Examina
mis manos
con una científica
actitud.
Con una
dedicación
trigonométrica
traza todos
los puntos
que nos unen.
Las miran
como se miran
las flores,
al cachorro,
al invento.
Me descubre
en una íntima
sesión de tocamientos
para descubrirse
a sí mismo.
Y se las lleva
a la boca
como si fuera
el postre
más dulce,
como el trago
de agua
que te devuelve
el aliento.
Sus ojos
se convierten
en dos planetas,
inhóspitos.
Y la distancia
de años luz
que nos separa,
la recorremos
en un suspiro,
es decir,
lo que tarda
una caída
de párpados.
Me cuenta
los dedos
para que nunca
me falte uno
mientras mueve
su boca pensativa.
Sus balbuceos
son la correción
con boli rojo
de todo
lo que me falta
más todo
lo que me sobra.
Me las coge
y me las suelta.
Para él
deben ser
como montañas
de arena
que se desplazan
por el desierto
cambiando el mapa
radicalmente
del día
a la noche.
Se fija
en las grietas
de lo que me
ha hecho daño
y se entretiene
en los pliegues
que hacen
las veces
de muelle
emulando
el balanceo
del columpio
de un parque
al caer la tarde.
Nuestras manos
se tejen
artesanalmente
como la tela
de araña
que sostiene
las manos.
Se ensartan
perfectas
como el bizcocho
a su molde
como el recién
nacido
a la madre.
Nuestras manos
podrían
ser un texto,
lo último
que escribiría
para poder
morir tranquila.
Tus manos
y las mías
sumarán
todo lo que
pudimos hacer,
e hicimos,
pero con el doble
de intenciones,
con el plus
del divertimento.
Nuestras manos
cartografiadas,
geográficas,
como sean,
pero dadas.
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