Este no habló
de situación
de desempleo,
ni de situación
de calle,
ni siquiera
de estómagos vacíos.
Solo bromeó
con nuestras
caras cansadas
y actitudes apáticas,
sin acritud.
Arrastraba
un altavoz
con ruedines,
un micrófono desgastado
y una gorra con
la visera hacia atrás,
justo como a mí me gusta.
No llegaría a
la treintena.
Su piel lisa
y morena
me lo dijo.
Sonreía con gusto
y hablaba
con verborrea.
Se le notaba seguro
de sí mismo,
descarado y confiado.
Con mascarilla,
eso sí.
Sudaba cuando
empezó a cantar.
Separó la tela
de su boca
y acopló la voz
iniciando un rap
que hablaba
de anhelos y sueños.
Hizo mención
a la decepción
y al dolor
de la mentira.
Habló de la chica
a la que deseaba
y de lo que sería capaz
de demostrarla.
También sobre
educación,
alcohol y sexo.
Sobre una sociedad
a medias
y sus gentes
incomprendidas.
De cuando
fue pequeño,
de su familia
y de una pésima
monarquía.
Me dejó impactado
y conquistado.
Para su sorpresa
y la mía,
le di un billete
de cinco euros
por no tener suelto.
Me dijo:
"Gracias hermano",
chocándome la mano
y proporcionándome
un abrazo pese
a la restricción.
Un acto puro,
exento de intenciones
premeditadas,
tanto el suyo
como el mío,
que nos permitió
regresar a casa
un poquito
más contentos.
_Al hiphopero del Cercanías_
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