a la Yaya
y a sus
últimos días.
Un cuerpo
abatido
casi sin aliento;
inmóvil
en intenciones
y reacciones.
Su pelo blanco
de nieve,
eléctrico,
peinado
y brillante.
El pecho arropado
cuidadosamente,
imperceptible
a la subida
y a la bajada.
Por eso te
pusimos
las manos,
por eso te
destapábamos
de vez en cuando.
Parece
inexorable
tu partida
a las tierras
de los olivos,
a los campos
donde habita
el rebaño,
al pueblo jarote
donde te hiciste.
Te saludé
con mi hijo
en brazos
y gritamos
tu nombre
con respeto
y cariño;
pero estabas
tan agotada
que no obtuvimos
respuesta.
Tus huesos marcados,
tu piel hidratada,
el tacto de más
de noventa años.
-¡Yaya, qué hemos venido a verte!-
Y el te miraba
como se miran
las cosas nuevas,
como se mira
amable lo que uno
desea aprender.
Y cuando
el niño lloró
tú conseguiste
abrir los ojos.
Tenían un color
desconocido
para mi.
Te hablé contento
y me contestaste
sin articular palabra.
Quizás haya sido
nuestra última
conversación,
pero al menos
la tuvimos.
Y lo hicimos
mientras sujetaba
a mi hijo
y me acordé
de tu crianza
para conmigo.
Y supe
cómo tendría
que hacer
yo las cosas
ahora.
Otra vez
caíste
en un sueño
plácido,
como tu nombre.
Incapaz
de reaccionar
sabíamos
que nos escuchabas
y nos entendías.
Es lo único
que podíamos darte.
Acompañamiento
a través
de la palabra.
Me despido de ti
ante tu inminente
marcha que,
aunque dolorosa,
sonreímos
y te agradecimos
los cuidados,
el amor
y los años.
Qué suerte la nuestra
_A mi Yaya y sus hij@s_
No hay comentarios:
Publicar un comentario