo
de los que hicieron
historia en nuestra memoria,
la huella más preciada
que nos dejamos.
Por último,
un texto.
Un texto tan inspirador
como doloroso
con un desenlace
que canta a la esperanza
y no,
no me refiero al mío,
no siquiera es mío.

No pretendo responder
a tus palabras
y ahora te escribo
en primera persona;
solo te recuerdo
lo que fuiste para mí
y lo que siempre serás
cambie o no cambie nada.
Tú eres presente
y nosotras somos pasado,
ojalá haya posibilidad de futuro.
Contigo descubrí
la gran asignatura pendiente
de esta sociedad,
la salud mental,
sin saber que desde 
mucho antes ya me estaba
acompañando en casa.

Por si sirve de algo
aunque quizá
no me corresponda,
estoy orgulloso
de tu recorrido,
de tu continuo
proceso analítico
y de tus conclusiones empíricas.
Si a alguien le deseo
que le vaya bien
en la vida y,
por primera vez,
más allá de ella,
es a ti.

Hermana,
muchas gracias,
muchas veces.
Ojalá siempre y después.

_A mi hermana EME_

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