domingo, 4 de octubre de 2020

El rap de la Renfe

 Este no habló
de situación 
de desempleo,
ni de situación 
de calle,
ni siquiera
de estómagos vacíos.
Solo bromeó
con nuestras
caras cansadas
y actitudes apáticas,
sin acritud.

Arrastraba
un altavoz
con ruedines,
un micrófono desgastado
y una gorra con 
la visera hacia atrás,
justo como a mí me gusta.

No llegaría a
la treintena.
Su piel lisa
y morena
me lo dijo.
Sonreía con gusto
y hablaba
con verborrea.
Se le notaba seguro
de sí mismo,
descarado y confiado.
Con mascarilla,
eso sí.

Sudaba cuando
empezó a cantar.
Separó la tela
de su boca
y acopló la voz
iniciando un rap
que hablaba
de anhelos y sueños.
Hizo mención
a la decepción
y al dolor
de la mentira.
Habló de la chica
a la que deseaba
y de lo que sería capaz
de demostrarla.
También sobre
educación,
alcohol y sexo.
Sobre una sociedad
a medias
y sus gentes
incomprendidas.
De cuando 
fue pequeño,
de su familia
y de una pésima
monarquía.

Me dejó impactado
y conquistado.
Para su sorpresa
y la mía,
le di un billete
de cinco euros
por no tener suelto.
Me dijo:
"Gracias hermano",
chocándome la mano
y proporcionándome
un abrazo pese
a la restricción.

Un acto puro,
exento de intenciones
premeditadas,
tanto el suyo
como el mío,
que nos permitió
regresar a casa
un poquito 
más contentos.

_Al hiphopero del Cercanías_

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