nuestra vecina de abajo,
la del cuarto,
nuestro gato Clio,
el quinto integrante
de La Mariana
con el permiso de Aisha,
nos marca el inicio del día
sobre las 05.30.
Aquí no nos hacen falta
despertadores digitales
porque tenemos el biológico
en hora.
Esas primeras pisadas
acolchadas en la alfombra
del salón
junto a su desayuno tempranero
desgranando el pienso,
pareciera un ruido de obra
a las 12.00 de la mañana.
Cruzado ese umbral,
yo no tengo más tiempo
que perder durmiendo.
Arriba y a esperar,
porque son matemáticas
y son lentejas.
Los días con suerte,
me da tiempo a calentarme
un tanque de café
mientras preparo
el premonitorio biberón.
Me lío un cigarro
y preparo las tazas del resto.
Si sigo con suerte
me da tiempo ir al baño
y los días bordados
hasta me limpio
antes de que se despierten.
Escucho perfectamente
cada paso que da Palmira,
sus toses y sus exprimidores,
como si ella nos fuera
marcando el ritmo
que debemos ir cogiendo
según nos vamos activando.
A las 06.45 se abre
su puerta y comienza
un festival de llaves
y cerraduras anclándose.
Ruidos de escalones
al bajar que se van
desvaneciendo
con cada piso que se aleja.
A esta hora
ya suelen estar despiertos,
pero si no lo estuvieran,
yo ya estaría con mis
deberes hechos
sentado en su puerta
esperando el momento
de la llamada.
En fin de semana
Palmira no trabaja
y retrasa un poco sus tiempos,
pero cada día pienso en ella
como el mejor
de mis amaneceres
y el más solidario de mis despertares.
Generalmente,
antes de que se vaya Palmira
ya estamos despiert@s,
pero si no lo estuviéramos,
me parecería una buena hora
y un buen momento
para darnos el primer beso.
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